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miércoles, 23 de noviembre de 2016

Agnus Dei Qui Tollis... Epítome Demográfico (con sus inferencias)

Intimidad


Jean Palette-Cazajus

No nos corroa ninguna pregunta lacerante sobre el porvenir que nos espera. La respuesta está escrita hace tiempo. La demografía ya ha fijado inexorablemente nuestro destino. Nuestra capacidad interrogante estará mejor empleada aplicada a dilucidar el porqué de la indiferencia, cuando no la reticencia vergonzante, del pensamiento político contemporáneo frente a los retos de la reflexión poblacional.

La demografía es una ciencia moderna, pero los hombres siempre se han hecho preguntas sobre su número. En el pasado, no se trataba de contabilizar la “Humanidad”, que no existía, sino la propia comunidad. La cuestión era ser más numerosos que el vecino, ya sea para sobrevivir ya sea para aniquilarlo. Ni el propio Yahvé pretendía otra cosa con aquello de “Sed fecundos y multiplicaos, y llenad la tierra y sojuzgadla..” (Génesis 1.28) que se dirigía exclusivamente al pueblo hebreo cuyos efectivos entonces no pasarían de unos pocos miles. Durante siglos no tuvimos ni los conceptos ni las técnicas matemáticas que permitieran contarnos. Los primeros censos parciales y fiables aparecen  a lo largo del siglo XVII,  van mejorando en el XVIII y la ciencia demográfica progresa a pasos agigantados durante el XIX. La era de los nacionalismos y de las ideologías imperiales entona entonces la letanía del número. La obsesión natalista caracterizó a todos los “ismos” autoritarios, estalinismo, nazismo, fascismo, y sabido es que también el franquismo.

Viviendas en Hong Kong

La realidad demográfica en el pensamiento “progresista” quedó prácticamente censurada. La obsesión por el número apareció modernamente como propia de sistemas totalitarios y agresivos. Lo cual es totalmente cierto, pero siempre y cuando no limitemos el reproche al etnocentrismo europeo. La otra razón es la particular aversión de la intelectualidad europea, muy particularmente en su vertiente francesa, por la realidad bruta de la biología humana cuando viene a interferir el ronroneo bien engrasado de las ideologías optimistas. La izquierda  marxista siempre ha despreciado las teorías malthusianas. Todo el mundo sabe, decían perentorios, que el problema no es el número sino la pobreza y la desigualdad y que muertos aquellos perros se acabará la rabia. Los perros siguen vivos y coleando y la rabia inunda el mundo. El apogeo de semejante postura llegó con la Conferencia Internacional sobre Población celebrada en Bucarest en Agosto de 1974. Los intentos de promover de forma seria e institucional la planificación familiar y la contracepción se estrelló contra un frente improbable coliderado por la Argelia del protoislamista Bumedian, mixtura de marxismo-leninismo y sharia, la Argentina de la esperpéntica viuda de Perón con su siniestra camarilla de meapilas ocultistas y -last but not least- la inevitable Santa Sede. Aquella heteróclita pandilla, apoyada por el bloque soviético, coincidió en un comunicado conjunto que reprochaba a Occidente algo como su voluntad de agresión a la sana vitalidad de los pueblos del tercer Mundo.

La humanidad tardó decenas de miles de años para alcanzar, hacia 1820,  sus primeros mil millones de habitantes. Sólo necesitó un siglo más para alcanzar el segundo millar. El tercero llegó 40 años después, hacia 1960. El cuarto coincidió con el paripé de la citada Conferencia ¡14 años después! No malgastemos nuestra incredulidad ante aquella ceguera de las cavernas religiosa e ideológica, hace solamente 42 años. La necesitamos para recordar que somos actualmente 7500 millones de gorgojos  y que sigue habiendo países, políticos, clérigos, ideólogos para mantener vivo el discurso de Bucarest 1974. Lévi-Strauss evocaba “...una humanidad presa de la explosión demográfica y parecida a aquellos gusanos de la harina cuya química los lleva a envenenarse a distancia unos a otros cuando presienten que el alimento está a punto de faltar. Parecidamente, empezamos a odiarnos unos a otros porque una presciencia secreta nos advierte de que somos demasiado numerosos para que cada individuo pueda disfrutar libremente de los bienes esenciales...”


