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martes, 25 de abril de 2017

En la muerte de Palomo Linares



LAS OREJAS Y LAS ROSQUILLAS DEL SANTO
24 de Mayo de 1972


Antonio Díaz-Cañabate
Abc

Plaza de toros de Madrid. Seis toros de don Atanasio Fernández, de Salamanca, para Andrés Vázquez, Palomo Linares y Curro Rivera.
Cabizbajos y mohínos salieron de la duodécima de San Isidro dos viejos aficionados de los poquísimos que siguen fieles a su añeja afición. Se apartaron del bullicio de la calle de Alcalá. Tomaron por unas calles apartadas, silenciosas y poco transitadas. Se detuvieron en una. No habían hablado una palabra desde que abandonaron la plaza de Las Ventas. “¿Nos tomamos unas copas?”, propone uno de ellos, el señor Benito, y le responde su compinche, el señor Anselmo:
-Nada de copas, que lo que tenemos que tratar es muy serio. Ten en cuenta que en este momento tenemos tú y yo un rabo en el cuerpo que nos pega cada coletazo que a mí, por lo menos, me balda. Aún no he salido de mi asombro. ¡Vamos! ¡Vamos! ¿Tú te lo explicas? La faena de Palomo en el quinto toro había sido mejor que las suyas habituales, algo más reposada y más ligada, con menos retorcimiento de la figura. Convinimos en que dada la benevolencia del presidente cortaría las dos orejas. Las teníamos descontadas. Entra a matar. Se entrega con todo pundonor para que no se le escapen las orejas. El toro lo trompica y lo derriba. Se levanta el torero muy espectacularmente. El toro muere. Rapidísimamente el pañuelo presidencial concede una oreja. ¡La otra! ¡La otra! Inmediatamente es otorgada. ¿Por qué no? Para eso estamos, para complacer al respetable público. Y se oyen gritos de ¡El rabo! ¡El rabo! El presidente se apresura a concederlo. ¿Por qué no, si la gente está muy contenta? ¿Qué significa un rabo? Cuatro pelos mal contados. ¡Pues entonces para luego es tarde y a quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga...! La gente sigue chillando. ¿Qué piden ahora? ¿La pata? No. Parece que no, que no la piden. ¡Qué tontos son! O quizá ignoren que hubo un tiempo en que se cortaba una pata, dos patas, no recuerdo si las cuatro patas. ¡Venga, animarse! ¿Por qué no pedir por lo menos una? Seguramente como el rabo sería concedido sin dudarlo un instante por el magnífico presidente. Total, en una tarde, en una corrida de seis toros no concedió nada más que nueve orejas y un rabo. Lo de la pata hubiera resultado precioso, ¡mucho más precioso que el rabo! Pero la gente es tonta, es decir, la gente no se acordaba de las patas. Todo llegará. Ya se ha roto el melón de los rabos. Dentro de nada tendremos rabos a tutiplén, rabos hasta en la sopa, y qué rica la sopa de rabo, y entonces volverán las patas a prodigarse con la facilidad que en la duodécima de San Isidro se han regalado nueve orejas y un rabo. Y Cañabate hablando de gafes. Claro, que si no llega a haber un gafe, se cortan doce orejas y cuatro rabos.

El señor Anselmo se calla. El señor Benito dice: “Volvamos a la realidad. ¿A ti te ha gustado alguna de las faenas? No me salgas diciendo que la de Andrés Vázquez al cuarto para echrártelas de exquisito y de que a ti no te la da nadie.” El señor Anselmo tarda en contestar. “No, no te lo digo, pero me dan ganas de decírtelo, porque de buen torero fueron los ayudados por bajo iniciales. Luego, Andrés se desmoralizó o tal vez no sintió fuerza en sus piernas. Su faena al primero fue buena. ¿Cómo el magnífico presidente no le dio las dos orejas y se contentó con una sola? ¿Qué es eso de una oreja? Nada. Para que luego digan con menosprecio una orejita. De ahora en adelante todos los presidentes deben imitar al magnífico de la duodécima de San Isidro. Las orejas a pares, tal y como están en la cabeza del toro, sin olvidar el rabo, que no por estar donde está deja de ser parte integrante del toro, y en su día las patas. ¡Oh, fabuloso y esplendoroso día en que un torero llegue a cortar las dos orejas, el rabo y las cuatro patas! ¿A qué soberbio torero y a qué magnífico presidente le está reservado tal honor? ¿Y los toros? ¿Qué te han parecido los toros? ¿No te has acordado al verlos de la tonta de la pandereta y de la tonta del bote? Salvo el cuarto, cinco borregos... No. No me interrumpas. Ya sé lo que vas a decirme. Que siempre los toreros han estado bien, han obtenido sus grandes triunfos con toros bonancibles. Es verdad. Te lo concedo. Por eso a mí estas corridas apoteósicas me suelen fatigar. No las deseo. Ya sabes que amí lo que me impresiona, lo que me llena, lo que me convence, es la emoción de un toro con genio, con buena casta, dominado por un torero con arte. Y esto no lo hemos visto hoy. Las faenas de Palomo y de Rivera que les valieron las ocho orejas fueron de las corrientes, con ninguna emoción, y te repito que a mí lo que me priva en los toros es la emoción y lo que me arrebata es el valor unido al arte, y esto no lo he visto hoy. Hoy hemos visto en los tres toreros lo que les ha faltado a sus compañeros y a ellos mismos en las once corridas de la Feria, hoy han tenido en buen grado decisión, voluntad y entusiasmo. La faena de Andrés Vázquez al primero creo que ha sido la única variada que hemos visto. La de Palomo al del rabo la más libre de sus habituales defectos, y las de Rivera, más animadas que las de siempre. La gente se ha ido embalando y al llegar al sexto ya estaba desbordada. Al quinto toro se le dio la vuelta al ruedo en premio a su candidez e inocencia, a su bondadoso carácter... El magnífico presidente, con su diligente pañuelo, ha dado un día de gloria a la fiesta. Un rabo en la plaza de Madrid. Me alegro en el alma. El descrédito de las orejas ya es patente. De ahora en adelante, cortar una oreja, una orejita, supondrá tanto como un fracaso. Se cortarán orejas a manta y rabos en buen número. Te propongo un negocio para el San Isidro que viene, si Dios nos conserva la vida. Instalar por aquí, por los alrededores de Las Ventas, un puesto callejero en el que venderíamos las orejas, que llamaremos del Santo para que pique la gente. ¡Orejas, orejas del Santo! Rosquillas de la Tía Javiera también tendremos, y a poca suerte que tengan los toreros y con que haya presidentes como el magnífico de la duodécima de este año, nos hincharemos de vender orejas y rosquillas. ¿Y los rabos? ¿No venderemos rabos? Ya lo creo. ¡Pues así que no están ricos ni nada estofados! ¡Orejas, rabos, rosquillas! ¡Menudo tenderete podemos armar! ¡Viva el rabo estofado! ¡Vivan las alubias con nueve orejas de seis toros más buenos que el pan!”