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lunes, 24 de agosto de 2009

RETORNO A BILBAO


Retorno a Bilbao

Por David Gistau
El Mundo, 23 de Agosto de 2009

Miércoles 19. Semana Grande de Bilbao. Manzanilla, tumulto y furgonetas de las cuadrillas a un lado de la ría, en el otro suenan los tam-tams. Manuel Jesús El Cid sale del hotel Ercilla para comprarse una chaqueta en Gerardo. Toreó la víspera en Vista Alegre, y volverá a hacerlo al día siguiente. Esta mañana, antes del almuerzo con cidistas y de «la siesta del maestro», lo que toca es acudir al Sheraton para entregar al Club Cocherito un traje que, de estrujarlo, gotearía memoria gloriosa, el del encierro con los victorinos en 2007. Cuando El Cid, sentado en el estribo de la barrera, flameando los pañuelos, se enjugó las lágrimas con una mano ensangrentada.

En sus memorias de ultratumba, Chateaubriand explica que en el París del Terror se puso de moda llevar pinchado en el ojal un pedacito del corazón de un guillotinado. La afición taurina de Bilbao aún lleva, pinchado en el recuerdo, un pedacito del corazón que El Cid entregó a los victorinos. Por eso le aplauden y le esperan incluso cuando vienen mal dadas, en homenaje a ese blasón de coraje y profundidad que difícilmente le será retirado y que constituye un recordatorio de prestigio y profundidad en esta temporada en que «las cosas no acaban de salir». Por los toros ilidiables. Por la ansiedad acumulada. Por lo que sea.

Pero este trance torcido en que el torero de pronto descubre que son menos los advenedizos que acuden para palmearle la espalda, que se vuelven aún más necesarios los amigos de siempre -los del barrio, los del origen, los que Belmonte se fue a buscar a Triana para regresar a las noches furtivas de Tablada cuando perdió el gusto por las corridas-, El Cid lo está atravesando con una calma de hombre cuajado a quien no sorprende ningún antojo del destino ni apabulla ningún desaire de un público impaciente. No cabe imaginarle tentado por lo trágico, como el propio Belmonte cuando en Sevilla, acuciado por el tercer aviso e incapaz de matar, se arrodilló delante del toro y gritó: «¡Mátame, asesino, mátame!». No cabe suponerle así porque triunfó maduro y, aun cuando la duda le haya arruinado en alguna ocasión la espada, tuvo tiempo de templar una inaudita fortaleza mental en las emboscadas del Valle del Terror, contra bichos de cúpula
cavernaria, y en aquellos años en los que se marchó a Madrid para consagrarse allí y vivió en el paseo de Extremadura sólo para estar cerca de la Casa de Campo, donde entrenaba y hacía vida de torero. Y, sobre todo, porque tiene en la familia un asidero de hombre corriente al que no convocan aventuras ni aureolas poéticas como las que adornan a los del pellizco y el desgarro más o menos impostado. Tan sólo lealtad a los suyos y a un modo esencial de entender la tauromaquia, con la mano baja, con el propósito de parar el toro, y con los artificios justos.



Es casi un daño colateral de su propia normalidad, este torero que en los tentaderos deja a las eralas una decena de pases para que los apuren los chavales en los que todavía se reconoce. Y para atravesar el invierno, basten el redescubrimiento del silencio en el campo, después de tanta bullanga durante el cabotaje de corridas; la «sensación del viento en mi cara» cuando sale a conducir la Harley; el descanso en una cama de verdad luego de mal dormir en las carreteras, despertado a veces por el haz de la linterna de un guardia civil no del todo convencido de que acaba de parar una expedición de toreros; y los partidos del Betis y del Real Madrid. Que recele de Cristiano Ronaldo por sospecharlo demasiado «narcisista» da fe de cómo entiende su papel en la profesión en comparación con otros egos más inflados.

En el almuerzo está el apoderado de El Cid, Santiago Ellauri, un sevillano desenvuelto, guasón y sabio que sabe domeñar ambientes. Nada tiene que ver con esos banderilleros trianeros de Chaves Nogales que, doblados por la morriña, atravesaban América llevando en el reloj la hora de la Plaza Nueva de Sevilla. Ellauri lubrica la conversación, espanta las tiesuras protocolarias que podrían haber surgido por la presencia de notables, y gracias a él van fluyendo las anécdotas vividas por el torero y su cuadrilla. La camaradería durante viajes en los que uno llega a olvidar dónde está y cuál es su habitación en el hotel: ha de ser un mal que afecta a todos los toreros, porque el Fandi entró una vez por error en la de un Cid dormido. El hotelito castellano donde se celebraba una boda y, cuando bajaron a tomar algo, les dieron por colados: «Y el padre de la novia que decía: 'Señores, todos hemos tenido un día de colados. Pero no a su edad'».
Las vueltas al ruedo de Santoña, donde una peña tiene la costumbre de tender al matador un bonito entero colgado de una caña: «Un bonito, y otra cosa, porque alguna vez nos han tirado un farruquito, que es como Ellauri llama al bogavante después de confundir las tenazas con castañuelas.

(http://www.elmundo.es/papel/2009/08/23/ultima/18960980.html)