Follow by Email

martes, 4 de abril de 2017

Azorín, el papamoscas de Alicante

Azorín, el periodista


Hughes
Abc

Azorín desarrolló la mayor parte de su periodismo en ABC, y dentro de ABC pasó por todos los lugares, pero destacó en una página característica, casi un género: la Tercera, un lugar destinado a lo inactual, que era en sí mismo un atributo azoriniano. “Todo es actual e... inactual”. Teniendo claro que lo inactual nunca lo fue del todo. El tópico es conocido: Azorín fue un vivificador de los clásicos, alguien que en el paisaje vio tiempo, continuidad, incluso tradición.

Pero no nos quedemos en eso. No le demos a la maquinita noventayochista.

Azorín no viajó mucho, fue cronista íntimo, el gran corresponsal interior. Cuando se ocupa de la actualidad, el desempeño azoriniano es excitante. Su visita a Cataluña en busca de testimonios catalanistas habría que recuperarla. Pero el virtuosismo llega en las “inactuales”, una altura quizás sólo alcanzada por Pemán.

A finales de los 40, sus textos empiezan a presentar un característico estilo digresivo. Azorín comienza hablando de las posadas y, pasando por el concepto político de decadencia, acaba con el momento decisivo en que la mujer asciende del almohadón donde se sienta en el suelo a la silla. Esas terceras son fascinantes, una mezcla única de suavidad, erudición y amenidad.

En alguna ocasión, Azorín llegó a expresar también una preceptiva literaria. Dio consejos a los periódicos: “La vida de una nación es vasta y compleja; no se encierra toda ella en los dimes y diretes de la política (…) y es preciso, periódico, que tú me informes de todo ese movimiento cultural”. Podría escribirse ahora. Al periódico madrileño le recuerda también que, respecto al de provincias, cercano, urgente, ha de aportar otra cosa: contenido.

“La Prensa madrileña no quiere evolucionar y ponerse al compás de la vida toda de España. Y ésa es la causa de su decadencia”. El mayor enemigo del periódico no es la censura, es el periodista, y a él también le da consejos: “El poner una cosa detrás de otra; en eso estriba todo el arte del periodista”.

Le espantaba la evacuación pública de asuntos personales y desaconsejaba responder a las provocaciones. Azorín es una cura antiumbraliana.

El estilo de Azorín, la frase corta de origen valenciano de la que hablaba Pla, pudiera ser también resultado de su ejercicio del periodismo. Todo Azorín salió en la prensa, y todo lo hizo, sus acomodos políticos circunstanciales, por no dejar de aparecer. 

Sintaxis breve, concisa, como un ordenado convoy de impresiones, con la cesura leve del punto y coma, su respiración. Apreciando la eufonía, que consideraba consustancial al castellano, huye del soniquete y de la coda sentenciosa de tres adjetivos. 

Ese estilo de “sencillez inefable” era el resultado estilístico de una vida de observación. “Papamoscas es ser el contemplador supremo. Si hay papamoscas de Burgos, Azorín es el papamoscas de Alicante”, dijo un admirado Ramón



Azorín es una cura antiumbraliana


Otra parte de su obra periodística está en la crónica parlamentaria. Las crónicas de Azorín renovaron el género. Están recogidas, pobremente, en el libro “Parlamentarismo Español (1904-1916)”, según una interesada selección del autor para presentarse poco comprometido ideológicamente. En esas páginas, sin llegar al nivel satírico de su juventud, está también el humor azoriniano, esa rara flor.
Pero hay dos cosas que conviene matizar. La primera es que la crónica parlamentaria nos lleva a otros azorines: a su preocupación por la oratoria, donde abominaba también de lo enfático; y sobre todo a su preocupación política. Fue diputado maurista y tuvo épocas de politización activa. Por la crónica llegamos al Azorín político, al presunto ideólogo conservador -y por ahí a la naturaleza lábil de sus posiciones, quizás excesivamente simplificadas-.

En uno de sus textos, Azorín periodificó la actitud del cronista ante el parlamento. Había tres fases: una de provinciano deslumbramiento y novedad, de preocupación sarcástica por el detalle; una segunda de hostilidad hacia el político y de preocupación por el secreto de las cosas; y una tercera que superaba el “catonismo” de púlpito moralizante hacia una estadio superior de indulgencia y experiencia.

El Azorín que nos ha llegado es el primero. Pero el Parlamento fue una ocupación mayor a la que dedicó unas páginas preciosas de arqueología parlamentaria decimonónica, con sus regímenes y figuras. Y además de lo parlamentario, que conoció bien, en Azorín hay un importante periodista político, de ideas, que acercaba al lector a De Maistre, Tocqueville o a Croce.  El olvido de ese escritor político nos interroga sobre la presente estrechez del conservadurismo español. Para captarlo en sus matices hay que bucear también fuera de ABC, en el articulismo no recogido en sus ya lejanas obras completas.

No entraremos, por obvia, por conocida, en su reconocida labor de crítico literario; en el archivo del diario hay para volúmenes enteros de entendimiento y explicación de los clásicos, Valera, Miró... Pero conviene detenerse en algo quizás menor, bien reunido en un par de libros y una reciente antología: sus escritos sobre cine.

La pasión última por el cine de Azorín nos dice algo: reaccionario no pudo serlo. Su mirada, que ha observado con intención secular los libros, los pueblos, los objetos que la Restauración dejó acaso polvorientos, se embelesa en pleno siglo XX con la pantalla. ¿Servían esos ojos para mirarlo todo? Del cine le gustaba la “naturalidad natural” (ideal azoriniano). Sus textos están entre la crítica cinematográfica  y la cultural; el espíritu de una época apenas vislumbrada: la técnica, la masa, la nueva costumbre de llamar “nena” a la mujer, el gesto de Gary Cooper. Los noir junto a Fray Luis de Granada.

En el periodismo de Azorín redescubrimos un autor de muchas caras, amplio. múltiple, difícilmente reductible a unidad y que convendría rescatar de la fosilización franquista y del tópico noventayochista.

ABC tiene en Azorín otro monumento, y en esa labor un manantial estético e ideológico.

Torcuato Luca de Tena, el director