domingo, 18 de junio de 2023

La cortina de nopal


ABC, 19 de Julio de 2000

 
Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Cuando se dice que la democracia es el menos malo de los regímenes, lo que quiere decirse es, en realidad, que el problema de encontrar un grupo de hombres «sabios» y entregarles el gobierno, como querían los griegos, no tiene solución. Sin embargo, el presidente electo de-Méjico, Vicente Fox, va a hacer la prueba de pedir a todos los mejicanos deseosos de formar parte de su gabinete que envíen currículos, sin más condiciones que «amar a Méjico y ser honrados». Así, las obligaciones para ser ministro de Fox vienen a ser las mismas que ponía el Indio Fernández para ser invitado a su casa: «Amar a Méjico y expresarse por medio del arte.» Y si la promesa de Fox fuera cierta, ¿qué mejor ministro que José Luis Cuevas?

De Cuevas se puede decir que nació («perdonadme») con la pérgola y el PRI, en una fábrica de papel de la ciudad de Méjico. Cuando tenía cinco años, Diego Rivera le regaló un lápiz con la petición de que lo usara sólo cuando supiera dibujar. Cuando tenía diez años, dibujó por primera vez un desnudo de mujer con modelo; al llegar a la región púbica en su dibujo, titubeó, y alguien detrás de él soltó una carcajada: era Diego Rivera. Cuando tenía veintiún años, acudió a una fiesta y acabó fascinado por una mujer rubia; al rato apareció Diego Rivera, a quien la mujer rubia abrazó y llamó «darling». Cuevas comprendió entonces que su sino era derrumbar «los murales» de Jericó, y tres años más tarde publicó su manifiesto «La cortina de nopal», que era la cortina que en el arte separaba a Méjico del mundo, aunque sólo un hombre de reto podía derribarla. Ese hombre de reto fue José Luis Cuevas, que en su combate contra los muralistas del régimen marchó a Nueva York para hacer mayor ruidajero con la trompeta: «Una pequeña acuarela de Paul Klee tiene mayor importancia estética que todos los metros cuadrados que haya pintado Diego Rivera.» En Lima, por semejante motivo, fue desafiado a un duelo de pistola. Al año, sobrevivió a un accidente aéreo, aunque su nombre apareció en la lista de los muertos. Más accidentes: de motocicleta en Méjico, de automóvil en Italia. En 1967, su amigo Carlos Monsiváis dijo de él: «Cuevas es un ciudadano del año 2000, cuando cada uno de los mejicanos se hará su propia publicidad.» Tres años después, Cuevas decidió postularse como candidato independiente a diputado por el primer distrito de la ciudad de Méjico, que incluía a la Zona Rosa, y el barrio fue empapelado con la foto de Cuevas haciendo la «V» de la victoria, pero fue derrotado por el candidato oficialista, que era un locutor que anunciaba desodorantes y muebles por TV. «Gigantismo», ya ven, había sido durante décadas el término empleado para denigrar al muralismo, y en 1992, en el patio central del museo que en Méjico lleva su nombre, Cuevas logró colocar «La giganta», una escultura de ocho toneladas de peso y ocho metros de altura.

Un rostro y un corazón es, para los nahuas, cuanto hace falta para definir la personalidad, y para los mejicanos todo hombre puede ser leyenda, porque profesan el culto de la personalidad. ¿Pues qué significa, si no, el famoso cuento de Benito Juárez, quien, habiendo perdido una oveja, huyó de su casa y se convirtió en presidente de la República? En Méjico, el país más español del mundo, no creen tanto en el liberalismo como en Juárez; no tanto en el orden como en Porfirio Díaz; no tanto en la reforma agraria como en Zapata; no tanto en la democracia como en Fox.

El Indio decía que todo hombre que tiene un caballo es un ser superior, y la verdad es que en la Europa del corbatín ha llamado la atención la charrería de Vicente Fox, con sus botas y su caballo —esa foto en que el cuaco como que agarra un paso suavecito, tal que anunciando al mundo la ola «fex-mex» que se nos echa encima: al Sur, Fox, procedente de Guanajuato, y al Norte, procedente de Texas, Bush. Pero la propaganda insiste en presentar a Fox como al hombre destinado a hacer en la política lo que Cuevas hizo en el arte: derribar la cortina de nopal que separa a la democracia mejicana de la democracia.


Indio Fernández

El Indio decía que todo hombre que tiene un caballo es un ser superior, y la verdad es que en la Europa del corbatín ha llamado la atención la charrería de Vicente Fox, con sus botas y su caballo —esa foto en que el cuaco como que agarra un paso suavecito, tal que anunciando al mundo la ola «fex-mex» que se nos echa encima