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lunes, 11 de julio de 2016

A San Fermín pedimos...

Racismo antiblanco


Jean Palette-Cazajus


Por distintas razones, entre las cuales alguna probablemente patológica, visto de negro en el período otoñal e invernal mientras el blanco se impone progresivamente conforme la subida de las temperaturas y la progresiva liviandad del vestir femenino van mitigando mi pesimismo neuronal.

El problema de tal acromatismo es su querencia natural hacia lo impoluto. Ese «conatus» del blanco que diría Spinoza, esa tendencia a perseverar en su ser, explica que jamás haya sentido, exceptuando algún pecado de adolescencia, la más mínima propensión a acercarme a tierras navarras durante la segunda semana de Julio. Vivo con horror ese genocidio de lo albo, esa contumaz violación de la claridad máxima por la saña de todos los fluidos corporales, orgánicos o productos de la fermentación alcohólica.

Leo en Internet que los Sanfermines son una de las cuatro más importantes celebraciones del mundo, con los carnavales de Río y de Venecia y la Oktober Fest de Munich. Leo asimismo que, por estas fechas, la población iruñesa pasa de 190 000 habitantes a 2800 000. No caben informaciones más aterradoras ¡Antes, veranear en Auschwitz-Birkenau ! 

Y, sin embargo, cada mañana durante poco más de 2 minutos, 4 a lo sumo, a lo largo de los escasos 875 metros que separan los Corrales del Gas de la plaza de toros, Pamplona se convierte en una especie de fulgurancia sacra, una fugitiva evidencia numénica brotada de la pota. Al galope de la arrolladora manada totémica se celebran vertiginosamente los maitines de la adrenalina. 

Pero, semejante en esto al modelo de la Santa Trinidad, como mejor se percibe la divinidad de la manada, como mejor se la puede reverenciar, es a través de sus hipóstasis. Cuando se disgrega, cuando ya se separa en sus diferentes «Personas». Entonces  es cuando puede brotar el verdadero enthousiasmós, en el estricto sentido posesivo que le daban los griegos. Al corredor lo posee el dios del miedo y el clímax del culto es la posibilidad siempre inminente de que el celebrante se convierta en cada esquina en la propia víctima sacrificial.  ¡Lástima que René Girard nunca se haya asomado al ritual pamplonica!

Nadie se confunda con la naturaleza de mi aparente entusiasmo. Cuando el señor Hemingway y su panda de yankis atorrantes y sicoanalizables descubren San Fermín, en 1923, arrastran las alpargatas delante del toro algunas decenas de mozos pueblerinos y harapientos. Hasta muy entrados los años sesenta, el encierro sigue ofreciendo muy razonables aspectos demográficos. Asómense a YouTube y compruébenlo en un plis plas. 

Hoy hacen «running» mañanero miles y miles de guiris y nacionales que a la vez quieren disfrutar de la estampa tradicional y figurar en la foto, cosa antropológicamente imposible ¡Hay tours operators que dejan, o dejaban hasta hace muy poco, a sus clientes inermes en el recorrido del encierro! Mientras, siguen corriendo de verdad, exactamente como en 1923, algunas decenas de buenos corredores, entre ellos un puñado de «guiris» meritorios y también otros, ignorantes o irresponsables, que a veces se salvan y a veces no. Los quites de San Fermín son multiculturales, pero el pobre ya no da abasto.

Resulta que esos miles de corredores, que transforman la calle de la Estafeta en una maratón de Nueva York con dominante blanquirroja, en un espot gratuito para Nike, Adidas o Rebook, se han convertido en el marco imprescindible de la celebración mediática. Los encierros de San Fermín son hoy un absoluto producto televisivo. Aquí, al pie de la letra, «el medio es el mensaje», como decía hace tiempo el inefable McLuhan. Los miles de deportistas y bolingas madrugadores son absolutamente necesarios para saturar la pantalla con figuración humana y proporcionar el necesario marco espectacular a la gesta de los corredores.

Hoy, muchos de los que pretenden defender la fiesta de los toros se aferran febrilmente a la palabra «tradición». No hay palabra que delate mayor aversión por la «funesta manía de pensar». «Tradición» es coartada que usan habitualmente los perezosos para denominar aquello que ni saben defender ni en el fondo comprender. Es palabra que suele servir para precaverse de antemano contra toda reflexión sobre la legitimidad y la consistencia de lo que se pretende conservar.

El problema es que nunca se conserva nada. Nadie se baña dos veces en el río de Heráclito. Toda tradición es siempre un invento o un reinvento, explicaron hace años Hobsbawm y Ranger. Haría falta mucha mala fe para sostener que el encierro  que procuro ver cada día en mi pantalla es el mismo acontecimiento que vivieron Hemingway and Co. En las cosas de la historia no hay tradiciones, sino, algunas veces, continuidad. Y ésta no cabe nunca en la perpetuación de lo mismo, sino en la rara capacidad de imprimir a los acontecimientos la marca de una voluntad de perseverancia en el ser, tal como ocurre, todavía, en Pamplona. 

Excepcional paradoja la de ver cómo la mundialización sanferminera de la juerga etílica ha contribuido al mismo tiempo al engrandecimiento de la identidad radicada del encierro. De paso, al máximo prestigio mundial de un ritual taurino. Otra cosa es que, en la propia España, el prestigio del encierro sirva para deslegitimar solapadamente la corrida de toros.

Pero, como decía otro guiri,  that is another story”.

 La mística revisitada por Pamplona

 Maratón de NY, 9 de julio, con estelada en el balcón

 Gilipollas + selfie = cornada

Miguel Ángel Eguiluz, uno que sabe