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jueves, 30 de mayo de 2019

Márquez & Moore. San Isidro'19. Victorinos de entretiempo, pero ninguno con cara de tonto



Crónica de José Ramón Márquez
Fotos de Andrew Moore

Mi padre era muy intuitivo y atrevido, un genio
Victorino Martín Jr


Reposan a su sombra el tigre, el toro


José Ramón Márquez

Después del aluvión de ayer de los de Escolar aquí estamos a la llamada de la A y la corona, a ver qué tienen estos que poner sobre la arena para mantener alto el pabellón azul y encarnado de su divisa. Decía el otro día Victorino que él se encuentra frente a una losa, que si los toros le salen buenos el mérito será de su padre (qDg), y si le salen malos las culpas serán de él. Bien visto, pero hay un nutrido grupo de aficionados que llevan cerca de veinte años apostando por que la ganadería de Victorino está poco menos que sucumbiendo al más vil de los entreguismos y pervirtiendo sus esencias en pro de la peste de la comercialidad. La cosa es que a Victorino siempre se le juzga con mucha pasión, pues hablamos de una ganadería que a nadie deja indiferente, pero siempre que nos enfrentemos a ella hay que tener muy presente que la de Victorino ha sido la seña de identidad del toro en las ferias de postín, en competencia con las más perrunas juampedradas, y que su prestigio no está cimentado en remotos pueblos de Francia, en citas semi secretas de aficionados, sino en Madrid, en Sevilla, en Valencia, en Bilbao, en Zaragoza…, en las grandes ferias y eso frente a lo otro, a lo ponzoñoso, muchas veces tomando el papel de asumir la única reivindicación del toro en ellas.

Es verdad que al principio de la tarde, impresionados aún por la rotunda ferocidad de los de Pepe Escolar, podíamos llegar a pensar que la de Victorino estaba por debajo de las expectativas aunque, bien mirada, la corrida no ha carecido de interés, ha dado lugar a emocionantes lances y ha sacado su personalidad. Alguno podrá decir que estos Victorinos de los últimos tiempos no son como aquellos que tanto nos emocionaron en nuestra juventud, aquellos con los que se las veía tiesas Ruiz Miguel, los del gañafón al tobillo, los que no perdonaban un fallo, los que con el menor error del matador aprendían las desinencias del latín en menos que se persigna un cura loco, y es verdad: echamos de menos esa incertidumbre, esa exigencia, que es lo que querríamos ver siempre en la arena, pero eso no convierte a lo de Victorino en torillos de feria y de vaivén, que los animales tienen sus cambiantes humores, su inteligencia y su interés.

Victorino embarcó en Las Tiesas con destino a Las Ventas seis piezas: a los tres cárdenos les tocó salir en las posiciones pares y a los negros entrepelados les dieron los chiqueros de los impares, mostrando mejor presencia y hechuras los de los pares. La corrida lució una presentación desigual y si algo de parecido tenían los seis es que ninguno de ellos tenía cara de tonto. La terna encargada de dar lidia y muerte a los albaserrada, en el día que se conmemoraba el centenario de la toma de antigüedad del hierro de la A y la corona, estaba compuesta primeramente por Octavio Chacón, vestido de tabaco y oro con bordado a la mejicana; en segundo lugar iba Daniel Luque, cuyo padre tuvo la amabilidad de invitarme a un café hace años, que vestía de carmelita y oro pero en honor a aquella exquisita moca diremos que iba de café con leche largo de café y oro; y en tercer lugar cerraba la terna Emilio de Justo, de catafalco y oro.

