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lunes, 24 de abril de 2017

Si Zidane fuera Don Juan


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En el día de los clásicos, San Jorge en Barcelona y San Cervantes en Madrid (más San Shakespeare en Inglaterra, el pueblo que inventó el balompié), un clásico, y esta vez decisivo, en el Bernabéu, Real Madrid-Fútbol Club Barcelona, los dos clubs más ricos del mundo en el país más endeudado de la Unión Europea, con Zidane barajando el mazo de cartas.

    ¿A quién votaría ayer Zinedine Zidane?

    ZZ es francés (ayer fue San De Gaulle, patrono de la V República, que es lo más parecido en Europa a la democracia americana), y en Francia lo miran como a un Don Juan. Nació en Marsella el año en que Roger Vadim (con guion de Jean Cau) rodaba alrededor de las corzas mellizas de Brigitte Bardot una melodía de seducción que titularon “Si Don Juan était une femme...” En Madrid Zidane cae igual de bien a hombres y a mujeres (¡seducción!), y Pérez, que fue el único en creer en él, tiene derecho a jugar a Vadim (pero sin Jean Cau, muy lejos del alcance del bruto Ferreras) y montarse una película en plan “Si Zidane était Don Juan”.

    Salvo el orondo alter ego obispal de Valdano, nadie habla mal de Zidane.
 
Zidane está inmerso en un bucle primaveral y rabelesiano (de Rabelais), con Atlético/Liga, Bayern/Champions, Barcelona/Liga y Atlético/Champions que es mucho banquete: el banquete de Zidane.

    El Atlético/Liga salió mal (el bisturí de Griezmann), pero en seguida lo reparó Míchel torciéndole el brazo a Luis Enrique en Málaga.
 
El Bayern/Champions, en cambio, salió redondo en lo futbolístico, en lo sentimental y en lo arbitral. En lo futbolístico, con la apoteosis alada de Marcelo, gozador como un abejorro de jardín en una mañana de abril. En lo sentimental, con la despedida de Xabi Alonso, que siempre fue un poco la Escarlata O’Hara de lo que el viento se llevó, ¡la Vivien Leigh del Mourinhismo! (cuyo Rhett Butler siempre será Mourinho), que hizo del medio centro su hogar (“Tara... es mi hogar. Iré a mi casa, idearé algo para hacerle volver. Después de todo, mañana será otro día”). Y en lo arbitral, con Kassai y el picante de su caserismo al estilo culé, que hizo más sabrosa la eliminatoria, oh, tiempos de Saporta y Pepe Plaza.
 
El Barcelona/Liga era, de antemano, el final ideal para cualquier competición. Es tal el peso de la historia, que resulta casi irrelevante que los modernos propagandistas del Barcelona sean el saltarín papa argentino o el chisposo biógrafo de Madiba, y los del Madrid, Ferreras, un tenebroso sacamuelas de la TV del Príncipe de las Tinieblas, o Errejón, el becario “black” cuyo ideal político es el camionero que ha convertido Venezuela en una barraca de tiro al pato, siendo el pato cualquiera que salga a la calle.

    Eliminado en Europa por la Juve más triste de Allegri, la consolación del Barcelona pasaba por ganar en el Bernabéu, y sin Neymar, sancionado, el futbolista más sobrevalorado que se recuerda (para neutralizarlo, basta con que el árbitro aplique el reglamento, como Kuipers la noche del miércoles: si se tira a la piscina, dejarlo nadar, hasta que salga… o se ahogue).
 
¡Los chinos quieren ver a Neymar, no a su suplente! –pataleban los medios catalanes, como si Neymar fuera Gento, y su suplente, Manolín Bueno.
 
¡Chinos en la costa!

    Al hilo de la famosa nota de Coleridge (“Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?”), no sería ningún disparate pensar que toda la historia culé en los años de Messi sólo ha sido un cuento chino.




SILBO DE VARIA LECCIÓN

    Cristiano reveló su lado más entrañable al término del partido contra el Bayern, cuando dijo: “Lo único que pido es que no me silben”. Ese temor a no ser querido explica el comportamiento de Cristiano en sus años de madridismo. Para el pobre aficionado (no digo el pipero, pues el pipero, con la boca llena de pipas, no puede silbar), “el silbo es la prolongación viva y palpitante de la ilusión adolescente”. Mas, para Cristiano, el silbo es la medida definitiva del desamor, y la mera posibilidad de ser silbado lo angustia de tal modo que lo expresa en un día de grande felicidad europea, que es decir madridista. Gerardo Diego, taurino y futbolñero por igual, llevaba razón: “Grandes son los poderes del humano silbo ya del simple o natural, alargando el hociquillo, ya del ayudado con ambos índices”. Y, sin embargo, un día ocurrirá.