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miércoles, 25 de enero de 2017

Agnus Dei Qui Tollis... Epílogo Ético

Nietzsche (1844-1900)

Jean Palette-Cazajus

El 3 de enero de 1889, en una calle de Turín, Friedrich Nietzsche se encontró con un carruaje cuyo caballo era violentamente azotado por el cochero. El filósofo se precipitó hacia el jamelgo y se abrazó, sollozando, a su cuello sin dejar que nadie se acercara a él. A los dos o tres días de protagonizar tan extraño episodio, Nietzsche iba a entrar en el túnel de una locura de la que no volvería a salir hasta su muerte. Un año antes había terminado de redactar “El Anticristo”, que casi empieza con una frase de ésas que alteran notablemente las neuronas: “Los débiles y los fracasados deben perecer; ésta es la primera proposición de nuestro amor a los hombres. Y hay que ayudarlos a perecer”. Los posteriores desastres de la historia no ayudaron a interpretar sin sesgos ni excesivo calentamiento de sesos las intenciones de un pensador que no pretendía exterminar a nadie sino solamente mostrar “cómo se filosofa a martillazos”.

La anécdota referida y la frase citada, productos de una misma persona, delimitan idealmente el marco de la aporía con que tenemos que bregar hoy. Las identidades, dijimos, existen pero siempre fluidas, indecisas y en constantes redefiniciones recíprocas. Nosotros hemos intentado ir colocando unos cuantos jalones que nos permitieran delimitar someramente el espacio de valores donde palpita todavía la cultura europea. Porque algo suyo palpita todavía, desde la culpabilidad exhibicionista, desde la pulsión autoinmune, desde su terminal arrogancia de bellísima diva avejentada, donde el exhibicionismo moral es una manifestación de la tentación nihilista. Al mismo tiempo, desde fuera, el “viejo continente” es objeto del sentimiento más tóxico jamás engendrado por la historia, una global e irrefrenable mezcla de deseo, codicia, odio y resentimiento. Algo así como el espíritu de la violación.

Valle de la Roya

En varios momentos la cultura occidental ha sido fuerza implacable y arrogancia arrolladora. Pero, básicamente, se sintió incertidumbre, ansiedad, pregunta y duda. De todo esto hemos venido hablando con aparente gelidez y ataraxia moral. La durísima frase de Nietzsche no fue en ningún momento nuestra estrella de los pastores. En cambio es cierto que siempre tuvimos presente el recuerdo del odio implacable que el autor de “Humano, demasiado humano” sentía hacia todo lo que oliera a compasión. Precisamente en un momento histórico en que la compasión –ella, o cualquiera de sus productos derivados– parece ser la categoría moral más requerida de las conciencias europeas.

Tratemos de recordar qué es compasión. Si digo que es algo como el sentimiento de amor despertado en nosotros por la conciencia o la percepción del sufrimiento ajeno, será una definición plausible. Hay muchas más. Parecido contenido semántico arrastran palabras como “piedad”, “misericordia”,  “conmiseración”, o la ambigua “lástima”, pertenecientes, diríamos, al arsenal de la vieja axiología. Modernamente se usa y abusa de una palabra comodín, “solidaridad”, que vale para un roto y un descosido. Más recientemente se está imponiendo la referencia a la cultura anglosajona del “care”, del “cuidado” como se viene traduciendo en español. Creo que en ambos casos el matiz consiste básicamente en una “laicización” del contenido. Lao Tse hizo de ella uno de los fundamentos del Tao, del “camino”, pero la compasión es un sentimiento que Aristóteles consideraba puro egoísmo. Los estoicos la aborrecían, y el cristianismo la situó en el fundamento de la construcción moral. Por esto mismo la odiaba Nietzsche. Siempre me llamó la atención que el español use una sola palabra, “piedad”, donde el francés diferencia dos, “piété” y “pitié”, para privilegiar, respectivamente, la dimensión religiosa y la de conmiseración.

