viernes, 23 de junio de 2023

Agua va


Karl A. Wittfogel

 

Ignacio Ruiz Quintano

Abc


    En Madrid, el poblachón manchego que popularizó el grito “¡agua va!” al vaciar por la ventana el orinal, estas aguas de junio no han caído bien en mucha gente, que las juzga perjudiciales para su fe en el cambio climático, ese drógulus que, como se decía en los ambientes del Ibex cuando no llovía, “empieza a poner en entredicho eso de que la Tierra es... el ‘planeta azul’”. ¿Qué pasa si caen cuatro gotas? Que la fe se va al carajo, se dispara la apostasía y los feligreses dejan de echar monedas en el cepillo para el culto, que es el cura, que habla latín.


    Desde el Génesis el agua ha sido siempre un bien escaso, razón por la cual hace diez mil años nació la primera forma de Estado con los regadíos en Jericó: llovía mal, como ahora, y la necesidad de almacenarla en aljibes para el reparto hizo el resto. Apoderarse de los aljibes vendría a ser otra batalla de la actual guerra de las elites egoístas contra todos los demás.


    Marx, de quien, por postureo, nuestras elites se declaran culturalmente devotas, castigó el egoísmo con una frase, a juicio de Cabrera Infante, digna de Dante el teólogo, y llamó a su elemento natural, contrario al fuego militante, “las aguas heladas del cálculo egoísta”.


    Karl A. Wittfogel consagró treinta años a su estudio comparativo del poder totalitario, que tituló “Despotismo oriental”, con origen en las obras hidráulicas, idea que un pelanas siempre puede aprovechar para criticar la política franquista de pantanos, esos que, por antifranquista (en realidad, por órdenes extranjeras de los malos), Sánchez está destruyendo.


    Wittfogel tiene la teoría de que la escasez de agua impone los métodos hidráulicos de control social, y a la sociedad oriental (¡China!) llama él “sociedad hidráulica”. El Estado hidráulico es un Estado genuinamente administrador, y conlleva implicaciones sociales de largo alcance.


    –Como administrador de las enormes construcciones hidráulicas, el Estado hidráulico evita que las fuerzas no gubernamentales de la sociedad cristalicen en cuerpos independientes suficientemente fuertes para contrapesar y controlar la máquina política.


    Para contrarrestar cualquier resistencia, el régimen hidráulico recurre a la intimidación, defendiendo la necesidad de gobernar mediante el castigo con el argumento de que pocas personas dejan de ser culpables. Más obviedades anticipadas por Wittfogel: el desarrollo de una constitución escrita no es en absoluto idéntico al desarrollo de un gobierno “constitucionalmente” controlado; la existencia de regulaciones constitucionales no implica necesariamente la existencia de un gobierno constitucionalmente controlado. Llueva o escampe, las elites lo tienen hoy a huevo, gracias a esta sumisión agradecida de las masas, tan bellamente descrita por Santayana con su parábola del carnero castrado.


    Poco mi corazón, nos previno Quevedo, debe a mis ojos, pues dan agua al agua y se la niegan al fuego que consume mis despojos.

 

[Viernes, 16 de Junio]