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jueves, 25 de agosto de 2011

Parecidos razonables entre Bilbao y Madrid

¿Chueca?

Un cronista tipo Avecrem, de esos cuyo caldo periodístico ni gusta ni disgusta mucho a nadie -y en esa insipidez donde flotan las letras del tópico reside el barato secreto de su popularidad- empezaría la de hoy encomiando los prodigios de la técnica humana, que le permiten a uno desayunar en Jerez bajo un sol apisonador y almorzar en Bilbao con lluvia y capota color panza de burro. En Bilbao por cierto, nunca diluvia, siempre se dice que chispea aunque una crecida de la ría esté anegando la cubierta metálica del Guggenheim. Entre medias, uno de esos viajes en avión que tanto voy odiando, con la eficaz ayuda de esos diabólicos bípedos implumes denominados vulgarmente niños a los que nadie debería permitir volar sin su respectivo pañuelo empapado en cloroformo. Berreaba en el despegue el tierno tenor como si le estuvieran metiendo astillas saladas bajo las uñas, contagiando su inquietud al resto del pasaje ante la desesperación de la azafata, cuyas carantoñas resultaban estériles porque el puto niño era demasiado niño como para encontrar algún calmante gusto en distraer la mirada por los positivos encantos de la referida auxiliar de vuelo, como hacemos todos los varones civilizados a los que tampoco nos gusta volar. En caso de despresurización de la cabina lo primero que yo arrojaría es un niño, lo siento mucho.

Pero ya estamos en Bilbao, ciudad que -a despecho del aldeanismo teorizado por el protonazi Sabino- a uno se le antoja, por carácter, muy similar a Madrid. Como los madrileños, los bilbaínos son chulos, acogedores y jaraneros (aquí es cuando el columnista Avecrem, o el lector consumidor de columnistas Avecrem, puntualiza inevitablemente: “Pero habrá de todo, ¿no?”). De ahí que sus fiestas sean las mejores del País Vasco. Se celebra hasta el 28 la Semana Grande, las txosnas o casetas que pueblan las márgenes de la ría -tan sucia como el Manzanares- siempre fueron caldo de cultivo para la kale borroka y la apología del pistolero convicto, pero este año hay nada de lo primero y mucho de lo segundo. El efecto Bildu -y esto hay que decirlo no desde Madrid sino paseando por Euskadi, porque es lo que aquí vemos- se ha traducido socialmente en esta paradoja: en las calles hay más seguridad que nunca, pero más tensión separatista que nunca también. El año pasado quemaron un cajero al lado de mi hotel los simpáticos cachorros de Martín el del Pin; esta vez no creo que se repita. Nadie se caga en su propia moqueta, señores, y ahora estos pisan moqueta. Lo que pasa es que no hace falta que te caiga un cóctel molotov encima para sentirte agredido por la propaganda furiosamente antiespañola y devotamente favorable a esos presos que no penan en el trullo por rellenar sudokus, señor Garitano.

Yo he venido a constatar estas convalecencias del terrorismo, pero también a beber cachirulos y a alternar con Enrique Ponce y Manuel Jesús el Cid en el Hotel Ercilla, porque Vista Alegre es, después de Las Ventas, la mejor plaza de toros de España. Otra similitud más.

(La Gaceta)