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jueves, 13 de abril de 2017

Jueves Santo



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Jueves Santo en Sevilla, que es España: “Dios en la ciudad”, en imagen de Romero Murube, que es Sevilla.

Si privamos a Europa de la hispanofobia y el anticatolicismo, su historia moderna se torna un sinsentido –concluye María Elvira Roca su “Imperofobia y Leyenda Negra”.
Unamuno, gran pegador de voces, y temeroso del racionalismo (la savia del catolicismo), cree ningunear al catolicismo reduciéndolo a “compromiso entre el Evangelio y el Derecho romano”. Toda perfección, le contesta Pemán, logra medio vivir gracias a la imperfección de un código.
Bergamín viaja a Sevilla en la Semana Santa del 62 (“¡Qué única y prodigiosa ciudad que siempre preferí a todo en el mundo! Únicamente creí hace unos años que prefería Venecia. Ahora en estos días he podido comprobar que ‘ni Venecia’, que prefiero Sevilla a todo”). Llega pocos días después de haberse matado Juan Belmonte (“Suicidio moral, estoico, y, para mí, admirable, el suyo”), y pone una carta a María Zambrano:
Las procesiones… extraordinarias. Vi algunas que no conocía: la de la Santa mortaja (alucinante) y volví a ver el paso del Patrocinio (la Virgen más bonita) y el “Cachorro” por el puente de Triana.
¿Es el catolicismo popular sólo una mundanería aplazada?
Es la pregunta que se hace Santayana, que se da cuenta de que el humanismo está tan hasta lo hondo mezclado con la religión en la mente católica que es precisamente en las épocas más católicas cuando más florece aquél.
Allí donde no hay dioses, reinan los fantasmas.
(“¡Qué tufo a fantasma!”, se rezonga en “Cruz y Raya”)
La suprema manifestación cultural, la religión (la otra es el arte), despáchanla hoy los fantasmas escribiendo “dios” con minúscula: son como el borracho del cuento que veía dos toros que lo perseguían y dos rejas a qué subirse, toros y rejas que eran unos de verdad y otros no, y huyendo de los toros, se subió a la reja que no era y le cogió el toro que sí era.

Y España que había dejado de ser católica.