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viernes, 31 de mayo de 2019

Márquez & Moore. San Isidro'19. Román se lleva el gato de los Adolfos al agua preparada para Roca Rey

Crónica de José Ramón Márquez
Fotos de Andrew Moore

¡En mi casa no se cambia ni un toro!
Y los toros van a venir como su madre los ha parido
Adolfo Martín

 España soy, agónico, violento,
huracanado amor en llama viva
con sueño de esculpir a sueño el viento

El triunfador
"He disfrutado"

José Ramón Márquez

Tercera entrega del triduo de Albaserrada. En esta ocasión el protagonismo era para los toros de Adolfo Martín y el morbo de la tarde el de ver a Roca Rey anunciado con unos toros a los que, como norma, no se enfrenta. La cosa de encontrarse reunidos en un mismo cartel los nombres de Roca Rey y Adolfo se debe al bombo, que hicieron una especie de rifa -sinceramente ya no me acuerdo de las interioridades de aquello, y a estas horas no apetece mirarlo- en la que salió la combinación que muchos hubiésemos soñado. Ante eso, lo único que se puede hacer es aplaudir la decisión de Roca de permitir que su nombre entrase en un bombo en el que le podía salir cualquier cosa, porque Roca podía haber hecho como Poderoso I de San Blas, hacerse el despechado y ponerse finolis a decir que su nombre no entraba en esa rifa, faltaría más, que él es un figurón y que de bombos nada, que bombo no y platillo sí.

El primer temor del aficionado, esa subespecie en peligro de extinción, era que a Adolfo le hubiesen vendimiado la corrida entre Ramón Valencia y José Antonio Campuzano y que hubiese preparados dos toros canijos para aliviar el trance de la figura, y eso puede decirse tajantemente que no pasó, y aunque la corrida no tuvo una presentación lo que se dice pareja y esmerada, sí que se justificó en cuanto a su presencia. La segunda mosca detrás de la oreja era ver ahí esos dos sobreros, esa espada de Damocles de Victoriano del Río y del Conde de Mayalde, por si de pronto echaban al corral un Adolfo y nos encontrábamos con el chasco de la juampedrada por la puerta falsa. Esto tampoco pasó. La tercera mosca, moscardona, era la del vestido de seguridad de Roca bajo el traje de luces, que nos hubiese gustado una barbaridad que los que le rodean hubiesen presentado un acta notarial de que ahí debajo no había nada más que la pura carne mortal. Eso tampoco pasó.

Las corridas de Albaserrada han ido de más a menos y esta tercera ha sido la de menos interés del serial en cuanto a la cosa del toro. Bien es verdad que hoy ha habido tres toros, uno para cada matador, que han presentado una cara en cierto modo más amable, más proclive al toreo, aunque en ningún caso con esa perruna actitud que tantas veces se ha censurado aquí, pues todos tuvieron su punto de dificultad. Donde la corrida no ha sacado la mejor valoración ha sido en lo relativo a la cosa del tercio de varas, pues en general la actitud más común de los seis adolfos ha sido el dejarse pegar y el no vender cara su vida frente a los del castoreño, que en general han pegado lo que les ha venido en gana con cierta tendencia a irse atrás en los lanzazos, que ellos sabrán por qué lo hacen. Creo que no es preciso detenerse más en la labor de los picadores, pues su trabajo no ha sido, desde luego, como para escribir una página del Cossío, sino más bien para tratar de olvidarlo.

Los tres que se vinieron a Madrid a por los adolfos fueron Manuel Escribano, de grana y oro con unos curiosos bordados de plumas de escribano en los brazos; Román, de buganvilla y oro y Roca Rey de berenjena y oro con corazones belmontinos en el bordado. Es evidente que, sin desdoro para los otros dos, el que llenó la Plaza de público y les alegró la tarde a los reventas fue Roca Rey.