Baruch - Benito Spinoza (1632-1677)

Los migrantes que parten del “campo base” de Lampedusa, recorren toda la caña de la bota italiana para acceder a los países del arco alpino. Los que optan por Francia, tratan de colarse por el pequeño valle de la Roya, entre montaña y Mediterráneo. Los medios franceses han dedicado últimamente cierta atención a un agricultor “alternativo” de dicho valle, sistemáticamente procesado por ayudar a los clandestinos a pasar a Francia, acogiéndolos provisionalmente en su granja. Aparentemente, tenemos aquí un caso “de escuela” del puro ejercicio de la compasión. Leemos con bastante regularidad noticias por el estilo. Son, de todas formas, híper minoritarias referidas al conjunto de las poblaciones. De modo que deberíamos pensar que la inmensa mayoría de los ciudadanos europeos la constituye una caterva envilecida por el egoísmo más brutal. A menos que las cosas sean más complejas. El personaje que nos ocupa es un activista político “radical”. Como todo prosélito, aprovechó sus minutos de gloria mediática para predicar. En este caso declarar que sus iniciativas sólo pretendían estigmatizar la “dimisión” y la “inhumanidad” del Estado. Cuando la compasión es militante, cabe afirmar que la pasión militante cabalga a lomos del amor al prójimo. Más poderosa que la compasión es entonces su instrumentación ideológica contra los “malos”, la discreta sensación de superioridad sobre los beneficiados y la grata convicción de pertenecer a la minoría de los “perfectos”,  como la definían los cátaros.

Muchos de los militantes favorables a que Europa se abra sin límites a sus incontables pretendientes, pertenecen a una configuración ideológica que hemos venido examinando con cierta atención. La de quienes creen de alguna manera que los valores europeos necesitan el maremoto migratorio para justificar su existencia y su funcionalidad. La de quienes aceptan, desean, la disolución de Europa en el seno del  “Grand Remplacement”, la “gran sustitución” demográfica, profetizada por el escritor Renaud Camus, en tanto que encarnación última de lo que antes pregonábamos como universalidad y veneramos ahora como el becerro de oro de las “alteridades”. Sempiterna obsesión por la expiación de las faltas, sempiterna ansia de redención final donde Nietzsche hubiese rastreado una vez más los estragos del Cristianismo. No olvidemos en la actual pulsión compasional el peso determinante del componente sadomasoquista. Para los mesianismos políticos el individuo no es nunca una finalidad “per se” como lo exigiría la definición misma de la compasión, sino el instrumento usado para la promoción de un hipotético “Bien” ideológico. “Allí donde se levanta el alba del Bien perecen niños y ancianos, corre la sangre”, escribía el gran escritor soviético Vassili Grossman.

 Lao Tse (Siglo VI o IV a.C.)

Como se dice vulgarmente, la mayoría de estos militantes “no se enteran”. Su habitual inopia intelectual les hace pensar que la verdad existe, que es suya y que es muy simple. Suelen ser alérgicos a la complejidad de los problemas. Son particularmente incapaces de proyectar su pensamiento hacia la globalidad y sus consecuencias. Es decir que su pretendido afán moral, por personal, miope e inmediato, prescinde totalmente de toda perspectiva del porvenir colectivo. Pero sería injusto negar que también existen personas perfectamente lúcidas y conscientes de la situación que consideran prioritario, imperativo, inaplazable el deber de compasión. Y ello al margen de todo determinismo o  telón de fondo ideológico. Ellas constituyen claramente el punto ciego de nuestra aporía moral. 
Para Spinoza la compasión es irracional: “… no podemos hacer por el dictamen de la razón más que lo que sabemos que es bueno; y así, la conmiseración, en el hombre que vive bajo la guía de la razón, es por sí mala e inútil”. Y por parecidas razones lo es también para Kant, porque pertenece al dominio subalterno de lo sensible cuando toda moral debe apoyarse en el principio de razón suficiente impulsado por la voluntad. Rousseau vuelve a colocarla al centro de la conciencia moral. Pero Schopenhauer es quien extrema la elaboración discursiva  de lo que considera uno de los dos “misterios” fundamentales de la ética humana con el de la voluntad. A lo que Nietzsche, por más que lector, deudor y admirador  de “El mundo como voluntad y representación” replica: “… con la compasión, la vida es negada y se hace más digna de ser negada; la compasión es la práctica del nihilismo”. Característica de la conciencia europea es esta contradicción fundamental. Y pueril cualquier hegeliano intento de “superarla” dialécticamente.