Evolución de la población humana

Históricamente, las naciones europeas que alcanzaron un papel destacado lo hicieron en momentos demógraficamente significativos. Todas menos, tal vez, España. Hacia 1500, en el despegue de su aventura imperial, España solo tiene 5 millones de habitantes. Alcanza los 8 millones en 1600 para bajar a 7, exhausta,  en 1650, tras la Guerra de los Treinta Años. En el  auge del imperio español pesaron las riquezas americanas, los albures dinásticos, pero también un excepcional e irrepetible alarde de voluntad histórica. Francia es el ejemplo inverso. Fue, con diferencia, el país más poblado de Europa hasta mediados del siglo XIX. Los franceses eran 18 millones en 1500, 20 en 1650 y 30 millones hacia 1805, que abastecieron los ejércitos napoleónicos. En el Reino Unido y en Alemania el cohete demográfico se disparó durante la segunda mitad del siglo XVIII. Los británicos, con una población de solamente 7,5 millones de habitantes en 1750, terminaban adelantando a Francia en 1900, con 41 500 000 . Los alemanes, algo menos de 22 millones en 1800,  ya eran 68 millones en 1914, para rellenar sus regimientos.

De modo que,  entre 1750 y 1914,  la población alemana se multiplicó por 3,4 y la británica por 5,7. No nos extrañará que en el primer caso haya coincidido con la toma de conciencia por los tudescos de su potencial y las primeras manifestaciones del pangermanismo expansionista. En cuanto a la explosión demográfica del Reino Unido, se desparramó más allá de los mares mediante una inaudita agresividad militaro-comercial, y permitió el poblamiento y el despegue de Australia, Nueva Zelanda y Canadá entre otros. Prácticamente en el mismo período se producía el auge del poder de Estados Unidos, edificado sobre la base demográfica de una fuerte inmigración, culturalmente heteróclita, pero entonces todavía basada en un exigente “Melting Pot” integrativo, es decir antitético de cualquier multiculturalismo invertebrado. La preeminencia de la cultura anglosajona durante el Siglo XX fue la consecuencia de lo que los evolucionistas llaman “éxito reproductivo”. La palabra “éxito” es aquí, por supuesto, axiológicamente neutra. La diferencia entre ser y deber ser, aquí entre reproducción de la especie y producción de valores, sigue siendo abismal.


Pirámide de la población de Malí

La situación epistémica de la demografía, entre cultura y biología es crucial y sólo podemos ser someros. Históricamente, jamás ninguna instancia de poder ha logrado manejar a su antojo la demografía. Ninguna natalidad proliferante ha podido ser programada como instrumento. En este campo el voluntarismo siempre ha fracasado. Otra cosa es que las instituciones de gobierno sepan aprovechar el caudal demográfico como los antiguos molinos aprovechaban el acuático. Y aún así, siempre y cuando la aleatoriedad del contexto histórico resulte favorable. Así es como las colonias y los pueblos dominados por los británicos pudieron absorber los excesos de población y de agresividad, bélica y comercial -tradicionalmente confundidas en su caso-  que de lo contrario hubiesen padecido en carne propia otros países europeos. En cambio, aunque menos contundente que la británica, la fuerte natalidad alemana reforzó la tendencia histórica al pangermanismo, provocó un síndrome obsidional y engendró el significativo e invasivo concepto de “espacio vital”. No cabe dudar de la determinante responsabilidad alemana en ambos conflictos mundiales. En puridad, y dentro del marco de la modernidad occidental, el “Creced y multiplicaos” sólo engendra una lucha despiadada por el espacio y los recursos. Es decir, que las ideologías sirven en este caso para ocultar la regresión a una pura competición biológica y interespecífica por la dominación y la supervivencia. 

