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miércoles, 29 de junio de 2016

Cameron




Ignacio Ruiz Quintano
Abc

La respuesta del estatalismo socialdemócrata continental al antiestatalismo inglés del “Brexit” es tan deprimente como sus líderes, frau Merkel, con su cara de haber estado llorando toda la tarde, y ese gallo Claudio sin público que es Hollande.
En España, desde luego, ha dolido mucho el “Brexit”. Aquí lo dimos todo (nuestra economía entera) para que Felipe González tuviera su carné de socio de la Unión Europea, que entonces era tan “chic” como tener cartilla en Ibercorp o mesa en el Cielo de Pachá, y ahora van los ingleses, levantan su meñique, apuran su dry martini y se abren.

La reacción de nuestras élites culturales ha sido calarse la boina y, al grito de “Festung Europa!”, que les suena de la División Azul, montarle al primer ministro inglés la escena de las collejas en “Aterriza como puedas”, pues no se puede convocar un referéndum y perderlo. Somos el país de Franco, que ganó los suyos (aunque Pemán afeó a Fraga que los hinchara); de Suárez, que también los ganó (aunque el de Andalucía se perdiera en Almería, ¿y qué?); o de González, que ganó el de la cuadratura del círculo otanista, con Krahe cantando “Cuervo ingenuo” bajo la ventana de La Moncloa. Somos el país que acepta que la nación, asunto de naturaleza indecidible, se pueda romper a mano alzada (“siempre que votemos todos”, matizan los merluzos), mientras reprocha a Cameron dos referéndum sobre asuntos de naturaleza perfectamente decidible: el de la Unión Europea, con su burocracia vampiresca, y el de Escocia, reino de dinastía católica libremente unido a Inglaterra (con lo que libremente puede separarse), mezclándolo con el gamberrismo sedicioso de Cataluña, como acaba de hacer, de balde, Bergoglio, con esa cosa de párroco enredador que lo adorna. Si el Papa no sabe distinguir Cataluña de Escocia, ¿cómo vamos a esperar que distinga “homoousios” de “homoiousios”?

Así se explica que la única voz, hoy, de la Iglesia en España sea la Monja Jartible de Antonio Burgos.