El primero, Milhijos, número 92, recibió en seguida su ración de capote de Chacón, que volvió a mostrar su clásica forma de recibir al toro cediendo terreno hacia tablas y luego abriéndose con él hacia afuera sin recibir un solo tropezón en el percal. Se abalanza con vigor el toro hacia la cabalgadura de Juan Melgar en la segunda vara y le arrea un trompazo formidable y a cambio Melgar le pega con fuerza cuando lo pilla a placer en la tercera entrada. La verdad es que entre lo que se dejó pegar y lo suelto que se salió, el toro no dejó un recuerdo imborrable de su bravura en el caballo. Luego, en la cosa de la muleta ya se sabe que Chacón baja y así pasó que daba la impresión de que Milhijos toreaba más al de los oros que este al entrepelado. El animal suelta un derrote al final de una serie de derechazos que si agarra al gaditano, lo destroza y eso hace cavilar a Chacón, que desde ahí está pensando más en irse que en rematar el muletazo. El trasteo es largo y cuando se pasa la mano a la zurda el toro se traga el primero y en el segundo ya está buscando. A todo esto la faena, que empezó en el 5 se va desplazando en dirección al 9 que es donde finalizará, no sin que antes Chacón pase bastantes fatigas, incluida una tarascada en la que Milhijos le arrebata la muleta de la mano izquierda, que el toro no admite ni media broma. Luego, una tanda basada en los pies es la única en la que netamente vence el torero y tras ella se perfila y le deja una estocada baja. El toro, herido de muerte, se va hacia los medios y cae muerto sobre la A coronada que había pintada con cal en el platillo. El segundo de Chacón fue Bolsiquero, número 59, un bonito ejemplar que aprieta en los dos encuentros con Santiago Pérez, aunque le costó arrancarse al segundo de ellos. No es franco en el segundo tercio, pues espera a los banderilleros, aunque responde bien a la brega de Trujillo y esa condición la mantiene respecto de la muleta, presentando en las dos primeras series de Chacón unas buenas condiciones y un aire algo bobalicón ante las que Chacón se dedica a perderle pasos, a quebrarse la cintura y a no parar de correr. A la vista de lo que le están haciendo, Bolsiquero cambia su perspectiva sobre la vida y comienza a desarrollar cierto sentido y a buscar al torero que se empeña en montar una larga faena a ver si suena alguna flauta, pensaría. Y en cierto modo se puede decir que la segunda parte de la faena es como si fuese otro toro porque entonces se traga los muletazos por la izquierda y aumenta el sentido por el derecho, aunque la labor de Chacón no llega a conectar con el tendido, que no hubo manera. Lo tumba de estocada baja muy eficaz.

Luque es un torero muy visto en Madrid, muchísimo. Donde otros han venido a jugarse la carrera a una carta, Luque ha dispuesto de innumerables oportunidades de explicar su verdad y, hasta donde uno recuerda, esa verdad no ha aflorado nunca salvo ciertos destellos de capote. Hoy retorna una vez más a Las Ventas a tenérselas con Mingano, número 78, por la parte cárdena, y  con Bochornoso, número 16, por la entrepelada. El mejor lote de la tarde le esperaba, pero eso ni él ni nosotros lo sabíamos cuando se abrió de capote para recibir a Mingano que, después de derrotar en tablas, fue conducido al caballo sobre el que montaba Juan de Dios que tomó literalmente aquella frase de que hasta el rabo todo es toro y echó la vara de detener hacia la parte de la riñonada tan ricamente y, en el segundo encuentro, con el toro a cierta distancia, se le notaba muchísimo que no tenía el más mínimo interés en que el toro se le echase encima a la carrera. Le volvió a picar trasero. El toro, por cierto, había doblado las manos por tres veces en los líos de idas y venidas del primer tercio. Principia Luque su labor en el 6 y recibe el calor del público que está deseoso de ver algo. Luque basa su trasteo en la mano derecha y por momentos está muy centrado con el toro, cruzadito y queriendo hacer las cosas bien, en tres series con altibajos y, por momentos, de emoción aunque el toro no presente intenciones aviesas. Luego una buena serie por la derecha y  otra de poca intensidad y, finalmente, una estocada de zambullón trasera y caída. El toro rinde su vida en las tablas del 6. Este toro representa muy bien lo que no venimos a ver cuando en un cartel se anuncia Victorino, y sin embargo, ha propiciado los mejores momentos que hemos visto a Luque en años. El otro, Bochornoso, nos volvió a la cara más común de Luque que intentó torearle por lo moderno, sin el esfuerzo (aunque sea pequeño) que hizo en su primero por no presentar su rostro más vulgar, y cuando le presentaba la muleta oblicuamente el toro decía que nones y cuando le citaba desde la tercera dimensión el toro decía que nanay; el caso es que la imagen de Luque en este segundo es la de un hombre desbordado, que en ningún momento estima que deba abandonar su senda, acaso a causa de la seriedad del toro y, desde luego, sin tener en cuenta sus condiciones. Bochornoso no se empleó en ninguna de las dos entradas al penco de El Patilla, de las cuales lo más reseñable es la manera de agarrar la vara del picador, que más parecía un jubilado pescando carpas en el lago de la Casa de Campo que un picador de toros.  La faena de Luque fue larga y plana y se remató por la intercesión de media estocada trasera y tres descabellos.


