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domingo, 27 de septiembre de 2020

El equilibrio diferencial


 

Hughes

Abc

Descubrí qué era el nacionalismo catalán y el fondo clínico de ciertos catalanes hace unos cuantos años.

Pasé unos días de vacaciones allí, y trabé cierta amistad con un simpático y divertido catalán que en un momento dado, sin querer, quizás, y con el atenuante de las copas, reveló “todo lo que llevaba dentro”. Le dijimos dónde nos hospedábamos, pues yo iba acompañado, e hizo un gesto extraño. Era un muy buen hotel, que yo reservé, por cierto, por error. No era un hotel de jeques, pero era un gran hotel y él archivó ese dato para luego, llegado el momento, regurgitarlo de la siguiente forma: “No era posible que hubiera catalanes en paro y que yo, un valenciano, viajara en hoteles así”. No fue un lapsus, realmente lo pensaba. Era un burgués venido a menos. Iba al Liceo, le gustaba la ópera. Quizás había cierta decadencia personal sustanciada allí.

Esto es una mera anécdota, pero la recordé después, cuando de alguna manera tomó forma en el proyecto que para España tiene el PSC: el federalismo asimétrico diferencial que consiste, no sólo en la federalización de España (en la destrucción de su realidad nacional) sino en algo más: la constitucionalización de la diferencia.

Esto podría entenderse como mera pluralidad: recoger la diferencia, las particularidades, la personalidad distintiva de lo catalán, su necesaria autonomía, y el hecho lingüístico. No, no se trataba de eso. Esa pluralidad no era suficiente. No se trataba de esa diferencia, de ser distinto. Es una diferencia de otro tipo: no horizontal, sino de plano. Cataluña ha de estar por encima. Se ha de garantizar que Cataluña sea siempre más rica y mejor, incluso si Cataluña dedica sus esfuerzos a otra cosa (y ése es el fracaso del 78 ¡Que la vaca del reparto ya no da para tanto!).

Lo diferencial (que es un término que pongo yo) se apoyaba en dos palabros: singularidad (cultura) y ordinalidad (dinero).




En algunos lugares del mundo se quiere constitucionalizar la igualdad efectiva, que no es la igualdad de derechos. No basta con ser iguales ante la ley, la ley ha de exigir que seamos iguales en el hecho, además del derecho. Y aquí quieren lo contrario. Quieren constitucionalizar la desigualdad efectiva. El hecho diferencial ha de quedar escrito, y la Constitución ser federal, asimétrica y diferencial. Que se garantice que Cataluña seguirá siendo siempre Cataluña (bien catalana, rectamente catalana aunque fuera musulmana), pero, además, que los otros seguirán siendo siempre los otros.

Esta es la genialidad con la que el PSC quiere justificar su existencia y huir hacia el futuro: matizando con palabras incomprensibles la superioridad de la que trae causa el nacionalismo, para que ese nacionalismo no termine de romper con España y ellos sostengan su precario existir institucional, que no será tan precario cuando es Illa, filosofo catalán, perito en diferenciales, el que nos ha gestionado el coronavirus con el éxito que conocemos.

Escolástica gallinácea y hasta un poco robagallinas que sigue culpando de todo a Madrit, sólo que en lugar de un determinismo histórico que convierte a España en el absoluto mal autoritario (aunque sean liberales sus planteamientos), la culpa ahora es de las “élites madrileñas”.

Vamos bajando por la escala de lo que llaman supremacismo. Desde los tremendistas odiadores que culpan al español, al alma española, o a la Eterna España, o a un conjunto de causas estructurales irresolubles, llegamos, más matizadamente, a la culpabilidad de la élite española, pero como eso supondría incluir a catalanes y vascos, se reduce a la “élite madrileña”. El “culpable”, ya vemos, no cambia de lugar.

Por eso no me asombro mucho cuando leo en un hilo de Twitter (la peor forma imaginable de expresión) a Jordi Amat, persona muy respetable, decir que el “poder del Estado saboteó el equilibrio” hablando de las enquistadas tensiones territoriales.

Sabotear, ¿qué equilibrio? ¿Qué equilibrio han destruido las fuerzas oscurísimas de aquella derecha que acabó desembocando en Pujol?

A mí me sale el equilibrio del 78, escoltado por el miedo y la violencia, pura condensación oligárquica en la muerte del franquismo. Me sale, pues, más o menos, un equilibrio franquista. El equilibrio que dejó Franco. ¿Están reivindicando eso? ¿El equilibrio de Franco más el de Pujol superpuesto? ¿Así estamos bien, así nos entendemos?

“Madrid se va” es el artículo seminal del mundo PSC. Ay, Madrid, Madrid… Qué mala es la ambición. La culpa es de Madrid por florecer. ¿Qué hace España desmintiendo la estampa de su horror solanesco?

Madrid rompió el equilibrio, que ya lo marcaba Maragall, un equilibrio bien ordenado que incluía al resto del país, a Valencia, por ejemplo, eterna subordinada (si ya tienen a Aimar…) a la que se regaba con dinero para la verdadera “guerra cultural” subvencionada: millones para dinamitar la conciencia nacional española con la unidad de la lengua como excusa cuando en los institutos valencianos ya se estudiaban las bondades de la inmersión (mandando esa misma derecha alteradora de los “equilibros territoriales”)

“Las clases populares madrileñas” como grandes victimas del proceso. Hay que tener un enorme sentido de la originalidad (¡molt catalana!) para verlo así, cuando estamos en procesos abiertos (y casi clausurados) de aplastamiento político y cívico de las “clases populares” en otros lugares de España. Es la monumental ironía de la izquierda estos días, que orquesta un rencor de clase contra el norte… pero de Madrid. Están encantados con el privilegio fiscal y el aplastamiento de sus derechos lingüísticos en otros nortes.

Personalmente, todo lo que escriban contra las “élites madrileñas” me parecerá poco, sigan, sigan, yo encantado de la vida, pero debo protestar (desahogarme, nadie lee esto, es puramente terapéutico) cuando por la finura analítica me vuelven a llevar al mismo sitio al que me llevaban los patológicos de la TV3: algo malo que hacen en Madrid.

Si no supiera, como lector que soy de muchos de ellos, que no es así, pensaría que estos admirados escritores y periodistas catalanes, catalanistas o nacionalistas, según grado y condición, lo que pretenden, lo que piden, lo que andan buscando es otro Franco. Otro Franco que restablezca bien esa “diferencia” que es “diferencialidad”, diferencia incluso matemática, constancia matemática, por la que un valenciano no deba nunca vivir mejor que un catalán. Un Franco que reindustrialice Cataluña en esta nueva revolución tecnológica y la proteja de las tensiones de la globalización, empezando por Madrid, que le de un mercado cautivo y mano de obra pacífica y obediente. Tan obediente como para renunciar a la tierra de sus padres, si es menester, por una palmada en la espalda.

Anoten para el puchero que están preparando: federalismo, asimetría y “diferencialidad”, que no es diferencia, es diferencia más supremacía. O preponderancia, para no molestar.