Manuel Escribano sorteó por delante a Aviador, número 59, al que se fue a recibir a chiqueros, a darle una larga cambiada de rodillas. Antes de entrar al caballo por primera vez el tal Aviador ya había hecho un aterrizaje de emergencia en el piso de Las Ventas, luego pasa el trámite de las puyas y ahora viene lo de las banderillas, que Escribano es de los que ponen banderillas. Las pone de aquella manera, a todo trote, clavando a toro pasado y cierra el tercio con el par del violín, quebrando por los adentros y amparado por el capote salvavidas tras la barrera, cosechando aplausos totalmente inmerecidos. Su trasteo se basa en el principio de ahogar al toro, y no es la primera vez. El toro había acudido con prontitud y nobleza a los cites de banderillas y Escribano, que habría visto esas condiciones del toro, decide echarse literalmente encima de él sin querer ver que el animal demandaba un poco más de terreno entre él y el torero. Poco a poco a base de chicotazos y medios pases va Escribano construyendo su obra hecha sobre el toreo en paralelo y la mala resolución del muletazo. Digamos que el toro tenía diez o quince muletazos que son los que Escribano debería haberle dado, en vez de alargar la faena y aburrir al animal y a la afición. Mata bien por arriba. Su segundo se llamaba Español, número 78, y el programa llamaba cárdena a su capa, que no digo que no lo hubiese sido de eral, como esos niños rubitos que se empeñan en seguir siendo rubitos a los 75 años, pero la evidencia es que sus pelos tenían el mismo color negro que los del crítico don Manuel Molés, como pudo verse perfectamente cuando pasó cerca del lugar que ocupa el periodista. El toro, que era casi cornipaso, no andaba sobrado de fuerzas, por lo que recibió muy poco quebranto a costa de las puyas. De nuevo volvió Escribano a agarrar los rehiletes y a dar su particular mitin, aunque en honor a la verdad hay que decir que esta vez puso un buen par por los adentros y a favor de la querencia del toro, aunque lo que más le aplaudieron fue el tercer par, un trompicado quiebro sentado en el estribo, de nuevo con capote salvavidas en el callejón, en el que quedaron las dos banderillas en el suelo. A cambio le dieron una buena ovación y esto lo pongo para que se calibre el ambiente que había en la Plaza. Luego, tras unas pedresinas que parecen querer anticipar a lo que nos esperamos de Roca, comienza su faena basada, como tantas otras veces, en los principios de la neotauromaquia: no cruzarse, rebañar el muletazo saliendo de él a la carrerita, llevar al toro bien por fuera. Al principio le da cierto aire al toro, pero Escribano no quiere esa distancia y va proponiendo pases más próximos, sin un plan, sólo amontonándose  El toro, que no es una mona, le caza en uno de esos amontonamientos, pegándole un buen tabaco y las gentes del 6 se vuelven a increpar a los de la grada, como si ellos tuviesen alguna responsabilidad sobre la cornada.  El toro tenía unas óptimas condiciones para la muleta y, de veras, se hubiese merecido otro torero enfrente que le sacase lo que llevaba dentro con más sinceridad que las triquiñuelas que ensayó constantemente Escribano. A este lo mató Román de metisaca, pinchazo y estocada trasera.

Ahora viene la duda de si hablar de Roca o de Román, pero creo que será mejor echar por delante al peruano. El primero de los adolfos de Roca, el tercero de la tarde, Sombrerillo, número 61, no presentó una sola facilidad, sin ser una alimaña, ni mucho menos. Recibió algo de castigo en la primera vara y nada en la trasera segunda. A este toro lo había recibido con suavidad y suficiencia con el capote y eso es lo que dio a las multitudes que se habían venido a verle, porque su aseada labor con la franela tan técnica como fría no mostró ni por lo más remoto ninguna de las características que muchos venían buscando en Roca Rey. Sin querer dar el paso adelante, sin pretender transitar por los caminos de la épica, Roca hizo ir y venir o acompañó la embestida del toro Sombrerillo y no estuvo ni bien ni mal, ni mal ni bien. Lo mató de una buena estocada arriba. Su segundo fue el del número 81, Madroñito, que en seguida cantó sus óptimas condiciones. Remató en el burladero del 9, cobró sólo en la primera vara, cumplió educadamente en banderillas y llegó a la muleta con una preciosa embestida fuerte y vibrante. Ante las condiciones del toro a Roca no se le ocurre otra cosa que despachar un quintal de la más sublimada vulgaridad, de aprovechar las embestidas del toro en beneficio propio sin poner de su parte más que la consabida técnica, que la tiene y muy bien aprendida, la pata retrasada, el viaje por las afueras, la mano baja -eso sí-, y como el toro va y va y no deja de ir las buenas gentes entran en éxtasis y vitorean aquel despropósito como si fuese la más pura expresión del toreo, pero si alguno venía con el argumentario de que iba a ver a una figura de época, la cosa se quedó simplemente en que ahí abajo lo que había era una figura de esta época. La faena baja de intensidad cuando Roca se pasa la muleta a la izquierda, pues ahí no se produce la ansiada repetición de pases, y cuando vuelve a la derecha aquello no cobra el nivel del delirio del principio, salvo los vitoreados pases por alto y de pecho. Entre medias hay algunas cosas notables como un cambio de mano y, sobre todo, la capacidad de ensamblar las partes de la faena, pero el conjunto no puede ser del agrado del aficionado exigente, pues la casi completa dimensión de su propuesta está basada en la ventaja y, por qué no decirlo, en la mixtificación. Un pinchazo en algo que acaso quiso ser la suerte de recibir y una eficaz estocada rinconera pusieron fin a la vida de Madroñito y, probablemente, a la relación de Roca y Adolfo en los ruedos.

