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lunes, 11 de julio de 2016

La hora de cualquiera

  Cuadrillas de a montón en Castilla, Sampedros 2016


Castillo y plaza del Coso de Peñafiel

Francisco Javier Gómez Izquierdo

      A pesar de repetir de continuo a mis amigos que de fútbol no entiende nadie, muchos de ellos se empecinan en fiarse de mis pronósticos antes de cualquier partido de cierto fuste. “Creo que Francia ganará fácil a Portugal”, respondí más de cien veces en la mina, durante el fin de semana.
    
Hoy, todo el mundo “sabía” del potencial de Portugal, incluso sin Cristiano y con un goleador, Éder, del que al noventa por ciento de aficionados que usted pregunte no le sabrá decir en qué equipo juega. 
¿En qué quedamos, en el Lille o en el Swansea? El fútbol lo ve cada cual a su manera y hasta el espectador más cerril es capaz de marcarse una tesis doctoral de no te menees. Por eso, los que no hemos ganado un céntimo jugándolo -si acaso, algún menú en la carretera de camino a los pueblos de León y Zamora- y nos gusta comentarlo con los amigos, nos atrevemos, mejor me atrevo, a decir que la final de la Eurocopa ha sido un “peñazo” de campeonato.

    No sabría decir si el partido empezó o acabó cuando se rompió, o rompieron a Cristiano. Quizás se acabó para Francia, condenada en estos tiempos a debilitarse a base de emociones, y empezó para Portugal, liberados sus futbolistas de una tácita obligación de mirar siempre al mismo lado.

Retiraban a Cristiano en esas modernas angarillas que más parecen funerarias que sanitarias y el público de Saint Denis puso cara de funeral. El entrenador Deschamps presentó los respetos del pueblo de Francia al paso de la comitiva doliente. Los aficionados portugueses pidieron al Señor que Pepe mantuviera la cabeza fría como en los días propicios en los que parece el mejor defensa del mundo y que Rui Patricio parara como sabe... y a mí me pareció que Pogba, Payet, Griezzman, todos los “bleus” menos Sissoko, entraron en un semitrance depresivo del que no espabilaron en las más de dos horas que duraría el partido. Matuidi, ese pulmón que sigue siendo mi favorito a pesar de las harto alabadas apariciones de Kanté o Sissokó, parecía no querer desfallecer, pero la característica curva de su columna se perdía en terrenos que -creo- no le corresponden. Pogba, ocupaba sus dominios y no intimidaba en las zonas donde, sigo creyendo, hubiera hecho mucho daño.

    Hablar por hablar. Portugal nos demostró que la Eurocopa la podía ganar cualquiera, dicho sea con el debido respeto. El fútbol de selecciones se ha “cualquierizado” como se cualquerizan las sociedades y las honorables Brasil, Holanda, Italia, España, Uruguay, son tan cualquieras como las modestas Suiza, Hungría, Gales, Islandia o Ucrania.  Podía ganar cualquiera y cualquiera ha ganado. Portugal, que jugó la repesca y que no pudo con Islandia, Austria ni  Hungría, se llevó la Eurocopa gracias al más cualquiera de sus delanteros. El cuarto  de los cuatro que llevó el entrenador Fernando Santos, pero el que premonitoriamente se apropió del número 9. Éder, sustituto de otro héroe menor como el Charisteas de la Eurocopa de Portugal, permanecerá en la Historia del fútbol como desde hace doce años permanece el griego. Como héroes insospechados.