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jueves, 28 de julio de 2016

Una jornada taurina en Orthez (Francia)


 El Puente Viejo


Jean Palette-Cazajus

Soluciona, benévolo, mis problemas informáticos un amigo de la infancia, y desde la infancia comunista empecinado. Sus conocimientos lo han llevado en varias ocasiones a Cuba. Recordaréis la fascinación de la pareja diabólica, Sartre-Beauvoir,  por lo que consideraban un idílico comunismo con maracas. A los franceses se les olvida Descartes en cuanto aparece un folklore soleado, musical o político. A lo que iba. Hace unos días, ese amigo me invitó  a una fiesta en su casa, en honor de una pareja de altos funcionarios cubanos, debo decir que simpáticos y amables. No tuve más remedio que oficiar de traductor de las suras oficiales del régimen. Me alcoholicé más de la cuenta para aplacar mi conciencia.

Allí me abordó otro invitado que decía haberme conocido en el entrañable y desaparecido Café Tortoni, de la Plaza del Capitolio de Toulouse. No me acordaba de él. Algo más joven que yo, sin duda fuera víctima de mi desdén en una época en que yo peroraba en los viejos asientos del Tortoni impartiendo juveniles y majaderas lecciones de estrategia sobre cual hubiese sido la mejor manera de ganar la Batalla del Ebro. Todo ello, bajo la mirada resignada y desdeñosa de los viejos y callados excombatientes republicanos. 

Mi viejo y nuevo amigo también se sigue moviendo en la órbita del PCF.  Matiza que desde la distancia. Es aficionado a los toros. Es llamativa la adscripción todavía a la izquierda de buen número de aficionados franceses en un momento en que sus correligionarios españoles huyen en tropel. Piensa ir a Orthez, a 65 kms, el 24 de Julio y me propone acompañarlo.

Orthez es un pueblo de poco más de 10 000 habitantes. Fue capital del Bearn protestante en la época de las terribles Guerras de Religión que devastaron Francia durante la segunda mitad del siglo XVI. El Bearn era un reducto del protestantismo controlado por Juana de Albret, heredera de las dinastías francesas que reinaron sobre Navarra. El borroso Antoine de Bourbon le dio un hijo que cambió de bando tras considerar que «París bien valía una misa» con tal de llegar al trono. Enrique IV fue, pues, el que acabaría con la escabechina confesional al proclamar, en 1598, el edicto de tolerancia, llamado Edicto de Nantes. Es el tatarabuelo directo del actual inquilino de la Zarzuela.

El pueblo es pintoresco y disfruta de un patrimonio monumental interesante, empezando por el llamado Pont Vieux desde cuya torre, dicen, tiraron al río, tras degollarlos, a 3000 católicos. Creo que serían bastantes menos, pero esto no quita que, por entonces, muchos jugasen a anticipar el humanismo de Daesh. La simpática placita de toros, a orillas del Gave de Pau, tiene un aforo dicen que de 3300 espectadores, pero yo juraría que tantos no pueden caber.

A las 11 de la mañana acudimos a la novillada. Son 4 novillos de El Retamar, origen Núñez, para Luis David Adame, hermano de Joselito, y el nimeño Adrien Salenc. Novillos con trapío de toros, manejables. Ambos novilleros lucen encomiable técnica y variedad con el capote. Con la muleta, en cambio, es el peor destoreo moderno, exterior, de ir y venir, sin cruce, curvatura ni remate. Salgo desmoralizado: «¿Quien ¡c...! les ha enseñado a torear?»

Comemos en una de esas carpas colectivas, típicas de las ferias del suroeste francés. Entre vino y barullo festero, mi amigo intenta contarme sus interesantes experiencias profesionales en Libia, Túnez y la huraña Argelia. Nos interrumpe la megafonía que arranca a tronar por sevillanas para que se luzcan 6 bailarinas locales con traje de lunares. Pesaditas sevillanas «de academia» para recordar la fascinación ejercida por la cultura popular española, tan desdeñada en su casa, sobre los franceses. Creo que el centralismo republicano difuminó en Francia las tradiciones regionales. De modo que no nos incordian los catalanes, pero tenemos que bailar sevillanas paródicas. El tema tiene tela que cortar y lo dejaremos para otro día.

