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jueves, 16 de julio de 2009

EL TORERO CON BIBLIOGRAFÍA

LUIS MIGUEL DOMINGUÍN


(Sobre un libro de Andrés Amorós)


Por Ignacio Ruiz Quintano



Si miramos el retrato que le hace Ruano, el mejor retratista, al fin y al cabo, del periodismo español, Luis Miguel Dominguín, “el torero con bibliografía”, no resulta nada cargante, como podía sospecharse a distancia. Habla despacio. Acciona poco. Es tranquilo y vagamente desdeñoso. Viste como quiere. Se sientan en posturas un tanto extrañas.

–En varios momentos ha apoyado la barba en una rodilla.

Fuma negro, prosigue Ruano. Es guapo y varonil. Tiene un gesto como de fastidio. Luis Miguel queda un poco como una fotografía de Dominguín dedicada a una chica americana. Tiene una inteligencia rápida y eso que para entendernos llamamos europea... A este hombre, que en líneas generales le ha tratado bien la vida, en líneas particulares no le ha debido de tratar bien... Hay algo que no funciona en él. Se le nota como un cansancio de vencer en lo que no le importa y un malestar de no vencer en lo que le interesa. Torero y Don Juan.

–Don Juan, diestro del amor; el diestro, Don Juan de la muerte –advierte Tierno Galván, para que no se olvide que el único acontecimiento en que la muerte es por sí misma espectáculo son los toros, y advierte que quizá Don Juan sea el único personaje que se ha olvidado de Dios.

TISBEA: “Advierte, / mi bien, / que hay Dios y que hay muerte.”
DON JUAN: “¡Qué largo me lo fiáis!”

(El hecho, explica Tierno, es en sí inaudito, pues tiene mayor gravedad que la insumisión de Caín; es el más grave, casi increíble, suceso del alma olvidarse de Dios. Se le puede negar, pero no parece fácil olvidarlo. Si fuera posible el olvido de Dios, la divinidad se esfumaría. Don Juan intentó, en el ámbito de lo posible, desmemoriarse de Dios.)

–Daría este brazo derecho por creer –dijo Luis Miguel a Amorós en una tarde de Madrid.

Luis Miguel es un Don Juan, y, sin embargo, Luis Miguel es un gran tímido que atribuye a su timidez todos los éxitos de su vida:

–El que no es tímido tiene en sí demasiada confianza y se echa a dormir. El que desconfía de él por lo menos trabaja.

Qué gran personaje, Luis Miguel, para la consulta de Marañón, el hombre del tiempo que acertó a clavar con alfileres, como a mariposas, a Amiel y a Don Juan. El número uno.

Luis Miguel Dominguín, el número uno es el feliz empeño de Andrés Amorós por fijar definitivamente, con el permiso del tiempo, el mito español de Luis Miguel, cuya bibliografía de “torero con bibliografía” es la serpiente que se introduce en el paraíso de nuestra memoria para perdernos en perdederos de laberinto.

Luis Miguel es el número uno porque en la tarde del 18 de mayo de 1949, en la primera plaza del mundo, que es la plaza de Madrid, “cuando todos estábamos boquiabiertos, se lleva la mano diestra al pecho y luego yergue el brazo con el índice enhiesto”.

–En el toreo –sentencia Gregorio Corrochano, el Mozart de la crítica taurina– es modesto el que no puede ser otra cosa.

Y Luis Miguel, cuya ganadería va marcada con el 1:

–A mí no me trataban bien en Madrid... Me acordé de un pase circular que había dado en Zaragoza y lo puse en práctica en esa corrida, la primera vez que lo di en Madrid, y, al salirme perfecto, me volví y me proclamé el número uno, de lo cual no me he arrepentido nunca. Si naciera otra vez y fuera torero, me apodaría “El Uno”.

Alrededor del número uno, clavado como una estaca en el centro de la vida del torero, va apilando Amorós todo el material para el incendio: el desfilar de una dinastía, el espejo de todas las mujeres (de Hollywood), la sombra alargada de Manolete, el jaleo tontorrón de Hemingway, la trilla africana de Ava Gardner, el mundillo inquietante de Picasso, la amistad de verdad con Franco (“el hombre que mejor calla de España”), peleas de cuernos con Humphrey Bogart y Frank Sinatra, el niño grande y la sangre buena...

(El padrino de la dinastía, Domingo, acostumbraba decir que la sangre buena se iba por las cornadas, quedando sólo la mala.)

–¡Haber matado miles de toros para acabar siendo el padre de Miguel Bosé!

(“Hijo, Luis Miguel, estás de un guapo que atonta”, es el saludo que las señoras de Serrano, veraneantes en Biarritz, dirigen al número uno en la plaza de Bayona, donde Luis Miguel, por estar húmedo el suelo, torea sin zapatillas, y parece, escribe Pemán, un mariscador estilizado que marisca orejas. Le tiran sombrillas, chaquetas, un zapato y una pieza de un bañador de dos piezas –tow pieces– que emerge de entre la enfebrecida multitud sin que nadie sepa el destino y propiedad de la pieza compañera.)

Sorprende, por extravagante, un apunte de Amorós en la página 211 de su exuberante biografía luismiguelista: “A Luis Miguel –no cabe duda– en el terreno erótico sólo le apasionan las mujeres. Por lo que sabemos, no tuvo nunca ninguna curiosidad ni sintió la tentación de la homosexualidad. Para bien o para mal, es así, y no cabe decir lo mismo de todos los que forman parte de ese mundo.”

Luis Miguel es el héroe destinado a morir en la imaginación de Hemingway en el verano del 59, el verano sangriento reporteado para Life al calor (o al furor) de la españolada en el sentido culto del término. Ordóñez frente a Luis Miguel. Y el favorito de Hemingway es Ordóñez.

Luis Miguel Dominguín, el número uno, muere el 9 de mayo de 1996. Amorós pone en su boca un eterno ideal:

–Yo buscaba el listón más alto.

(Libro de Andrés Amorós
LUIS MIGUEL DOMINGUÍN, EL NÚMERO UNO
La historia de un torero, una saga familiar y la época que les tocó vivir
La Esfera de los Libros
Madrid
456 páginas