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lunes, 21 de septiembre de 2020

Adiós a Bale, hola Odegaard



Ignacio Ruiz Quintano

Abc

Vuelve el Campeón de la Liga de “la Coviz” a otra Liga con Coviz y sin Habeas Corpus (ese latinajo que tanto se le traba a la policía), es decir, sin público, con la ruina que supone para la industria de las pipas.

Vuelve el Campeón y lo hace sin el galés Bale, sustituido en el cabezón de Zidane por el noruego Odegaard, y esperemos que no sea como cuando el cabezón de Udo Lattek sustituyó en el Barcelona a Schuster por Cleo Inacio Hickman, Cleo (grato a Núñez y sobre todo a Casaus, a quien le parecía tan guapo como Pío Nono), que parecía noruego, aunque era brasileño de encaste alemán, el lado por el cual tragó Lattek, que no quería brasileños de samba, como Toninho Cerezo, un maravilloso Ceballos negro, al que rechazó.

Cleo duró un instante, pero un instante fáustico, y todos nos imaginamos a Gaspart recitando ante el espejo las palabras de Fausto a Mefistófeles:

Choquemos esos cinco. Si alguna vez digo ante un instante: “¡Detente, eres tan bello!”, puedes atarme con cadenas y con gusto me hundiré.

Futbolísticamente, vuelve el tren de la bruja Modric-Casemiro-Kroos, con Isco, que se ha quedado en Madrid testando la báscula de Solari, llevando la escoba, y en la banda Zidane, Bill Murray de este “Groundhog Day” centrocampista y manufacturero.

Todo indica que Odegaard va a ser el mejor futbolista noruego de la historia (con el visto bueno de Solskjaer), una mezcla de Laudrup y Canales para combinar con Benzema, el que baja a recibir, como los Bautistas de las novelas negras. Pero, ahora que se ha ido (“si Bale se va mañana, mejor”, dijo Zidane hace un año), hay que recordar a Bale, futbolista de pantalla grande, como el Eastwood del spaghetti western, que no quiere hablar español, igual que dos tercios de españoles en España, porque con el inglés cree llegar más lejos, igual que dos tercios de españoles en España, incluido el periodismo deportivo, que se encargó de tenernos perfectamente informados de la hernia, del golf y del inglés de Bale, probablemente uno de los futbolistas más listos que han pasado por España, cosa que también da rabia.

Zidane no perdonó a Bale su gol a Karius en Kiev, mezcla de la chilena de Cristiano a Buffon en Turín y de la volea de Zidane a Butt en Glasgow, y el Bernabéu no perdonó a Bale su posado con una pancarta de Gales, Golf, Madrid, que el piperío por ahí no pasa. Los feos de Zidane a Bale fueron de “Vive la France”, inmerecidos para un jugador que ganó cuatro Champions, dos Ligas, cuatro Mundiales de Clubes, tres supercopas de Europa, una Copa y dos supercopas de España en siete temporadas, con ciento cinco goles y sesenta y ocho asistencias en doscientos cincuenta y un partidos.

Puede decirse (y lo dijo Hughes en su día) que la segunda mejor época del Madrid comenzó con el carrerón de Bale por la linde de Mestalla, saliendo y entrando al campo, “haciéndole a Bartra lo que ya le había hecho a Maicon en un Inter-Tottenham, poner en cuestión una carrera deportiva”. Bale puso color a nuestra idea de Gales, que era la que John Ford nos dejó con su “How Green Was My Valley” en blanco y negro. Bale era la energía, pero una energía con moño, otro detalle que lo alejaba de Zidane y su calva expresionista de Nosferatu de Mornau.

Los fans de los Owen y los Modric sostienen que Bale nunca ha tenido categoría de Balón de Oro, y ahora este jugador de cinemacospio vuelve al Tottenham, el barrio que acojonó a Abramóvich, que se compró el Chelsea, pero con un equipo que contó entre sus fanáticos al jefe del positivismo lógico, sir Alfred J. Ayer, y a las órdenes de Mourinho (el futbolista, no el filósofo). Hará banda con Reguilón, descubrimiento de Solari (confirmado por Lopetegui en Sevilla) y descarte de Zidane, que cabalga sobre su Modric-Casemiro-Kroos como Ponce sobre el cocodrilo hinchable. Si lo piensas, lamentarás que no viniera Pogba a liberarnos de esa ristra de Zidane, Maharishi del mareante fútbol circular cuya única esperanza son las diagonales de Odegaard.



Cleo Inacio Hickman

REALE ARENA

Es una manera bien fina de clausurar el verano e inaugurar la Liga en San Sebastián, la ciudad más española de España, al decir de Gecé (“ese Madrid exprimido, quintaesenciado, que es en el verano San Sebastián”), pues la burguesía española hizo de San Sebastián su imagen, con una playa que es para exponerla en la vitrina de una salita burguesa y con el barroco templo blanco del “jazz-band”, de la merienda y la ruleta, el Kursaal, que ahora es el Reale Arena: “Aquí un montecito. Aquí una islita. Sobre la islita un farito. Aquí una banderita sobre unas ruinitas en lo alto de otro montecito. Aquí un puertecito con sus vaporcitos que entran y salen fumando su pipa. Aquí unos hotelitos y su filita de tamarindos.Aquí su arena circunvalada, con sus sillitas y sus toldos y las olas rompiéndose a toque de corneta. Y los bañistas con sus calzoncillitos primorosos…” El fútbol devenido, con el chic de lo francés, en gestión de egos.