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jueves, 6 de abril de 2017

Identidad y Alteridad (Acto II: Identidades de ida y vuelta)

 Indios otomíes
Una identidad compleja


Jean Palette-Cazajus

En la primera entrega de esta nueva serie y a modo de aperitivo, expresábamos ciertas dudas sobre la presunta perfectibilidad del hombre y las ilustrábamos con las trágicas peripecias  de la absurda guerra civil que lleva casi tres años ensangrentando Ukrania. Parece que los sentimientos nacionales, nacionalistas, identitarios, siguen siendo el combustible más inflamable para prender las barbacoas de la violencia.

Nuestro título remite sin duda a la percepción consciente más antigua en el origen de las sociedades humanas: Yo y el Otro. Pero hace tiempo que sabemos que hay que que ir más lejos, y aceptar que la divisoria pasa por nuestra propia interioridad. Lo enunció  Rimbaud: “Yo es otro”. Pocas conciencias e identidades tan escindidas y conflictivas como las de los hombres posmodernos. Las culturas más tradicionales conocieron el problema a su manera. Los indios otomíes, que viven en el centro de México, practican una muy compleja y original ontología. Tienden a vivir lo que llamaríamos identidad individual como una forma de conflicto que implica, de forma síquicamente perturbadora, varias instancias del mundo interior y exterior. Perciben tales instancias como si fuesen personas reales. Y en cuanto al “otro” social, bastará recordar la famosa reflexión de Lévi Strauss, en 1952, sobre la tendencia de los pueblos tradicionales a considerar a los otros como “huevos de piojo” y a la propia comunidad como las únicas personas de verdad. Los otomíes no se libran de la regla. En realidad quienes los designaron así fueron los aztecas, en palabra nahuatl que significaba  “bastos” o “vulgares” mientras ellos se denominan a sí mismos “n’yûhû” que se puede traducir a la vez como “piel del pene” o “identidad del hombre”. ¡Tan edificante como poco feminista!

Guayana francesa 

Sobre la base de la dicotomía inicial tendremos que ir repasando muchas palabras satélites. Identidad y alteridad estructuran la banda de primates, el clan, la tribu, la comunidad; también la nación y sus productos derivados, genio, carácter, tradición, identidad, espíritu nacionales; Sin ocultar la dominación, la potencia, el sometimiento, con sus corolarios de odio, frustración, humillación y resentimiento. Son palabras donde coinciden la grandeza y la mentira, la intensidad de los sentimientos y la impostura. Las dos situaciones que evocaré ahora me las ha sugerido la actualidad francesa. Son situaciones locales, pero su ejemplaridad y el flujo aluvial de las vicisitudes históricas hablan la lengua de la conciencia común y ofrecen una dura pedagogía sobre identidades y alteridades.

Acaba de estallar una grave crisis social en la llamada Guayana francesa. Las Guayanas –breve recordatorio– son tres entidades políticas que ocupan el norte de América del sur, entre Venezuela y Brasil. La más occidental es la antigua Guayana británica hoy conocida como el estado de Guyana. En medio está la antigua Guayana holandesa rebautizada Surinam. Entre Surinam y Brasil está la Guayana francesa. Las dos primeras citadas son estados fallidos, devorados por el marasmo económico, la corrupción y los problemas étnicos derivados de la diversidad heteróclita del poblamiento a lo largo de la historia. La presencia francesa en este territorio de 84 000 km², algo menos que Portugal, se remonta a 1503,  pero los siglos pasaron sin tentativa realmente seria de colonización y poblamiento. A mediados del siglo XIX se creó el tristemente famoso presidio de Cayena y la Isla del Diablo, definitivamente cerrado en 1946. Sólo había 24 000 habitantes en 1830; 28 000, pocos más, en 1955. Hoy los guayaneses son 260 000, diez veces más en poco más de medio siglo. De las tres Guayanas, la francesa disfruta de un nivel de vida y una estabilidad notablemente superiores. Su estatuto es el de un departamento francés “como los demás”. Ya veremos el porqué de las comillas.

