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lunes, 14 de septiembre de 2020

Hagan juego

 


El azar es el único dios de los ateos
Hagan juego (y no se puede decir "señores")

Ignacio Ruiz Quintano

Abc

El fútbol no es un juego de azar, era el argumento de un amigo culé para negarme en su día el valor del gol de Santi Aragón a Zubizarreta desde el círculo central del Bernabéu. ¡El día que Aragón, a sus 22 años, hizo un Pelé verdadero!
Desechada la Providencia, el azar ha pasado a ser el fundamento de la historia, y eso incluye el fútbol, que se rige por las leyes de la ruleta, que son el dinero y la bolita.

Yo lo que pido es que entre la bolita –es el trisagio más repetido por los entrenadores de fútbol y los jugadores de ruleta, ese azar químicamente puro, aunque Gonzalo Garcíapelayo, director de cine (“Corridas de alegría”), se hizo famoso por su dominio de las ruletas de casino como los chinos de las tragaperras de bar.

La suerte, decía Foxá, es un pobre sucedáneo de la fe, y traía a colación un cuento de Fernández Flórez sobre un gran señor musulmán (lo que en el mundo del fútbol llamamos “jeque”) que, al ver repetirse tres veces el mismo número, comprendió que había algo extraño y superior a los cálculos, y se retiró al desierto para dedicarse al ayuno y a la meditación, destino que bien podría correr el bueno de Nasser bin Ghanim Al-Khelaïfi, señor de Neymar y Mbappé, si después de las fichas que lleva invertidas en el tapete verde del PSG vuelve a perder otra Champions y consolida su fama de lúser, aunque todo el mundo sabe que “nada hay que apetezca tanto un jugador perdidoso como que se vuelva a barajar”.
El PSG recuerda la historia francesa de un hombre que pierde siempre en la ruleta y, una noche, en Montecarlo, se queda dormido sobre el tapete, sin retirar su “apuesta”, cuyo pleno se repite cuatro veces. No reacciona ante el montón de oro y un empleado lo zarandea. ¡Está muerto!
La suerte, su enemiga, lo había enriquecido cuando ya no era él, sino una sombra de sí mismo.
Los filósofos estoicos representaron la fortuna en forma de mujer, con un cetro real en la mano, vendados los ojos, puesta de pies sobre una esfera, acompañada de hombre necios sin profesión ni modo noble de vivir.

El tener vendados los ojos daba a entender el mal tiento que tiene en repartir sus dones. Estar de pies sobre la esfera significaba la poca firmeza que tiene en los favores que hace. Y lo peor que en ella hallaron es que favorece a los malos y persigue a los buenos
Sirven estas consideraciones para ayudar a entender el disgusto de las peñas vallecanas porque el Rayo al enterarse de que una casa de apuestas es su nuevo patrocinador. “¡La franja no se mancha!”, han tuiteado los más intransigentes. Después de todo, el Rayo es el club de Alberto Garzón, ministro del Juego (y la prueba de que en España, si quieres, puedes ser ministro) que ha desarrollado contra el riesgo de las ludopatías un eslogan imbatible: “Juega con responsabilidad”. Pero los peñistas vallecanos replican que la gente no va al fútbol a leer, aunque sea eslóganes, y temen que les metan muchos goles de azar como el de Aragón a Zubizarreta.
Los vallecanos no quieren que les “manchen” publicitariamente la “franja”, y ahí está William Hill, y los culés no querían que les “mancharan” publicitariamente la “samarreta”, y ahí está la Unicef… y los ocho goles del Bayern en Lisboa, que pesan más que la lavadora que llevaba Johannes Antonius Bernardus Metgod, Johny Metgod, cuando el Madrid anunciaba Zanussi y tantas risas había en Barcelona, bastantes años antes de Bwin y de Codere, y por supuesto, de los Emiratos, que, por cierto, acaban de hacer las paces con Israel por mediación de Donald Trump, a la espera de la confirmación del “As”.
Empieza otra Liga, la nonagésima, sin público (¡sin “habeas corpus”!) por culpa de “la Coviz”.

–¡Hagan juego! –grita Tebas, que es el crupier.
Y allá cada cual a lo que juegue. Tal como está la cosa, la única emoción de la Liga está en las apuestas, y casi trae más cuenta sentarse en una terraza y cruzar apuestas sobre terminaciones de matrículas de coches que pasan.




LA CERVEZA DE KLOPP

El alemán Jürgen Klopp, entrenador del Liverpool, ha dicho en Inglaterra que en español él sólo sabe pedir cerveza. A Klopp yo le he visto pedir cervezas y raones (en Madrid, galanes) en Es Cubells, la cala ibicenca que despacha el mejor salmonete español (el raón es un salmonete español con cara de loro que vive echado en la arena ibicenca como una jubilada germánica), y las dos cosas las pedía medio por señas medio en inglés, porque en Baleares ya no está bien hablar en español, eliminado de la enseñanza infantil y primaria por los políticos de la taifa socialista. ¿Dónde, pues, aprendió Klopp a pedir cerveza en español? Seguramente en la “Muerte en la tarde” de Hemingway, que incluye un léxico aclaratorio de locuciones de las corridas de toros. Por ejemplo: “Aburrimiento: Esta sensación, predominante cuando la corrida es mala, puede mitigarse un poco bebiendo cerveza fría. Si la cerveza no está muy fría, el aburrimiento se vuelve mucho mayor”.