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miércoles, 22 de julio de 2009

LOS TOROS DEL SIGLO DE ORO






Deseando el Conde-Duque de Olivares solemnizar con mucha novedad y aparato los días del Príncipe de Asturias D. Baltasar Carlos de Austria, dispuso un espectáculo propio de la Roma antigua; es decir una lucha de fieras. Para ello diputó la explanada del Parque, por debajo del Real Alcázar, hoy jardines del Campo del Moro, creyendo de mal agüero la Plaza Mayor de Madrid. Y quizá no le faltaba razón, pues tres meses antes, lunes 7 de Julio, fue presa del fuego todo el frente que mira al Norte; y después otro lunes, 25 de Agosto, en medio del alegría de unos toros y cañas, y ocupando el coso más de cincuenta mil personas, la falsa voz de que ardía una casa vino a ocasionar innumerables muertes y desgracias espantosísimas.
La noticia de que iban a lidiar el toro del Jarama con el león y el tigre del deierto; el camello de Arabia con el oso de Asturias; el ágil caballo, el gato montés y las astutas zorras, con monos y lebreles; en fin, las nuevas de que juntas y empelazgadas se iban entonces a contemplar “todo el arca de Noé y las fábulas de Esopo”, según cantó Quevedo, atrajo a Madrid gran número de forasteros y señores.

En el ameno parque de Palacio
anfiteatro se formó eminente,
distribuido en proporción y espacio
bastante para ver la lid valiente.

dijo Mira de Amescua. Presenciábanla, a más de la Real Familia, muchos prelados, todos los consejos, reinos, embajadores, grandes títulos y caballeros; quedando sorprendidos sobremanera los espectadores al ver que el león encogió su fiereza, y recató su horror el tigre, y el lebrel fue vencido, y de todos los animales vino a triunfar el toro.
Para instigarlos y aguijonearlos a que embistiesen, apareció una tortuga de madera, deforme por su tamaño, pintada a maravilla, movida por ruedas, encerrando en su vientre varios hombres que con azagayas y picas irritaban a las asombradas fieras. No la olvidó Quevedo:

A la artificial tortuga
(que zizaña a todos fue,
y con vómitos y chuzos
dio cólera al no querer)
el toro, que arremetiera
con la Torre de Babel,
la dio cuatro coscorrones
que la parecieron diez.

Miraba satisfecho Felipe IV la valentía del bruto del Jarama; y deseoso de que no quedara sin premio, quiso darle el mayor, en que muriera a sus manos; y las razones del cronista son de gran empuje: “porque, supuesto que entró en el anfiteatro a morir, perdonarle la vida fuera castigo, dejándole a riesgo de que la perdiera en coso plebeyo y a manos viles”. Pidió S.M. el arcabuz; y sin alterar la majestad del semblante, terció la capa con brio, requirió el sombrero con despejo, e hizo la puntería con tanta seguridad, que dio la bala en el remolino de la frente del toro e instantáneamente le dejó muerto, cayendo de rodillas ante el Monarca. El juntar de las manos y el rumor de las voces del pueblo igualó al regocijo con que éste festejaba la destreza de su Rey.
No quisieron ser avaras en el elogio las castellanas musas; y sobre noventa ingenios, desde el Príncipe de Esquilache hasta el escribano de provincia Juan de Piña, alabaron tanta alteza en cultísimos epigramas.
D. Juan de Solórzano, consejero de Indias, instó a Ruiz de Alarcón a que no permaneciera mudo en ocasión tan famosa; y comprometió a D. José Pellicer de Tovar, cronista de los reinos de Castilla y León, para que formase un libro con todas las poesías, el cual salió de las prensas de Juan González, a 14 de Enero de 1632, con el famoso título de Anfiteatro de Felipe el Grande.
En este álbum poetizaron Lope de Vega, Rioja, Quevedo, su ilustrador y amigo D. Julepe Antonio González de Salas; el elegante e insigne traductor del Aminta, D. Juan de Jáuregui, caballerizo de la Reina; Bocángel y Unzueta, bibliotecario del cardenal Infante y de aquel que sabiamente dijo:

No debas a gente indigna;
que, mientras estás debiendo,
cobran primero en tu fama
y después en tu dinero.


(De D. Juan Ruiz de Alrcón y Mendoza, por D. Luis Fernández Guerra y Orbe, Madrid, imprenta y estenotipia de M. de Rivadeneyra, 1871. En la imagen, Felipe IV)