 Hacia la base espacial de Kourou
4 de Abril

Los otros “DOM” (Départements d’Outre Mer) son la isla de la Reunión en el Oceáno Índico, las islas antillanas de Martinica y Guadalupe y, desde 2011, la isla de Mayotte en el archipiélago de las Comores, también en el Indico. Luego están las “COM” (Collectivités d’Outre Mer), algo más autónomas, toda una retahíla de terrorios, como Nueva Caledonia, las 118 islas de la Polinesia francesa o las vastas y desoladas islas australes de Kerguelen, por no hablar de una miríada de ínfimos “confetis del imperio” situados en los confines más inverosímiles. Es decir un gasto hemorrágico constante, considerable, para mantener una presencia militar y marítima y garantizar las infraestructuras, los servicios educativos y administrativos, sobre distancias de muchos miles de kilómetros. 

Todo esto –pensarán algunos– para seguir fardando de gran potencia. La frase es sólo parcialmente cierta. Nadie se hace ilusiones sobre la inanidad de la potencia francesa en un mundo globalizado y demográficamente proliferante. Pero cualquiera sabe que toda gentil retirada se vería inmediatamente sustituida por “okupas” bastante peor encarados. La voluntad de mantener una influencia cultural, el hoy tan cacareado “softpower”, es perfectamente respetable. Pero ningún político, cualquiera que sea su color ideológico hablaría de renunciar a los DOM/COM. Quizá haya que buscar la razón en un inconsciente francés que considera aquello como el escaparate residual de la pregonada “universalidad”, sin la cual Francia no sería Francia y perdería su “identidad”. Una universalidad de juguete, un modelo reducido y controlable, para que Francia pueda seguir interpretando el gratificante papel de protectora y civilizadora. El problema es el de los crudos orígenes. Aquellos jirones o reliquias del  imperio son los testigos de una voluntad expansiva que no se molestó en pedir permiso a nadie.

Mayotte en el mapa 

Toda proyección nacional basada en la potencia tiene por vocación atropellar otras identidades, sean nacionales, étnicas o culturales. Así obraron cuantos se fabricaron un imperio colonial. La particularidad del colonialismo francés fue su “kolosal” ambigüedad. Se colonizaba blandiendo el evangelio republicano de Libertad, Igualdad y Fraternidad. La famosa “misión civilizadora”. Terrible cerrazón la de quienes no anticiparon que la peor humillación para el dominado es que le digan que lo hacen  por su bien. En el caso de los DOM, el daño fue anterior y más profundo. En todos los casos, menos el de Mayotte, se trata de tierras precozmente colonizadas desde el siglo XVII para destinarlas a una economía de plantación basada en la esclavitud. La colonización en África sometió las poblaciones al mismo tiempo que ponía punto final a muchas situaciones de esclavitud local. En cambio las memorias de los departamentos de ultramar rumian, a veces de forma obsesiva, la evidencia y la fatalidad de su filiación esclavista. Hasta el punto de instrumentalizar dicha filiación como una cómoda coartada que todo lo explica, todo lo justifica y todo lo disculpa. Hoy la esquizofrenia y el resentimiento racial habitan muchas cabezas. Esta memoria dolorosa está menos enconada en la Guayana, territorio infrapoblado donde los esclavos eran pocos, pero las actuales reivindicaciones echan indudablemente mano de aquella memoria “herida”.

De modo que los movimientos independentistas, minoritarios y siempre determinados por la barra del color, denotan una voluntad ante todo testimonial. Y así la reivindicación independentista viene siempre acompañada de la exigencia de conservar el derecho a emigrar libremente a la metropolí. La economía de los DOM muy lejos de la autosuficiencia, es claramente una economía asistida. La más precaria es precisamente la de Guayana. El centro espacial de Kourou, base de lanzamiento del cohete europeo Ariane, genera, directa o indirectamente, más de 9000 empleos, equivalentes a un 16% de la población activa y un 30% de la masa salarial. Las cifras del paro y de la pobreza son muy superiores a las del “hexágono”, que es como se suele nombrar la Francia metropolitana. El fuerte movimiento social que ha sacado a la calle a gran parte de la población urge la puesta en marcha de una verdadera política de desarrollo y sin embargo el desencadenante de la protesta parece haber sido sobre todo el sentimiento de inseguridad.

