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martes, 16 de marzo de 2010

EL MOSTERINATO: DONDE ESTÉ UN BICHO QUE SE QUITE UN HOMBRE


José Ramón Márquez

Debe ser un gran motivo de orgullo comprobar que las enseñanzas de uno van calando en las gentes. Ver que no eres la voz que clama en el desierto, sino que tu visión del mundo va impregnando las conciencias y, gracias a tu doctrina, se van modificando las actitudes y los comportamientos. En este sentido, el otro día tuve la ocasión de comprobar en mis propias carnes la plena vigencia y el gran vigor del pensamiento mosteriniano.

Aproximadamente al medio día caminaba por una calle de un popular barrio madrileño, donde había quedado citado con I. Observamos junto a un árbol la presencia de un perrito. No puedo decir la raza del animal porque de razas perrunas, como de tantas otras cosas, también estoy pez. Iba ataviado con una mantita que abrigaba sus lanas y con un collar. El animal se esforzaba en hacer sus necesidades en un alcorque. Al ver al perrito, tan pastueño y educado, nos vino a la cabeza rápidamente el recuerdo del Padre Idílico, el afamado toro del Cuvillo, tan amado, y ambos nos dispusimos a fotografiar al can.

Súbitamente, mientras estábamos enfrascados en buscar el mejor ángulo para el perrillo, a nuestras espaldas suena una voz de mujer:

-¿Y ustedes a quién han pedido permiso para fotografiar al perro?

-¿Cómo dice?

-¿Que a quién le han pedido permiso para hacer fotos a mi perro? Ustedes están vulnerando el derecho a la intimidad del animal...

-¡Pero señora...!
-Y ahora mismo voy a llamar a la Policía!

-Señora, obre usted como le plazca...

-Y además sois unos hijos de ...

Nos fuimos de allí entre risas. En la mirada de esta defensora de la intimidad perruna creímos ver netamente pintados los rasgos de la insania. Según nos alejábamos, pensábamos en la locura como explicación de tan extraño altercado, pero en realidad ahora, sosegadamente, no creo que se pueda tachar de enferma mental a aquella dama. Las enseñanzas de los mosterines y su propia elaboración intelectual la han convencido de que su perrito es indiscernible de sus semejantes; por eso lo viste con su mantita para abrigarle del frío y le da derechos civiles para abrigarle de los abusos; por eso insulta a sus semejantes con términos feroces, que jamás usaría para con su perito. Lo natural, profundizando por ese camino, sería acabar pidiendo el voto para el semoviente, como hace Mosterín con los monitos.

No hacía al caso informar a la señora de la abundante jurisprudencia que existe sobre el derecho a la intimidad y la permanencia en lugares públicos, porque las razones no habrían sido atendidas en modo alguno. Esta mosterina clamaba por los derechos civiles de su perrito furibundamente, imperiosamente, como una sans-coulotte del perrunismo. Que nosotros fuésemos el blanco de su justa ira es lo de menos; lo importante es la actitud reivindicativa. Donde esté un bicho, que se quite un hombre.