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viernes, 31 de julio de 2009

SAN IGNACIO DE LOYOLA

DE JESUITAS

“Si Carlos III es el prototipo de un rey destructor de las esencias monárquicas y fundamentalmente españolas, pese a todos los arcos que levantara en villas y sitios, Federico el Grande, siendo un gran rey, y más aún, el rey que dio a Prusia el poder, fue el rey que desde un liberalismo monárquico coqueteó de espaldas a los fundamentos nacionales con las esencias de la Revolución francesa, igual que Carlos III –continuo recuerdo en mi memoria, desde Alemania– se vencía del lado de todo aquello que por ser extranjerizante equivalía en su tiempo a los actuales morbos del internacionalismo marxista. La expulsión de los jesuitas, que para cualquier pazguato, confusamente anticlerical, es un acto relumbrante de liberalismo plausible, no es sino el triunfo de los jesuitas del otro lado y la decisión de un monarca que comete el mayor atentado de su época contra un exponente fundamental de españolismo. Porque hora es de comprender que sobre toda la insistencia de extranjerización que cae de continuo sobre la Compañía, es más cierto que en los momentos en que todo, hasta el mismo espíritu de la Orden, sufría la influencia de los procedimientos liberales, Azpeitia simbolizaba en lo español la tradición, frente a Azcoitia y sus petimetres Naharros, Altuna y Peñaflorida, cuyo pensamiento y sentimiento hablaba francés. (Quién era Carlos III y a qué secretos compromisos se encontraba amarrado, lo sabían bien los aventureros internacionales de la época, que como el veneciano Jacobo Casanova traían cartas para la corte del rey y sus ministros, extendidas en la logia de Lyon.)”

César González-Ruano
Mi medio siglo se confiesa a medias


“No sé exactamente la fecha, pero era aún en la época de la Dictadura cuando recibí una invitación del Ateneo de Madrid para dar en él un recital de poesía como presentación de mi primer libro: De la vida sencilla. El presidente de la sección de Literatura era Azorín. Le había hablado de mí el padre Miguel de Alarcón, hijo de don Pedro Antonio; jesuita y hombre de exuberante cordialidad y sencillez infantil. Más tarde, en la zona roja, vestido de obrero, se presentó en la Dirección de Seguridad a decir que él era jesuita y venía a que lo detuvieran. Así se salvó, porque lo tomaron por un chiflado.”

José María Pemán
Mis almuerzos con gente importante