 Mayotte: chabolas de clandestinos comorianos

Porque si la economía es mucho más precaria que la metropolitana, la Guayana disfruta de un nivel de vida codiciado por todos sus vecinos. Hoy el 62% de los adultos entre 18 y 79 años ha nacido en el extranjero. El porcentaje de extranjeros es del 36% y un nacimiento de cada dos es de madre extranjera. El número de robos con violencia es 13 veces más elevado que en el “hexágono” y la tasa de homicidios 14 veces superior. Los inmigrantes ilegales, que es decir todos, proceden en un 37% del Surinam, en un 27% de Brasil y en un 25% de Haïti, bastante más lejos pero atraídos por la comunidad de idioma. Por supuesto la posibilidad de dar el salto hacia el “hexágono” está en la mayoría de las cabezas.

El caso de Mayotte es todavía más aterrador. Mayotte es una de las cuatro islas que componen el archipiélago de las Comores, al noroeste de Madagascar. Nos ahorraremos las andanzas bastante rocambolescas que permitieron el dominio francés. En 1974, 3 islas votaron afirmativamente en el referéndum sobre independencia mientras Mayotte votaba en contra. Hoy el PIB de Mayotte es 9 veces superior al de las 3 islas vecinas. Se entiende que los llamados mahoreses solicitasen encarecidamente su “departamentalización”, aceptada por Sarkozy en 2011. Ahora se conoce a Mayotte como “la Lampedusa del Índico”. Cada día que pasa, decenas de embarcaciones, las llamadas “kwassas”, abarrotadas de emigrantes de las Comores parten al asalto de la isla. Entre ellos una gran proporción de mujeres embarazadas que desean dar a luz en Mayotte para beneficiar a la vez de condiciones sanitarias infinitamente más favorables y del “jus soli” que garantiza a sus retoños la nacionalidad francesa. 

Mayotte: una "kwassa" interceptada por la gendarmería 

En la isla, de sólo 376 km², viven oficialmente 250 000 personas que se habrán duplicado para 2050. En realidad la proporción de comorianos no censados se acerca al 40%, en una isla ya superpoblada. El rechazo de los mahoreses a los clandestinos suele ser violento. Hoy Mayotte expulsa más inmigrantes ilegales al año que todo el resto del territorio francés. Como en el resto de las Comores la natalidad es muy elevada. Pero en Mayotte –con 5,2 nacimientos por cada mujer– la mortandad es en cambio muy baja. De modo que el 70% de la población tiene menos de 25 años. Hay más comorianos y mahoreses en Francia, principalmente en Marsella, que en la propia isla. Las Comores son musulmanas. En Mayotte, incluso bajo el protectorado francés, la ley islámica regía la vida local y siempre se practicó la poligamia. Ahora, la República ha levantado un dedo maternal y admonitorio y ha avisado a los mahoreses de que ya era hora de atenerse a las leyes francesas. Hay tarea para rato. Tal “departamentalización” es un acto masoquista. La posición de Mayotte no es geoestratégica. Francia ya posee una importante base militar en la excolonia de Yibutí, a la entrada del golfo de Aden, además de  La Reunión (2512 km2), en el Índico. Mayotte es una absurda e inútil bomba de relojería cuyas ansias de ser francesa no obedecen precisamente a la comunidad de valores. 

Como en el caso de las partículas cuánticas, es difícil definir al mismo tiempo las identidades y su mutabilidad. Podríamos haber titulado solamente: “Identidades”. Porque toda identidad presupone una alteridad. La identidad en sí es invisible e imperceptible. Sólo se percibe y se define en el momento en que interactúa con la alteridad, es decir con otras identidades sometidas a los mismos problemas. En el origen de las dos situaciones descritas hubo un acto arbitrario e unilateral, el de la colonización. Desde hace años se trata de borrar el recuerdo del acto de violencia inicial. Para ello, dos voluntades coexisten, la de reconducirlo a una situación de  plena igualdad y la de afirmar el sentimiento de pertenencia francesa. Aquí también, diría Freud, se trata del “porvenir de una ilusión”. Acudamos a la metáfora orgánica: Los ilusos consideran los lazos que unen la metrópoli con aquellas tierras lejanas como las arterias que transportan el fluido prestigioso de la identidad nacional. Todo indica que pronto las arterias se convertirán en venas que traen de vuelta al corazón el torrente migratorio de las alteridades vengativas; étnicas, religiosas y demográficas.

Mayotte para "bobós" metropolitanos