Y aquí tenemos a Román que no quiso en modo alguno resignarse al papel que en principio le correspondía en el reparto de papeles de esta tarde y quiso labrar su propia obra, así que nos vamos directamente al quinto, Mentiroso, número 36, que no dijo nada en varas y puso sus dificultades a los de plata, pero ahí estaba la decisión de Román para, desde el inicio de su labor, demostrar que iba a luchar por vencer al toro. Empieza por la derecha, haciendo humillar al toro y en seguida se ve su ansia de no ceder la posición, de dominar la pelea. Román aguanta valerosamente un inesperado parón y ahí su labor empieza a crecer en otra serie a derechas hecha a base de cuajo y honradez, aguantando y cayendo hacia adelante, muy valiente porque el toro tenía presencia y hondura y no invitaba ni mucho menos a esa porfía. El toro no respondió tan bien cuando Román lo tanteó con la mano zurda y Román, que remató su labor con ayudados por bajo enganchados, quiso asegurar su triunfo tirándose a matar con toda su alma, cobrando una estocada entera desprendida que es suficiente para tumbar a Mentiroso y poner una merecida oreja en las manos del valenciano.

***
Querer culpabilizar a unos determinados aficionados de un percance es una solemne y demagógica tontería. Decir esto es una perogrullada, pero de todos los percances que ocurran en el ruedo sólo hay dos responsables: uno de ellos es cuadrúpedo y el otro viste de oro o de plata.

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Andrew Moore

Manuel Escribano, de grana y oro con unos curiosos bordados
 de plumas de escribano en los brazos
Estocada pasada y desprendida. Aviso (silencio)

las pone de aquella manera

La cogida

El hule

Román, de buganvilla y oro
Media estocada pasada y muy atravesada y descabello (saludos)
En el de Escribano, dos pinchazos y estocada (palmas )
Gran estocada. Aviso (oreja)

una obra a base de cuajo y honradez

Roca Rey de berenjena y oro con corazones belmontinos
 en el bordado y no sabemos si leotardos de Mühlberg
(como los de Carlos V en la guerra)
Pinchazo y estocada (silencio)
Pinchazo y estocada (petición y saludos)

su propuesta está basada en la ventaja y,
 por qué no decirlo, en la mixtificación

a Roca no se le ocurre otra cosa que despachar
 un quintal de la más sublimada vulgaridad,
de aprovechar las embestidas del toro en beneficio propio
 sin poner de su parte más que la consabida técnica

y como el toro va y va y no deja de ir las buenas gentes
 entran en éxtasis y vitorean aquel despropósito como si fuese
 la más pura expresión del toreo, pero si alguno venía con
 el argumentario de que iba a ver a una figura de época, la cosa
 se quedó simplemente en que ahí abajo lo que había
 era una figura de esta época

las corridas de Albaserrada han ido de más a menos
 y esta tercera ha sido la de menos interés del serial
 en cuanto a la cosa del toro

Benlliureando

Guernica con clavel al fondo