 Hay explosión demográfica cuando disminuye la mortandad mientras la fecundidad natural se mantiene o incluso aumenta. Ignoro por qué  el crecimiento inglés fue tan notablemente superior al alemán. Creo que hay que buscar la explicación en la Inglaterra dickensiana. La diferencia obedece a la presencia de un proletariado muy numeroso desde la precoz Revolución Industrial del siglo XVIII, particularmente miserable, analfabeto y alcoholizado. Conviene recalcar que si la proliferación corresponde siempre a la animalidad del hombre, siempre a su ignorancia, la limitación y el control del número suponen siempre elección lúcida y predominio del individuo. ¿Fue entonces el estancamiento de la demografía francesa una proclamación de paz y buena voluntad hacia los vecinos? Algo de eso hubo. Francia siguió siendo un país muy mayoritariamente rural. Con un campesinado beneficiado por la Revolución, relativamente próspero y educado y sobre todo prácticamente liberado de la presión religiosa, tan proclive a escudriñar el cumplimiento del mandamiento bíblico. Fue moderado el éxodo rural que engrosara las filas de un proletariado incontinente. Al revés, los labradores limitaban su natalidad para evitar la división de las tierras. Lo mismo hizo la pequeña y mediana burguesía para evitar la dispersión de las herencias. Era el mundo de Balzac.  Todo ello contribuyó inicialmente al descubrimiento tímido por las clases populares de cierto “plaisir de vivre”. Si Francia pudo en esto ser pionera, fue por la inexistencia de la fuerte presión demográfica a que estaban sometidos sus vecinos. ¿Quid entonces de la conquista colonial? Comparto la tesis de quienes consideran que pesó mucho la voluntad de no perder rango ante el crecimiento vertiginoso de las potencias alemana y británica. 


Pirámide de la población española

Nos asustábamos, hace unos días, ante el horizonte africano: En un siglo, de 230 millones de habitantes en 1950, el continente pasará a 2400 millones – ¡10 veces más! - en 2050. En la misma fecha también el Reino Unido habrá decuplicado su población, pero desde 1750. Habrá tardado 3 siglos, pese a un crecimiento inaudito en los anales europeos. Y ello contando con la aportación esencial, en el último medio siglo, de los flujos migratorios, cual sucedió también en Francia, en Alemania y,  más tardíamente, en España. Si China parece estabilizarse, la India, ya seriamente poblada por 350 millones de habitantes en 1949, año de su independencia, se prepara a reinar sobre la desproporción. Tiene hoy 1314 millones, está adelantando a China y alcanzará los 1660 millones en 2050. Si volvemos a un ejemplo, si no más racional al menos más razonable, vemos entonces  que los 18 millones de franceses del año 1500 solo se habrán cuadruplicado poco antes de 2050, es decir tras 5 siglos y medio. Caso indudable de una demografía apacible y controlada. Las hipótesis paleontológicas proponen la cifra de 1,5 millones para los humanos de hace 40/50 000 años. Los milenios históricos inclinarán progresivamente ese casi equilibrio natural hacia un indudable crecimiento. Los progresos de la calidad de vida producirán luego la comentada aceleración de la Europa del siglo XIX. Pero la actual explosión no ha sido una simple cuestión de lo mismo, pero a lo burro. En este caso han colisionado dos placas tectónicas históricamente incongruentes, por un lado la contundente eficacia de los protocolos sanitarios occidentales frente a la mortandad, por otro  la perpetuación de las inercias culturales, de la ignorancia, de la irresponsabilidad y de la agresividad. Los espacios de la natalidad irracional tienen en común la desvalorización y subordinación de mujeres recluidas en la ignorancia, secularmente asignadas a un exclusivo papel reproductor por varones amojamados en la salmuera de los dogmas, dominados por las rutinas del primate. Las cifras manejadas son desorbitadas, suenan a irreales. La razón, incrédula, piensa en una trágica comicidad. 

El exceso poblacional es terreno abonado para las inexorables crisis políticas, climáticas y económicas. Cualquier sociedad, por definición, es frágil. Las nuestras, complicadas, contradictorias , sofisticadas, son de porcelana fina. Los términos de la aporía son sencillos: Por un lado los candidatos a la emigración son infinitamente más numerosos que los simplemente necesarios para desestabilizar histórica y definitivamente nuestras naciones. Y por otro son una gota de agua frente al embalamiento paralelo de las cadenas de reproducción humana y de producción de envidia, odio y frustración. A sabiendas de que las cosas fueron -y son-  bastante más contradictorias y menos idílicas, atrevámonos a pensar que Europa entendió la incompatibilidad entre la reproducción desenfrenada de la especie y el engendramiento de unos valores y un entorno humanizados. Hoy hemos aprendido dos cosas: primero, que la palabra hominización sólo cobra sentido con el control de la propia reproducción, con la preeminencia del individuo sobre la especie. Segundo, que tenemos asignada fecha de caducidad. Aquellos que no entendieron el primer punto serán los ejecutores del segundo.

¿Hacia dónde?