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martes, 16 de marzo de 2010

DEL ESPÍRITU MÁGICO DEL CARIBE



INCREÍBLE PERO CIERTO


Por Alberto Salcedo Ramos

elheraldo.com

Leí la noticia ayer en EL HERALDO: en la Urbanización Los Cocos, de Barranquilla, cuatro motociclistas encañonaron a las personas que compraban votos para la candidata a la Cámara Isabel Figueroa, y se robaron siete millones de pesos contantes y sonantes. En consecuencia, muchos ciudadanos que habían vendido el voto se quedaron sin recibir su paga. El cable remataba con la siguiente frase de un denunciante: “Ladrón que le roba a ladrón tiene cien años de perdón”.

Por cuenta de ese espíritu mágico del Caribe, presente hasta en las malas noticias, lo que empezó como un fraude electoral y luego se convirtió en un terrible asalto, al final fue un capítulo más de nuestra comedia cotidiana. El hecho me hizo recordar otro caso en el cual se combinaron lo dramático y lo cómico. Sucedió en Cartagena en 2005. Un señor ya jubilado que caminaba por la Plaza de la Aduana sintió de repente unos retorcijones en el estómago. Angustiado, le pidió a un vigilante del Banco del Comercio que le dejara usar el baño. El vigilante accedió a la solicitud, pero le puso una condición: como el inodoro estaba dañado, le tocaba hacer su necesidad dentro de una bolsa, que después tendría que llevarse. Cuando el jubilado salió del banco, sudoroso, fue encañonado por cuatro delincuentes. Pero para su fortuna no le arrebataron la vida, ni la mesada, sino apenas la bolsa donde transportaba los residuos de su agonía.

Cualquier escritor de ficción serio descartaría –por extravagante, por chillón– el argumento anterior. En el Caribe, sin embargo, ese tipo de acontecimientos que parecen irreales, concebidos por una imaginación delirante, son pan de cada día. El principal problema de los escritores –tanto los de ficción como los de no ficción–, no es la falta de temas, sino encontrar la forma de hacer creíble la realidad tan demencial que tenemos. Nuestro repertorio de sucesos inverosímiles es variadísimo. Va desde la muchacha que se rellena la barriga de trapos para simular un embarazo de nueve hijos, hasta los novios que se desatan a hacer el amor dentro un cajero electrónico frente al cual hay una larga fila de clientes esperando turno. Incluye, además, a un par de amantes que fueron mordidos por una culebra dentro de un motel que se llamaba El Paraíso. Lo cual nos permite anotar, entre paréntesis, que en el Caribe la realidad nos ayuda a confirmar algunos postulados bíblicos: por ejemplo, que no hay paraíso sin serpiente. Recuerdo una crónica de Gustavo Tatis sobre un burro callejero que entró en un colegio del sur de Bolívar y se comió la plantilla de pago de los maestros. Y también recuerdo un relato de Germán Danilo Hernández sobre una de las islas de la bahía de Cartagena, donde una mañana el mar agitado de diciembre trajo a la playa un cargamento de cocaína. Los inocentes habitantes, que no sabían qué diablos contenían aquellos costales, terminaron utilizando la cocaína como cal para demarcar una cancha de fútbol.

La académica española Teresa Imízcoz dice que las historias verdaderas son más exóticas que las inventadas. Por eso, contar la verdad y sólo la verdad es nuestra mejor manera de ser absolutamente increíbles.

[Vía Ricardo Bada]