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lunes, 7 de septiembre de 2020

Generalidades

 


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Si nos atenemos a los cuestionarios en que se basan, las generalizaciones sociológicas del CIS no deben de diferir mucho de las del test de las vacas locas. Por cierto, ¿quién iba a decirnos que, sólo por la comida, también una vaca puede enloquecer hasta el punto de vivir a expensas de las encuestas? Pero las generalizaciones vienen bien para los escépticos, siempre que los escépticos no se tomen demasiado en serio las generalizaciones. Para eso están las leyes lógicas, que permiten al escéptico generalizar, por ejemplo, que todas las generalizaciones son falsas, y si esta generalización es falsa, entonces no son falsas todas las generalizaciones, como las del CIS.

«¿Diría usted que, actualmente, la sociedad española es muy democrática?», preguntó el CIS en diciembre. El 8,1 por ciento de las respuestas fueron afirmativas, cifra seguramente equivalente a la de cargos políticos acogidos al pupilaje público. El CIS insistió: «¿Cree usted que dentro de cinco años la sociedad española será menos democrática?» Y las respuestas afirmativas se redujeron al 4,1 por ciento, es decir, a la mitad de esos huéspedes distinguidos que, por causa del centrismo turnante —dos partidos y un solo ideario: administrar la pensión—, barruntan para esas fechas una situación de cesantía. ¿Tiene esto que ver con la democracia?

Retóricamente, sí, aunque, siendo la democracia un sistema muy sencillo que los propagandistas se empeñan en enredar, observar los hechos resultaría más saludable que escuchar la retórica. Así, la discusión teológica sobre los tres poderes, que, presentados de semejante modo, parecen los tres tíos maternos de Bertrand Russell. El primero era mahometano, sordo y pesado. El segundo, librepensador, cáustico y polemista. Y el tercero, católico, gordo y voraz. Todos los domingos acudían los tres a casa de la abuela para almorzar y discutir. «¿Quién de los presentes cree en la literal veracidad de la historia de Adán y Eva?», preguntaba, de pronto, el librepensador. Era su truco para obligar al mahometano y al católico a mostrarse mutuamente de acuerdo, cosa que detestaban hacer.

Nuestra democracia llegó al pueblo como una forastera que todo el mundo juzgó, en general, despampanante. Era  una visión, no una  invención. La visión prometía enseñarlo todo, incluso lo importante, y fue recibida con piropos propios de un pueblo productor de madrigales. Los intelectuales fueron más lejos, y los más penetrantes nos la comparaban con la Beatriz de Dante, dueña de una dignidad metafísica para todos los hombres, al decir de la mejor literatura ensayística, sin caer en la cuenta de que nuestro Santayana, el racionalista de las botas charoladas con botones, vio en Beatriz una platonización del cristianismo, imagen que luego, en las épocas de las mayorías absolutas, iba a hacer que los recalcitrantes interpretaran nuestra democracia como una platonización del franquismo. En esas épocas, curiosamente, suele arreciar el tono de nuestros piropos a la democracia, que, como ocurre con los que dirigimos a la mujer, más que nuestro culto a una idea, lo que  revelan es nuestra hambre de ella, aunque los extranjeros siempre han envidiado nuestra capacidad para hacer pasar por pasión la necesidad.

Desde luego, no estamos en América, donde la democracia es una cadena mecánica, no un lema político. Camba observó que toda la vida americana se inspiraba en los mataderos de Chicago. Bueno, hoy también puede decirse que toda la vida europea se inspira en las hecatombes de Bruselas. Pero el 56,8 por ciento de los españoles, según las últimas generalizaciones del CIS, consideran que nuestra sociedad es «bastante» democrática. Hay que estar contentos. Los pueblos felices, generalmente, no se sublevan, y allá cada uno con sus inclinaciones políticas, que, generalizando, son las mismas que exponía un personaje de «La procesión de los días» en  1921:  «A principios de mes soy monárquico, derechista, conservador; el día 10 me hago liberal; hacia el 20 me trueco en socialista y suspiro por el reparto. Días antes de terminar el mes, abjuro de esos ideales y comprendo que no hay salvación sino en el anarquismo práctico (...) En alguna de estas etapas usted y yo coincidiremos, sin duda. Podemos llamarnos, sin recelo, correligionarios.» Y no contamos los domingos, con la venada  nacionalista que nos entra con el fútbol.



Bertrand Russell

La discusión teológica sobre los tres poderes, que parecen los tres tíos maternos de Bertrand Russell. El primero era mahometano, sordo y pesado. El segundo, librepensador, cáustico y polemista. Y el tercero, católico, gordo y voraz. Todos los domingos acudían los tres a casa de la abuela para almorzar y discutir. «¿Quién de los presentes cree en la literal veracidad de la historia de Adán y Eva?», preguntaba, de pronto, el librepensador. Era su truco para obligar al mahometano y al católico a mostrarse mutuamente de acuerdo, cosa que detestaban hacer