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miércoles, 20 de julio de 2016

Las de Caín

 Goya
Duelo a garrotazos

Jean Palette-Cazajus

Hace 80 años, «20 millones de seres se precipitaban a la barbarie de las épocas primitivas». Hoy la mayoría sensata comulgará con las palabras lúcidas de Manuel Chaves Nogales. Solo los residuales nostálgicos de los vencedores lo celebrarán con casposa retórica. En la covacha de enfrente hará el contrapunto, con jerga ideológica opuesta, pero de idéntico tenor casposo, otra horda de nostálgicos residuales, los ansiosos de la revancha.

«No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras», sentenció, lúcido, el biógrafo y casi inventor de Belmonte confrontado al sangriento aquelarre. Los chocheantes zelotes de las ideologías arqueológicas, inasequibles a la decencia, siguen revolviendo sus malolientes obsesiones. Ellos añoran una época en que un hombre íntegro, un profesional de excepcional rectitud, se vio obligado a admitir que «de mi pequeña experiencia personal puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y los otros.»

  Algunos amigos me volverán a plantear la pregunta de ritual: «¿Cómo es posible que seas tan entusiasta con Marianne y su gorro frigio y, en cambio, tan... reservado con la República española? Marianne es el mote cariñoso con que se conoce en Francia a la alegoría femenina de la República.

Los españoles tienden a pensar que Francia es, como quien dice, genéticamente republicana. Craso error. La Primera República, la de la Revolución, con sus derivas sangrientas, provocó un temor en la mayoría rural del país que duró hasta finales del siglo XIX. Es hoy clásica la tesis de François Furet (1927-1997), que identifica el fin de la Revolución francesa con la consolidación de la Tercera República alrededor de 1875. Hasta la segunda Guerra Mundial siguió coleando una beligerante derecha monárquica que se refería a la República como «la gueuse», o sea «la golfa». El sometimiento complacido de muchos de sus integrantes al ocupante nazi la desacreditó definitivamente.

Evidentemente uno no puede sentirse republicano en función del país donde se toma la copa de vino. Sin alardear de razón, creo que la República es fundamentalmente el régimen de la Razón. Pero sólo los tontos de mala fe pueden negar la fuerza del vínculo simbólico que los ingleses, por citar una nación concreta, han hallado de siempre en su monarquía. Me suelen hastiar los libelos antimonárquicos con que tantos resentidos con ínfulas de graciosos nos atafagan diariamente en «las redes sociales».

El problema es que detrás de la bandera republicana española, exceptuando una minoría «krausista» químicamente pura, se parapetan indivíduos poco recomendables. Allí se juntan los secuaces del esperpento venezolano, los últimos hinchas de la senil dictadura cubana y en general todos los partidarios infantiles de usar el bisturí para «curar» el «cuerpo» social. Toda una tropa que hubiese despertado en Chaves Nogales la «aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia.» Más peligrosos que barbero con hipo me parecen estos brujos primitivos, cuya tribu no ha estudiado medicina y desconoce la tremenda fragilidad orgánica de las sociedades.

Sólo se pueden llamar, históricamente, revoluciones las que se produjeron espontáneamente antes de que existiera la palabra para nombrarlas o, mejor dicho, para pensarlas.

-¿Se trata de una revuelta?

-No, Majestad, es una revolución.

La supuesta y famosa respuesta del Duque de Liancourt y la Rochefoucault a la pregunta de Luis XVI es seguramente "ben trovata", pero dudo mucho de que sea "vera".

Anne Hidalgo, la gaditana del Sena, se emociona mucho con el recuerdo de la" Commune" de París. "Patético" me parece un adjetivo tan adecuado como indulgente para resumir el duro episodio de 1871. Por eso me parecen tan pertinentes quienes hablan de «cuerpo» social. A partir ya de los bolcheviques, las revoluciones se han programado desde la ideología para, sin anestesia, operar las sociedades a corazón abierto. Han constituido, desde entonces, un tipo de agresión física de la que los «cuerpos» sociales afectados no se han curado nunca.

«Antifascista y antrirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones». Firmaría las palabras con que Chaves Nogales se autodefinía hace 80 años. Creo que la efeméride es un buen momento para releer «A sangre y fuego», y meditar sobre aquellos «héroes, bestias y mártires de España».


 Asangre y fuego

 Chaves Nogales

 Fragilidad orgámica, 1

Fragilidad orgánica, 2