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martes, 3 de enero de 2017

Navidad

Campanas, las de mi pueblo...

De como se baila la jota hacia atrás

Francisco Javier Gómez Izquierdo

         Uno ha sido joven en la Demanda, y por Navidad, a veces amurallado por la nieve, he disfrutado de niño, de adolescente, de quinto y de novio. De casado, la verdad sea dicha, he ido menos, y en los últimos años las obligaciones aceituneras de mi doña me han sujetado en los Montes de Toledo.

   El desparrame local empezaba en Nochebuena con mi gran familia. Crecimos juntos seis hermanos y un batallón de primos. El día de Nacimiento era para nuestras madres un día de precepto principal y nos ponían un jersey y un pantalón nuevo para ir decentes a misa. Tendría yo unos trece años cuando causé sensación con un abrigo de cheviot que me hizo mi madre. Por la noche ya teníamos baile porque el patrón de Castrillo es San Esteban protomártir -¡que viva San Esteban!-  y recibíamos el 26 con extraordinaria cohetería y copitas de sol y sombra -“a mí con más sombra que sol”- que ofrecían (y ofrecí) los llamados a la mili por las puertas de las casas a cambio de unos duros con los que comer, beber y pagar el baile del día de los Inocentes. El día de San Esteban, junto a mi primo Agustín, bailaba un servidor una jota infinita en la procesión del Santo mirándole a la cara y avanzando de espaldas con el ritmo de la dulzaina cercana, pero en realidad excitados por el glorioso y atronador repique de campanas volteadas por esos aficionados ilustres que son mis paisanos. El 27 de diciembre, para los de mi pueblo, es San Estebita, un día como el anterior, pero sin tanta euforia y con menos ganas de comer. En el día de los Inocentes las chicas sacaban a bailar a los chicos y como se me daban bien los pasodobles me hartaba de bailar y en alguna ocasión hasta ligué y todo con alguna forastera de los pinares.

    Mejor me paro, porque no quiero seguir añorando cual abuelo Cebolleta. Lo que quiero contarles a ustedes es que a la vuelta a Córdoba, después de celebrar la Navidad al modo tradicional y como mandan las ordenanzas de las buenas costumbres, me encuentro con el mensaje de Navidad de la señora Ambrosio, alcaldesa como saben de la ciudad en la que me gano las lentejas. La mujer, o su asesor cultural, ha cogido un libro de citas y Séneca mediante ha puesto en la portada del crisma -mejor tarjeta-: “Desde todas partes hay la misma distancia a las estrellas”.  Frase notable con cierto perfume oriental que seguro hizo las delicias de Nerón y aún tiene calculando a los astrofísicos de Cabo Cañaveral. A mi alcaldesa tanta profundidad -o lejanía- la tiene emocionada. El trance místico lo arregla la señora Ambrosio con el arrebato cursilón que de continuo la domina y a la vuelta del tarjetón pone de su cosecha (supongo): “Hagamos que los planes y buenos propósitos que brotan con cada año nuevo se conviertan en Córdoba, en un evento cotidiano durante 2017.”
    
 ¡¡Eventos!! Lo que discurren algunos ¡y algunas! para parecer importantes y políticamente correctos. ¡Me callo la que tiene preparada para la cabalgata de la tarde del día 5! Creo que hubo un asesor que propuso tirar condones al populacho. A mí, que soy muy de celebrar la Navidad porque me trajeron los Reyes un 6 de enero, esta señora no me parecerá nunca correcta. Es más, y sin ánimo de injuriar, me parece una alcaldesa indeseable por el desprecio manifiesto a la infancia, adolescencia, madurez y senectud de sus ciudadanos. ¡No hay más que ver la Navidad de su ciudad!