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jueves, 18 de agosto de 2011

Por qué cuatro analfabetos dominan la opinión sobre millones de creyentes

Peter Seewald


EL QUE VIENE EN NOMBRE DEL SEÑOR


Ignacio Ruiz Quintano

Abc

Tenemos el retrato magistral que le hizo Peter Seewald, periodista que a los dieciocho años cambió la Iglesia Católica por el Partido Comunista y que, en la madurez, conmovido por la personalidad de Joseph Ratzinger, regresó a la Iglesia Católica.

Benedicto XVI puede convertirse en una oportunidad para Europa...

De sus imprescindibles libros-entrevistas con el “cardenal Panzer”, Seewald extrae a un Ratzinger que siempre es “el más joven”, con la típica “mirada Ratzinger”: un poco de soslayo, o de abajo arriba, por encima de las gafas, serio, atento y escéptico al mismo tiempo. Un talento genial, “que también puede hacer sufrir” (según uno de sus ayudantes).

Pero no es un “intelectual posmoderno que cree a pesar de sus dudas”, imagen que forma parte de la visión preferida de los intelectuales que tratan la fe en las secciones de cultura de los diarios.

Ratzinger estuvo siempre rodeado por un halo de misterio, lo cual, según Seewald, se debía al juego de los medios, que habían tomado una decisión: Ratzinger, que habla nueve idiomas, funcionaba perfectamente como misteriosa eminencia gris, que no se sabe exactamente qué trama.

Apariencia, sin embargo, de filigrana, la suya: filigrana como su figura, como su voz, como su mano cuando saluda, como su pequeñísima letra... Sin predilección por ningún purismo (“porque ya desde mi infancia aspiré el Barroco”)...

Ratzinger es distinto. No es el Papa Superstar, sino el pequeño Joseph, un hombre sin delirios de grandeza y sin teatralismo: modesto, pero inconmovible.

El conservadurismo de Ratzinger significa estar en contra del conformismo en un presente progresista... (“Están dispuestos a comprar el bienestar, el éxito, el prestigio público y la aceptación por parte de la opinión dominante renunciando a la verdad”). Contrario a las componendas que se toman “por mor de la paz”: ser cristiano significa nadar contracorriente, sin miedo, oponiéndose a la decadencia de la sociedad.

Que hayamos salido más o menos ilesos de la crisis de las últimas décadas –tiene dicho Ratzinger– no es mérito de los profesores de Teología, sino del pueblo llano, que sabe poner las cosas en su sitio.

Cuando Seewald conoció a Ratzinger, el auténtico problema era la presión de la opinión “publicada”:

En nuestra Redacción era suficiente conocer tres de los Diez Mandamientos para estar considerado como un experto en Teología. Estaba prohibido, so pena de extremo desprecio, ver algo bueno en la Iglesia Católica. Y lo que me parecía interesante es que, en un sistema democrático, un puñado de críticos que hacían mucho ruido y algunos cientos de claqueros en los medios fueran suficientes para ejercer el dominio de la opinión sobre los millones de una comunidad de fe.

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