jueves, 9 de agosto de 2018

Pesimismo


Wincenty Lutosławski, estudioso del pesimismo español


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Lo malo del pesimismo español es que se cumple.

    –Lo que no se puede es dar lugar a que el pesimismo se adueñe de la raza –decía Lerroux veinte años después del 98, aquel hito.

    Pero el 98 seguía ahí, con sus literatos cenizos en Madrid y con Lord Salisbury y su Discurso de las Naciones Moribundas (“Podemos dividir las naciones del mundo, grosso modo, en vivas y moribundas”), entre las cuales nos incluía, en Londres, si bien el pobre Lerroux pensaba que se refería a “la España oficial”, o sea, a la Monarquía, y pedía “una mano de hierro”… republicana.
    
De Polonia vino entonces Wincenty Lutosławski, un apóstol platónico de la abstinencia, a estudiar el pesimismo de nuestra literatura, y amigó con el poeta de las doloras, Campoamor, quien le presentó a su dolora predilecta, Sofía Casanova, rubia de ojos verdes, corresponsal de ABC en la Revolución rusa, y se casaron.
    
Después de casarse conmigo, me dijo que lo había hecho porque le habían predicho que el hombre que libertase a Polonia tenía que nacer de madre española –confesó Sofía Casanova al Caballero Audaz.
    
Mas los grandes del moderno pesimismo español son José Martí, “el amigo personal de Fidel Castro” (Vanessa Redgrave), y Simón Bolívar, cuya memoria usurpa el hamponato venezolano, donde nuestros Sánchez y Zapatero ejercen de pluviales del autobusero, esos pajaritos carroñeros que limpian los dientes del cocodrilo.

    –La incapacidad de gobernarnos –dijo Martí– está en los que quieren regir pueblos originales con leyes de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos: con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro de un llanero.
    
Antes, dejó escrito Bolívar:

    –América es ingobernable para nosotros. Quien sirve una revolución ara en el mar. Lo único que se puede hacer aquí es emigrar. La Gran Colombia caerá en manos de tiranuelos de todos los colores. Devorados por todos los crímenes, los europeos no se dignarán conquistarnos.
    
Si la juventud supiera, si la vejez pudiera.