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miércoles, 13 de julio de 2016

De los respetos a la muerte

Toro
 Zamora

Tordesillas
Valladolid


Francisco Javier Gómez Izquierdo

    Los intelectuales del siglo suelen ser sujetos y sujetas que cantan y bailan, comediantes y comediantas que hacen películas que nadie quiere ver, y en general personajes ociosos de continuo que en vez de charlar en las cantinas sobre el precio de las cosas vocean en las teles morrocotudas chaladuras por las que reciben sus buenos euros. En España, el intelectual del siglo llega a la estupendez cuando se pone a ¿defender? a los animales y alcanza carácter de sublime cuando pide en el Congreso seguridad social para los chimpancés. Me enseñan la sabiduría de un maestro de Valencia feliz y gozoso ante la muerte de un torero y al que las nuevas costumbres le propondrán para ministro de algo. De educación, me dicen. El maestro Vicente de Valencia promete bailar y mear sobre las tumbas de los toreros muertos y supongo que legislar cuando lleguen los suyos las naturales inclinaciones de sus hermanos bueyes, sus hermanas lobas y sus hermanos venados. Presume de educado y me malicio que como los de su “casta” instruirá a los tiernos infantes sobre lo beneficioso que resultará para su desarrollo intelectual instaurar la berrea en primavera con sus varios tonos intimidatorias hasta juntar el mayor número de hembras -mujeres en mi educación setentera- y disputarlas con poderosos y afilados cuernos a los “venaos” más chulos del barrio. El maestro Vicente legislará copiando el ejemplo de la manada de lobos y permitirá el ayuntamiento carnal del nieto con la abuela, el abuelo con la nieta, el hermano con la hermana, el tío con la sobrina y “los maestros y maestras con todos y todas”.  Asemejarnos a los lobos, a los bueyes, a los burros...
         
He visto jilgueros en jaulas, cerdos en granjas, toros bravos en las dehesas. No soy capaz de apreciar los padecimientos de las especies atendiendo al hábitat, pero he visto morir al jilguero en las garras del gato, al cerdo acuchillado por mi abuelo, mi padre ó mi amigo Melquíades y al toro de lidia en la plaza. Muertes más o menos rápidas. ¿Quince minutos de padecimiento para el toro bravo? ¿Y antes de ese cuarto de hora qué vida ha llevado  el Miura o el Cebada Gago? Porque de la muerte animal es de lo que habla el maestro Vicente y todos esos educadores de su parcialidad, ¿no?
    
 ¿Por qué mi hermano padeció cinco años quimios, radios, y durante los últimos meses -horrorosos meses-  sólo la morfina era su alivio? ¿Cuánto sufrió mi padre al empezar a perder la cabeza y ver cómo le poníamos el pañal que guardara su incontinencia? ¿Por qué el hijo de cuatro años de mi compañero murió de las feroces mordeduras de un perro hace un mes en Jaén? ¿Por qué, señores animalistas, los dioses o la Naturaleza permiten que unos humanos sufran lo indecible e indescriptible en la muerte y otros mueran de repente, mientras duermen un plácido sueño? Por la sencilla razón de que a los dioses y a la Naturaleza hay que dejarlos en paz.

     Uno, que ha visto miles de agonizantes sujetos por casi invisibles hilos de vida y que de toros no entiende ni papa, ha deseado samaritanamente diez minutos  cortos  y hasta luego. Como los toros.
   
     "....Antes de las cinco de la tarde, durante la siesta, 'El Tarta' picó fuerte y muy seguido en la puerta del chabolo. Don Esteban miró por la mirilla de la celda y comprendió que no había tiempo que perder. 'El Tarta' abrigaba con una chaqueta al Mellao y éste daba unos tiritones que impresionaban en un julio cordobés particularmente infernal. Mientras en el rastrillo esperaban la ambulancia, 'el Mellao' pareció espiritualizarse y entre otras cosas le confesó a don Esteban que prefería morir 'descabellado' como los toros en la plaza, mejor que en el hospital.  Antes de que acabara el día, 'el Mellao' dejó de padecer en una cama del Reina Sofía de Córdoba." (De unas memorias por escribir)