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sábado, 22 de agosto de 2009

A DAVID GISTAU



El 15 de Junio de 1929, César González-Ruano preguntaba en Heraldo de Madrid a Robert M. Berry, que se iba después de nueve años de director en España de la Asociated Press:

-¿Ha intervenido usted en muchas revoluciones?

-Sí, señor. En diecisiete revoluciones. En la mejicana de 1912, en la de Irlanda del año 16, en la de Petersburgo del año 1905, en la casi revolución de Barcelona de 1909...

-¿Qué opina usted de nuestra Prensa?

-Que tienen ustedes demasiados articulistas “teóricos”.
Ese tipo de periodismo doctrinal no interesa ya en ningún sitio.

-¿Cuál cree usted que es el principal mal de los periódicos españoles?

-Que no son periodísticos. Hay demasiada gente. Y el buen periodista está ahogado y equiparado a los malos; falto de estímulo, de ocasión, de lucimiento y de retribución.

(Querido David: yo creo que ya sólo nos falta hablar de la retribución.)



FUEGO FATUO
De Anoeta al cielo

POR DAVID GISTAU

El puente de la Asunción anda algo desnaturalizado desde que se extinguió la portada ansoniana de la «España en fiestas». En realidad, con la Virgen de Agosto ya casi es posible comenzar a intuir el final del verano y las violentas mareas de septiembre que en el norte barren las playas, como ocurre cuando las grandes ferias taurinas alcanzan el Cantábrico como si fueran a desbordar el mapa después de un cabotaje de plazas originado en el sur. Inminente la de Bilbao, cuya plaza de Vista Alegre conserva atrapada en la arena cenicienta una huella de El Cid cuando los vitorinos que parece la de Armstrong en la Luna, agoniza ahora la Semana Grande de San Sebastián.
El estupendo blog de Ignacio Ruiz Quintano ha rescatado un artículo en el que Julio Camba se quejaba de que San Sebastián apenas concedía al cronista de verano media docena de temas ya gastados por la rutina circular de los veraneos idénticos. El de la lluvia, el del casino, el de La Concha, el de las pulgas, el de la misteriosa extranjera, y así. Lamentaba Camba que Fernández-Flórez le hubiera pisado el de un portero tuerto que pusieron en el casino, y añadía que la municipalidad debía esforzarse por procurar a los escritores estacionales al menos otros seis temas inéditos por temporada.
Era otro tiempo, el de los baños de ola y los cintos de calabazas. Pero cabe preguntarse si Camba se habría dado por satisfecho con el argumento alrededor del cual se arremolinó ayer San Sebastián entera: el del centenario de la Real Sociedad. Que ya de por sí era trascendente, porque sirvió para orear el linaje antiguo de un equipo que lleva demasiado tiempo traspapelado en Segunda, sin recibir la visita de los enemigos íntimos que moldearon su memoria, tan vinculada a Atocha y sus dos chupinazos largados para comunicar a los marineros cada gol local. Pero que además albergó nada menos que el ensayo general con todo de ese nuevo Real Madrid cuyos cracks flamantes son para la hinchada en pretemporada lo mismo que para Colón los pájaros que oía pasar de noche, anunciando el término del viaje más penoso.
Con el gambeteo empenachado de pelo y neón de Cristiano Ronaldo, con la rabia incipiente de Benzema, con las zancadas transparentes de Kaká, más las piernas segadoras de Pepe y la naturalidad con que encuentra la combinación del candado Higuaín, el madridismo aspira a gritar, no ya «¡Tierra!» como bajo los pájaros del Descubrimiento, sino «¡Thalassa, Thalassa!» («¡El mar, el mar!»), igual que los Diez Mil de Jenofonte cuando venían huyendo desde Persia de su propio 2-6. Y está bien que el contacto con la Tierra después de la gira galáctica por América haya sido en San Sebastián. Porque el Real Madrid de la mercadotecnia global no se nos puede ir a dimensiones donde deje de hacerse reconocible, sino que debe encontrarse consigo mismo y con su estela identitaria gracias a estos carteles, como el de ayer, de los que tenemos todos el recuerdo desde los tiempos en que al fútbol jugaban sportmen con mostacho que calzaban borceguíes y
pateaban pelotas cuyas costuras abrían heridas en la frente. El centenario de la Real fue también un homenaje a aquella época, una evocación nostálgica en la que el Real Madrid hizo bien en acompañar a un equipo que no hace tanto estuvo a su altura con un subcampeonato de Liga peleado hasta el temblor de Chamartín y que en la actualidad irradia esa tristeza de las cosas que importan más por lo que fueron que por lo que son. Al menos, de momento, y sólo hasta que la Real oiga pasar sus propios pájaros en la víspera del regreso a Primera. Mientras, San Sebastián volvió ayer a sentirse ciudad de fútbol grande, y uno no alcanzó a oír, ahora que Anoeta ha alejado a la Real de la vecindad portuaria, si aún largan chupinazos con cada gol, como cuando las voces de Atocha se cerraban sobre el rival como una dentadura.
La bala de plata con la que Florentino II tiene prometido matar al Barça, el arpón de Acab cuando la ballena de la obsesión no es blanca sino azulgrana, ha costado ya unos 250 millones. Y, de todos los jugadores comprados con ese dinero, el que aportó ayer un matiz sentimental fue Xavi Alonso, el último en llegar, el regista que volvía a casa. Sólo Alonso, y en menor medida Albiol, ha logrado, a última hora, salvar al Real Madrid de un peligro que le acechaba: el de quedarse desconectado de la escuela española justo cuando ésta no tiene ya motivos para apocarse ante ninguna otra. A punto estuvo la cúpula de Florentino de no lograr incorporar ningún campeón de Europa aparte de los que ya estuvieran: Casillas, Sergio Ramos. Ese propósito españolizador, necesario para replicar el equilibrio que tiene el Barça entre símbolos de la Selección y cracks extranjeros, a punto estuvo de fracasar junto al gatillazo del fichaje de Villa. Alonso
cierra esta nueva florentinada de ambición desmesurada que, es obligado reconocerlo, ha vuelto a inocular en el madridismo las ganas de acudir al estadio, así sea para una presentación. Pero que al mismo tiempo es tan atrevida que será o campeón de todo, o nada. Sublime o ridícula.

(El Mundo, 16 de Agosto de 2009)