Hagamos un breve receso panorámico; creo que de cierta utilidad. La esclavitud fue abolida en 1968 en la Arabia Saudita. Sólo lo fue en 1980, en Mauritania, donde todavía la padecen bastantes “haratines”, descendientes de los esclavos históricos. Subsiste y rebrota en otros muchos países, particularmente Níger, Nigeria, Sudán. Hoy son importantes las migraciones ínter africanas y los problemas que las acompañan. En África del Sur, en Costa de Marfil, en el Chad, en Nigeria, son frecuentes las cacerías de inmigrados y su asesinato. No los salva la mismidad pigmentaria. De paso hacia Europa o asentados, los inmigrantes subsaharianos en los países del Magreb son sistemáticamente discriminados y víctimas de un racismo primario y brutal. En los países del Golfo, los inmigrados, mayoritarios en la población, son sometidos a la “kafala”, un régimen de apadrinamiento situado entre semi y franca esclavitud. En estos países y los del Oriente Medio,  las empleadas de hogar no musulmanas, con frecuencia filipinas, aparte de brutalmente explotadas, son habitualmente forzadas a aliviar las últimas turgencias del abuelo y las primeras de los adolescentes. Resumiendo: ha bastado que las migraciones se extiendan al mundo no occidental para que vayan adoptando aspectos infinitamente más brutales y regresivos.


Arthur Schopenhauer. Daguerrotipo hacia 1860 

No sé si el “saqueo de las riquezas del Tercer Mundo” contará por más del 2% en el nivel de vida europeo. Europa ha manifestado durante siglos una insaciable voluntad de acumulación del saber experimental, teórico, científico, técnico y práctico. Cualesquiera que sean sus insuficiencias, sus lacras y sus contradicciones, la actual prosperidad europea es producto de sus especificidades como las otras situaciones, comparativamente desfavorables, lo son de las especificidades ajenas. El politólogo Marcel Gauchet recordaba recientemente la ausencia escandalosa de toda consulta democrática, desde un principio, sobre el tema migratorio. Al revés, lo hemos interiorizado como una condena y un deber. 

La presión migratoria es enorme. Hemos avisado sobre el próximo horizonte demográfico. Hemos visto que la ola del tsunami ya está en su momento formativo. Hemos hablado del carácter eminentemente comunitario de estos movimientos, de su indiferencia a las fronteras y  a la opinión de los ciudadanos afectados. El concepto de compasión es individual y pierde toda pertinencia aplicado a las multitudes. Pretender que sintamos compasión por masas anónimas cuyas motivaciones son además altamente opinables es una forma deliberada de escarnio; una provocación. La compasión es aquí un concepto inapropiado e incluso indecoroso. Nada tiene que ver con la realidad de las cosas. Sólo haría una excepción con el drama sirio. Los sirios son prácticamente los únicos en venir forzados por una tremenda realidad. La experiencia parece acreditarles una digna civilidad. Por otra parte, la actitud europea ha sido particularmente cobarde e irresponsable frente a su tragedia.

Valla de Melilla

Hemos zanjado el problema. Tal vez un poco pronto. Como Descartes, sabemos que tendremos que resistir las tarascadas del genio maligno. En este caso el genio maligno nos susurra que las masas anónimas están compuestas de individuos y que cada uno de estos individuos, una vez conocido por nosotros, se haría acreedor a nuestra solicitud. Tal desafío es el ejemplo de la trampa saducea, de la aporía evangélica que presta arteramente a la deficiencia humana la omnisciencia de la divinidad. Porque es fácilmente concebible. Pero fundamentalmente inalcanzable para cualquier experiencia humana. En cambio la experiencia humana concibe con toda claridad que la suma potencial de tanta solicitud individual significa automáticamente la disolución de toda sociedad que lo intentara. Las actuaciones como la relatada al principio de nuestro trabajo son inspiradas por el genio maligno. Para las artimañas ideológicas de sus autores se trata de imponer el sofisma según el cual lo que ellos hacen individualmente, el estado puede, debe hacerlo con todos. La realidad es exactamente inversa. Sólo porque casi nadie lo hace, pueden permitirse actos cuyo valor no resulta así ejemplar, sino solo paradójico.

No caigamos en la trampa de la compasión. Dentro de la trampa, la compasión es el queso y nosotros somos el ratón. Seamos alertas frente a la moral que dice: “Tú debes”. ´Tal moral siempre termina derivando hacia lo kantiano, el deber abstracto, el imperio puritano del deber. En cambio la ética nos dice “Tú eres”, nos impone el sagrado respeto de nuestra existencia, nos exhorta a perseverar en nuestro ser para mantener abierta, palpitante, la posibilidad de ser, alguna vez, morales.

Ética y moral