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lunes, 27 de junio de 2016

El centro del dónut

Gusiluz en la noche electoral


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

La sociedad española está políticamente más vista que el TBO, con lo cual no era difícil prever los efectos en ella del susto del “Brexit”, un referéndum, por cierto, que ha dejado en taparrabos a la cultura democrática del “mainstream” mediático.

El “Brexit”, decíamos ayer, pondría un piso a Rajoy y un apartamento a Snchz, que llevaba camino de perder también las consonantes, dejando para Rivera la “Ruperta” de Chicho Ibáñez Serrador, y para la redada de partidos de Pablemos, un manojillo de diputados que puedan servirle para colocar de ministro de Defensa a Rodríguez, un Casio con barba y pinta de sargento de cocina.
La “Ruperta” es el premio para la apoteosis de una calabaza, el centrismo de Ciudadanos, que se ha quedado, a pesar del efecto Felisuco en La Montaña, con el centro del dónut partidocrático. Rivera se presentó en Madrid hace cosa de un año, y su única cita de autoridad fue Sabina. Luego, su estrategia se centró en bailarle con los ojos como Marujita Díaz al póster de Suárez, personaje político con más caras que el gotelé de Bélmez, ignorando dos cosas gordas: una, que la sociedad española vive de la memoria de pez y no sabe quién fue Suárez; y la otra, que Suárez formó un partido ganador desde el poder (todo gobierno está en el centro), y cuando se le acabó el poder, se le acabó el partido. 

Está el nombre, Ciudadanos, montado sobre un mito rusoniano falso: el “citoyen”  recién salido de la ducha no existe. Y su socialdemocracia de viajante de comercio (café sin cafeína, cerveza sin alcohol, leche sin lactosa y democracia sin representación) la ofrecen a su derecha y a su izquierda partidos de marca mayor. Su irrelevancia en el tétrix del sistema arrastra a España a elecciones, las terceras, en Navidad, cena que tengo apostada desde las primeras.