Follow by Email

lunes, 16 de enero de 2017

Baraca al 41

Al loro

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Mientras Raúl González, el chico que vino del frío (es decir, del Manzanares), confiesa en Nueva York (“El mascarón. ¡Mirad el mascarón! / ¡Cómo escupe veneno de bosque / por la angustia imperfecta de Nueva York!”) lo mucho que disfruta con los goles de Messi para el Barcelona, el Madrid se lo juega todo (¡caballos y vecinos!) al 41 del récord de Zidane en Sevilla contra Monchi y Sampaoli.

    Al 41 y en el 93, que es el minto de la baraca.

    –Zidane sólo es un dique de prestigio para el presidente. Zidane tiene una trayectoria sospechosa como entrenador. ¿Qué cualidad define a Zidane?
    
Lo dijo el confesor de Bielsa, que es como la Pardo Bazán del periodismo obispal: también había dicho que Gago sería el nuevo Guardiola, y al pobre Calderón le faltó tiempo para salir de su oficina gritando que con Gago le había tocado al Madrid la lotería, al modo en que San Juan de la Cruz salió de su celda una Nochebuena cantando, con el Niño en brazos: “Si amores me han de matar / ¡agora tienen lugar...!”

    El espectáculo que el periodismo obispal anda ofreciendo con Obama y Trump es un “déjà vu”, a lo bestia, del que aquí ya nos dio con Guardiola y Mourinho, cuando te podían decir “fascista” por reconocer la potencia goleadora del contrataque Özil-Di María-Cristiano. Eso también te lo decían este verano gentes de alto copete, si en una cena ponías cara de Peter Sellers en “El guateque” y comentabas que a ti te deba en la nariz que iba a ganar Trump, pues los obispos de la cosa habían establecido ya que eso era imposible, y punto.

    En el fútbol no hay más genio que Guardiola, y fascista quien diga que Mourinho o perturbado quien diga que Zidane, a quienes, llegado el caso, Putin podría estar haciéndoles las alineaciones.
    
Zidane debe de ser el entrenador predilecto de los niños: detrás de él, en vez de números, sistemas o fenomenologías, sólo hay (lo que se ve) magia, la gracias de la flor o la señal de la baraca.

    Los piperos tuercen el gesto, si oyen hablar de la suerte de Zidane: lo toman como un desaire. No valoran el misterio de la suerte. En el fútbol moderno, la suerte es presentada como un elemento residual en un campo, que es una pizarra, de conocimiento. A lo sumo, para reducir lo inexplicable, los expertos más extravagantes llegan a sustituir la ley de causalidad por la ley de probabilidad, que tiene en cuenta el azar y que especifica el grado de incertidumbre en la previsión. Pero todo esto no da para explicar a Zidane.
    
Zidane parece investido de baraca, una bendición divina que “recae” sobre ciertos hombres y les da la fuerza, el poder que les permite hacer milagros y prodigios.

    Zidane nunca tendrá que preguntarse “¿Pur qué Ovrebo, De Bleekere, Busacca, Stark...? ¿Pur qué?” Sabe que el éxito completo sólo es posible por esa chispa divina que existe en el “sheriff” de la “baraca”. Zidane, pues, no es un entrenador bajo sospecha. Zidane es un entrenador con baraca. Los demás entrenadores lo saben, y por eso, cundo han de jugar contra él, para evitarlo, hacen cosas tan raras como Thomas Muller, que para evitar las preguntas de la prensa se lleva el pasaporte a la oreja y hace como que habla por el móvil. Y luego nos da la risa que un juez retire el pasaporte a un Pujol.



LA VERDAD DE “THE BEST”

    En realidad “The Best” sólo hubo uno, y es aquél que dijo: “Tenía una casa cerca del mar, pero para ir a la playa había que pasar por delante de un bar. Nunca me bañé”. Era extremo izquierdo del Manchester United. “The Best”, ahora, es un premio de la Fifa de Infantino para distinguir al mejor futbolista del año, o sea, Cristiano Ronaldo, porque ganó un título con su selección, la asignatura pendiente de Messi, con bastante mejor equipo que el portugués. ¿Messi o Cristiano? Para mí, Cristiano. Como ocurre con Ponce en los toros, Cristiano hubiera sido figura (no sé si la primera) en cualquier época del fútbol, en tanto que Messi sólo ha podido serlo en ésta, cuando una sociedad bizcochosa se sienta a comer pipas mientras el jugador, en un campo videovigilado, da rienda suelta a sus habilidades sin oposición.