Emilio de Justo sorteó por delante a Venceguerras, herrado con el 13 negro entrepelado y con hocico de rata, que de salida anda por el suelo y luego, después de la primera vara, también, por lo que sabiamente Vicente González opta por no picar en el segundo encuentro, que a grandes males, grandes remedios. En banderillas se dedica a esperar a los banderilleros y en seguida ya está Emilio de Justo con su muleta de buen tamaño aproximándose a él, a ver qué hace con este animal que no puede ni con su alma. Venceguerras se defiende a cabezazos en los que acaso influya lo mal que le han picado, pero, sea por lo que sea, cabecea que es un primor. La verdad es que es difícil reseñar algo de Emilio de Justo en este toro salvo que tras un pinchazo en la suerte natural y otro en la suerte contraria le dejó una estocada un poco trasera en la suerte natural de poca efectividad que tuvo a Venceguerras amorcillado por el 3 hasta que luego se fue barbeando tablas hasta chiqueros y allí dobló, a los pies del Rey emérito, don Juan Carlos I. El sexto capítulo de la tarde fue Director, número 66 (a ese guarismo hay quien lo llama “las viejas”), y la cosa no pudo empezar mejor pues tras un recibimiento por verónicas, algunas enganchadas, otras cortas, ahí nos estaban esperando dos soberbias medias verónicas que pusieron literalmente la Plaza en pie. Tuvo un discretísimo paso por el negociado equino de Germán González a base de gazapeo y falta de entrega y recibió un quite eficaz y torero de Ángel Gómez que lo llevó de las faldillas del caballo a los medios con facilidad y naturalidad. Luego, llevando al toro hacia el burladero del 6, Ángel Gómez fue a caer ante la cara de Director, y ahí estuvo Luque oportunísimo echando el capote a la cara del toro. Sin probar, Emilio de Justo se planta con la muleta en la izquierda ante el toro y comienza de tirón con una torera serie de naturales y luego otra. La faena se va desarrollando como una montaña rusa, con momentos de gusto y encaje, con toreo relajado y sincero junto a otros en que el torero pierde pasos y rectifica la posición a causa de las condiciones de este Director, que, visto lo visto, era toro de dos muletazos. El resultado es que la faena no se recuerda ahora como un todo completo y ensamblado sino como una sucesión de momentos de indudable interés junto a otros más olvidables, sin formar una unidad. La verdad es que da la impresión de que la Plaza quería apoyar a Emilio de Justo, quien tras una estocada caída paseó una oreja que nadie discutió, pues debe ser valorada también en base al toro que tenía enfrente, con el que no podía darse absolutamente nada por hecho.

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Andrew Moore

La mirada Victorino

Octavio Chacón, de berenjena y oro
Estocada baja (silencio)
Estocada caída. Aviso (leves pitos)

Chacón al natural

Chacón al obligao

Daniel Luque, de carmelita y oro
Estocada rinconera. Aviso (saludos)
Media estocada y tres descabellos. Aviso (silencio)

Lique al natural

Emilio de Justo, de catafalco y oro
Dos pinchazos y estocada. Aviso (silencio)
Estocada desprendida (oreja)


De Justo con lo justo

 De Justo con la media

De Justo al natural

De Justo al ralentí

De Justo a la oreja

¡El toro, el toro, el toro moro!

Si las peinas elevan las mantillas