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viernes, 17 de julio de 2009

CATALUÑA Y EL HUMORISMO...



...O UNA CUESTIÓN DE INCOMPATIBILIDAD


Por Julio Camba
6 de Agosto de 1917


He intentado clasificar los insultos que, en cartas particulares y por medio de la Prensa, me han dirigido los catalanes estos días; pero no pude formar más que dos grupos: el de los insultos zoológicos y el de los patológicos. Al primer grupo pertenecen los seis calificativos siguientes:

Reptil.
Hiena.
Cuervo.
Chacal.
Cocodrilo,
y
Vampiro.

El grupo patológico es menos abundante. Mis comunicantes me llaman:

Lepra (lepra devoradora, naturalmente).
Sarna nacional, y
Virus morboso.

Luego vienen los insultos varios, de los que sólo reproduciré algunos:

Estúpido.
Ignorante.
Chusma.
Ralea.
Inmundo.
Quijote.
Ser inútil.
Horda.
Ladrón.
Melifluo.
Almibarado.
Raza de decadencia.
Fermento de antepasados.
Hipócrita.
Cabezota.
Grosero...

Y todo esto por hacer dicho, en el número de A B C correspondiente al día 24 de Julio, que los catalanes hablan el castellano con acento...

Antes que yo, han venido aquí otros hombres y les han dicho a los catalanes otras cosas de bastante más importancia; pero no creo que ninguno de ellos haya suscitado jamás un movimiento de indignación comparable a éste.

–Es que los catalanes lo perdonan todo –me dice un amigo–, menos el que les hagan bromas acerca del acento. En el fondo la cuestión del acento es la única que les interesa. Les interesa mucho más que la misma cuestión de la autonomía...

Realmente, aunque los catalanes hablen sin acento y yo haya mentido a sabiendas, ¿es que existe paridad entre mi falta y los calificativos con que se la juzga? Yo podré no ser un hombre muy serio ni muy respetuoso; yo podré alguna vez tomar a chacota una cosa importante; yo tengo mis defectos, convengo en ello. Que me llamen perro, que me llamen gato, que me llamen mirlo; pero que no me llamen hiena ni chacal. Estos son insultos para tiranos y no para corresponsales de la Prensa madrileña. Yo no tengo categoría de hiena ni de chacal. Lo confieso modestamente y, acaso, con cierta tristeza.

Estos catalanes que me llaman hiena y chacal me recuerdan aquella canción en la que, hablando de un célebre toro, se dice:

Aquella leona fiera
que al pobresito Espartero
se lo puso por montera...


Estamos muy cerca del Mediodía de Francia, tierra de Tartarín. La luz es deslumbradora; la imaginación es fecunda. Un conejo, visto a cierta distancia, puede parecer un tigre. Un escritor de periódicos puede resultar un Nerón... Hay algo de tartarinesco en esto de atribuirle una intención de hiena a la menor broma que se haga sobre Cataluña. En el fondo, los catalanes saben muy bien que yo no soy hiena ni chacal, y si me dirigen epítetos tan formidables, no es para darme importancia a mí, sino para dársela a ellos mismos. Al senyor Esteve, allá en su fábrica de Tarrasa o aquí, en su tienda de Barcelona, entre las trencillas y los crudillos y los madapolanes, le halaga mucho el imaginarse a sí propio rodeado de fieras amenazadoras y terribles...

Ahora bien. Todos estos insultos, que yo había comenzado a coleccionar en verdadero amateur, complaciéndome ante los ejemplares curiosos y pintorescos, empiezan ya a irritarme. Si yo hubiera venido aquí a meterme con Cataluña, me gustaría que se me insultara, porque ello representaría un éxito. Habiendo venido con una intención perfectamente opuesta, temo que los insultos me hagan desviar mi camino y que, instintivamente, por una reacción natural, yo acabe escribiendo lo contrario de lo que me había propuesto escribir.

Porque el caso es que yo soy un gran entusiasta de la Cataluña política; que creo en la nacionalidad catalana; que me parece muy bien el que los catalanes se sirvan siempre de su idioma catalán; que opino que tienen un perfecto derecho a solicitar la autonomía, etc., etc. En Castilla hay como una tendencia a combatir las reivindicaciones políticas de Cataluña a base del acento catalán y de que los catalanes no son una raza superior. Yo me había propuesto ir demostrando la compatibilidad de una cosa y de las otras. El que los catalanes no sean de una descendencia exclusivamente aria o el que digan salsicha en luchar de salchicha, no quiere decir que carezcan de derecho para administrarse a sí mismos: tal era mi teoría, que yo consideraba también la teoría catalana.

Pero parece que los catalanes creen, a su vez, que el día en que se demuestre que no son una raza superior o que tienen un acento ordinario, sus derechos políticos caerán por tierra. De otro modo, y por haberles dicho que hablan con acento, no me llamarían a mí enemigo de Cataluña.

No. No seguiré en mi campaña. La importancia que, en general, se atribuyen a sí mismos los dependientes de comercio les hace incompatibles con mi modesto estilo personal. De buena gana cambiaría mi manera de hacer; pero, si la cambiase, resultaría que cuando yo hacía artículos humorísticos sobre Francia o sobre Inglaterra, sobre Alemania o sobre los Estados Unidos, era porque consideraba a estos países inferiores a Cataluña...

Renuncio, por lo tanto, a seguir en mi campaña. Me falta espíritu cristiano para defender a los que me atacan y me sobra honradez profesional para combatir lo que me parece justo. Pero que conste una cosa, y es: que yo no he venido a Barcelona a meterme con los catalanes y que han sido los catalanes quienes se metieron conmigo. Probablemente, aquí han llegado muchos escritores con un prejuicio acerca de Cataluña. Hoy, sin embargo, mayor que el prejuicio que pueda traer ningún escritor, es el prejuicio con que Cataluña le recibe.


(Del libro Maneras de ser español, de Luca de Tena Ediciones)