Tomando café, pegamos la hebra con 3 aficionados del Aveyron. Vienen de Céret, estuvieron estos días en Mont-de-Marsan y hoy están en Orthez. Creo que es el primer día en que cobro cabal conciencia  de la abnegación vital de la afición gabacha.

A la hora del paseíllo, hay algo menos de tres cuartos de plaza. Al finalizar, se observa un minuto de silencio en memoria de las víctimas de Niza y de la muerte de Víctor  Barrio. Durante el largo minuto, creo que con propina añadida, se oye una mosca volar. Y eso que es hoy corrida de Fiestas y hay más de un beodo en la plaza. Antes de que suenen los clarines, con un toque pelín operístico, la megafonía nos alecciona sobre la importancia de una suerte de varas en condiciones. Habrá un premio de 250 euros a la mejor vara. Tan módica suma nos garantiza que la labor de los varilargueros no será motivada por la vil codicia.

Son 6 toros de Hoyo de la Gitana, encaste Pérez Tabernero, Santa Coloma.  Otra vez trapío para Madrid en tan minúsculo ruedo. Todo lo que sale de chiqueros mira muy por encima de los burladeros. Corrida encastada, pero mansa y algo floja. Los pitones me inspiran serias dudas, menos el sexto, algo brocho. Integran la terna López Chaves, Alberto Aguilar y Emilio de Justo. El primero, escrupuloso director de lidia durante toda la tarde. Aguilar, borroso en su primero, pierde totalmente los papeles en su segundo. Emilio de Justo lo intenta, tiene detalles. Corta una oreja en cada toro, la primera generosa, la segunda escandalosa.

La cuadra de caballos es la del aquí muy famoso Alain Bonijol. Caballos hermosos portentosamente adiestrados para contrarrestar el empuje del toro. Alain Bonijol me dice, contestando mi pregunta,  que sus pupilos son una mezcla de percherones y lusitanos. También descubro un picador francés aquí reverenciado por todos, Gabin Rehabi. Monta soberbia, torería en todos sus gestos. No pudo lucirse por la tarde, pero puso una vara prodigiosa por la mañana.

No es oro todo lo que reluce y buena parte del público reaccionó con frecuente ingenuidad y hasta hubo palmas tras el escándalo de Aguilar en su segundo. Pero al fin y al cabo nada peor que en las propias Ventas, de donde se ausentó hace tiempo el Espíritu Santo. Francia no puede ser «la salvación de la Fiesta» como dicen hoy algunos, seguramente los mismos que aquellos a quienes oí gritarle, hace muchos años, al malogrado Nimeño II, «¡Vete pa tu casa, gabacho, que "esto" (me imagino que la tauromaquia) no es para vosotros !»

Porque la conciencia es el lenguaje y la lengua de los toros es el español. Nada tienen que ver Los Toros, por supuesto, con un tontorrón concepto de «esencia» nacional. Pero hunden sus incontables raíces, y las van nutriendo, en el espeso mantillo de la lengua y de su historia. Me pasé todo el día comentando las peripecias taurinas en francés. Me daba cuenta, a cada paso, hasta qué punto aquello privaba mi expresión de la escrupulosa adecuación del vocabulario taurino español a las más variadas situaciones. Mis palabras carecían de espesor y precisión. Mi amigo no habla español, pero lo entiende perfectamente. Para explicarle lo que yo entendía por toreo auténtico, no tuve más remedio que volver al español.

Pegado al diminuto ruedo lo oigo todo. Oigo cómo se raja un capote, oigo los resoplidos del toro, las pezuñas sobre la arena. Oigo al detalle el incesante parloteo de las cuadrillas, sus pesados consejos y voces de ánimo al torero. Oigo crujir las vértebras cervicales del cuarto de la tarde al derrotar contra un burladero. Hubo que cambiarlo. Oigo los estoques penetrar en el lomo del morlaco. Veo la sangre grumosa y espesa saliendo por el hoyo de las varas. Me acuerdo de los antitaurinos. No aparecieron en Orthez. Se habían manifestado, el día anterior, en Mont-de-Marsan, a 55 kms, en número de 800. 

Me acuerdo de la querida y querenciosa Andanada del 9. Lo que vemos desde allí es una corrida conceptual.



 Casa de Juana de Albret

 La Plaza de Toros

 Macetas, placita y toro

 Uno de los Hoyo de la Gitana