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domingo, 12 de julio de 2009

LA TABERNA DE LOS SUICIDAS



Por César González-Ruano


Van quedando pocos lugares vírgenes de glosa y reportaje. Muy pocos. Esta taberna de los suicidas es acaso uno de ellos. Al menos, yo no me acuerdo de que nadie haya escrito sobre ella.

Hace años que me la descubrió aquel raro espíritu que fue Rafael Urbano. Él la había descubierto por deducción. En realidad el razonamiento deductivo era claro: el Viaducto ha dado un contingente suicida rico en la vida madrileña. El suicida suele propender al errabundaje. Requiere el suicidio –por rápido que éste sea– la formación de un pensamiento suicida y la madurez de un fantasma desolado. Con frecuencia es el incidente hecho tragedia por obcecación o infantilismo mental; por cobardía también. Rumia el suicida la idea de su muerte y acaricia como tabla salvadora el medio que ha de producir su descanso midiendo bien su eficacia y con frecuencia sus garantías de escaso dolor físico. El suicida del Viaducto está demostrado que antes de arrojarse al espacio merodea el lugar, se asoma a la balaustrada trágica...Tengamos además en cuenta que el tipo social de este suicida suele ser eminentemente popular, “raté”. Pensando todo esto; pensando también que el vino, si no valor y decisión, da al individuo un estado anormal que, como todos los estados anormales o tóxicos, realza y agranda las prístinas condiciones temperamentales, y asimismo los estados de ánimo sujetos a una idea fija, quedamos Rafael Urbano y yo, hace ya varios años, que los suicidas del Viaducto bebían antes –cosa probada en las autopsias–, y bebían, por lógica evidente, en establecimientos cercanos al Viaducto.


Existe una duda, un momento de vacilación ante varias tabernas próximas al Viaducto. Es precisa inclinarse por las situadas en el ala de San Francisco, barriada más popular, más disimulada también, que la de la plaza de Oriente. Dentro de éstas es preciso, acaso por esa gran razón auxiliar de la ciencia deductiva que se llama “corazonada” y que, naturalmente, no es otra cosa que la intuición, decidirse por una de ellas.

Es un local pequeño, cargado de humo y de conversaciones cortadas por el azar. Porque en esta taberna se juega. Decido acercarme al tabernero y preguntarle en voz baja:

–¿Ha venido por aquí un hombre muy alto, rubio, afeitado, con sombrero flexible, que tuerce mucho la boca al hablar?

–No lo he visto... Parroquiano no es, ¿verdad?

Guiño expresivo de ojos:

–Es parroquiano del Viaducto... Tengo miedo de que esta noche intente hacer una barbaridad, y se me ha ocurrido que antes pudiera venir por aquí a calentarse el estómago...

–Sí, no sería el primero...

Finjo admirarme.

–¿Pero es que entran aquí muchos suicidas?

–¡Bah!... Casi todos. Los que se atreven y los que no se atreven. Hay algunos que se les “cala” en seguida. Mire usted: vino aquí uno, aún no hace un año, que se acercó al mostrador, estuvo bebiendo aguardiente y haría un gasto de unos ochenta céntimos. Bueno: pues me dio un duro y no quiso la vuelta. Me acuerdo perfectamente que dijo: “¡Para lo que voy a hacer con el dinero!...” Le dejé marchar con alguna inquietud, y al cabo de una media hora le veo entrar por la puerta y decirme: “Deme la vuelta del duro, que ‘eso’ está muy alto.” ¡Hay gente para todo!...

–¿Y los guardias vienen por aquí?

–Sí; se asoman también por la noche. Había uno que ya cogió encaramándose a la verja a más de cinco. Por cierto, que tuvo disgusto con su señora, y aquello fue divertido, respetando la tragedia. Me viene a ver muy exaltado y me dice: “Manolo: si no fuera por esta ropa que visto...” Bueno; luego, nada. Le dimos aquí unas alubias y unos vasitos y se le pasó la tentación; pero fue tremendo.

–¿Qué suicidio le ha impresionado a usted más?

–El de un pobre señor, muy señor, que llegó aquí cuando íbamos a cerrar y me pidió un vaso de los de vino lleno de coñac. Luego se me quedó mirando y dijo: “Perdóneme usted, pero no tengo para pagarle. Le voy a dar a usted mi gabán.” No quería consentirlo. Era una noche de diciembre horrible. Pero el caballero se quitó el abrigo y se marchó sin hacer caso a lo que le decía. Salí hasta la puerta y no pude evitar nada. Le vi encaramarse en la verja y... ¡zas! Aquí estuvo también bebiendo ése que se tiró hace poco y no se hizo nada. Ése me dio el “pego”. Palabra que no suponía nada en él.

–¿Recuerda usted más casos?

–Hombre, sí y no. Han pasado muchos por aquí. Hasta los profesionales.

–¿Los profesionales?

–Sí. Unos sinvergüenzas que entran haciéndose los locos para darnos el timo del suicidio. Claro: toman unos vasos, unas torrijas..., un poquito de pescado, y salen corriendo, diciendo cosas raras, hacia el Viaducto. Salimos detrás y, ¡sí, sí!, cualquiera les alcanza. Pasan el Viaducto, Palacio y la Bombilla. Un favor le quiero a usted pedir. No tengo pelo de tonto y he comprendido desde que entró con la “copla” ésa del señor alto que iba a suicidarse que era usted periodista. Ya ve que no le negué hablar... Pero le suplico que no diga en qué taberna es. Esta fama no es agradable a la parroquia seria, ni para el barrio.


He aquí lo que se me cuenta de la Cofradía de Hermanos del Suicido. De esos pobres “medios seres” que entran en la taberna a tomarse el copazo de despedida, acorralados por una tragedia que tantas veces tiene un nombre de mujer.



(Publicado en Heraldo de Madrid, 15 de Enero de 1930. Imagen obtenida de www.internautas.org/NOTICIAS/JUN00/08.htm)