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sábado, 4 de junio de 2016

Vigesimoquinta de mi Feria. Entre el "Belador" de Victorino Martín Andrés y el "Cobradiezmos" de Victorino Martín García



Derrote victorino


José Ramón Márquez

Ya la penúltima, que ya pesa la Feria. Hoy lleno de los de “No hay billetes” en Madrid y yo con dos tendidos que me ha regalado un señor, y como me da vergüenza intentar venderlos, que tampoco anda uno tan necesitado de los sesenta pavos, y como no tengo ninguna gana de irme al 1, por donde el Palco de las Trolas, no se me vaya a pegar algo, me subo a la andanada, que es el lugar al que uno pertenece.

Por la mañana inauguraron un azulejo que le pusieron a Victorino en la Puerta Grande, que ya se ve cómo continúa inexorable el alicatado minucioso de Las Ventas, y por la tarde se dio la corrida de Victorino. Miel sobre hojuelas. Para dar fin de ella, Uceda Leal, Miguel Abellán y Manuel Jesús “El Cid”. Habrá muchos que sobre lo del azulejo ya habrán pensado en tunearlo, porque intercalando una “a” en el nombre de Victorino, dando cuatro pinceladas a la foto y un poco de tipex a los pitones del Belador y del Baratero, por poco dinero, se la puede dedicar a Victoriano, que es el que al decir de la mansa crítica del puchero es el que interesa, porque echa los toros que vienen bien para que mane lo del arte.

La verdad es que uno anda aún en estado de shock con la de Moreno Silva, corridón tremebundo que se va acrecentando día a día; después de los Cuadri bondadosos de ayer, la cosa de Victorino sonaba un poco a tabla de salvación, que es lo que tantas veces ha sido Victorino para nosotros, a lo largo de tantos años. Cuando pone en la Plaza la pezuña Bolsico, número 29, un serio cárdeno, se le mira con satisfacción; cuando de un certero y seco derrote es capaz de romper por la mitad una tabla de la barrera junto al burladero del 9 ya se presiente que aquí pueden pasar cosas. El toro es listo, vivo y con ideas, tremenda ecuación. Toma dos puyazos de Diego Ochoa basados en el mismo principio que guía la tarea del carnicero que pica la carne en el Ahorramás, y como el toro empuja, la ocasión de poner en marcha la picadora es aún mayor. El toro se entera, levanta la cabeza, y no es extraño, como respuesta al puyazo trasero que le han dado. Luego en seguida se empieza a quedar con los detalles de lo que ve alrededor, aprendiendo bien. El toro no ha ido nunca a una Plaza y no sabe lo que es eso, pero como es listo en seguida controla el tomate que hay a su alrededor. Cuando ve a un tío vestido de berenjena y azabache con dos palitroques en la mano rematados por un arpón, el toro decide no aceptarle sobre el ruedo no vaya a ser que quiera clavarle esos palos en la espalda, y comienza a hostigarle para que se vaya cuanto antes de la Plaza y de su vista. Cuando ve al otro, al de pizarra e hilo blanco, lo mismo. No importa dónde estén, el toro sólo sabe que no quiere que estén cerca de él en esta o la otra vida. Le clavan los pares o nones entre Carretero y Marcos Ortiz a base de tomar el olivo y dejan al animal a disposición de Uceda Leal que, tras una colada y un desarme, decide poner punto final a su actuación acudiendo a las tablas donde don Enrique W. Garzón, su mozo de estoques, le hace entrega de la espada con la que despenará inmediatamente a Bolsico, que los malos tragos hay que pasarlos cuanto antes.

Hoy debía de haber mucho troglodita en la Plaza, porque el respetable se tomó fatal eso de que Uceda no quisiera ni ver al toro. Vamos, que ni en pintura, ni en fotografía, aunque ésta lleve la firma de Andrew Moore, tenía Uceda interés en hacer nada que no fuera meter el estoque en las interioridades del Victorino. Se organizó una estruendosa silba para el torero y los Ben–Hur de la mula arrastraron con presteza el despojo del animal. Total, no había propina que mendigar. Y ahí se acabó la victorinada, la que esperábamos como agua de mayo, con un toro difícil, listo y con mucho que cavilar en su cara. Grandiosa silba para Uceda, que el año pasado toreó diez y el año que viene va a torear ese número que rima con hinco, si es que llega.

Puede decirse que el único toro que fue el Victorino de verdad, el que uno espera, fue este primero a quien la selecta crítica del Puchero tildará nuevamente de ilidiable y decimonónico y lo mandarán irremisiblemente a la talanquera, como hacen siempre que sale algo que, por lo que sea, se sale del diario latazo, de reponer, agarrarse al piso, soltar la cara y toda esa monserga del demonio que han inventado para aumentar la confusión y no llamar a las cosas por su nombre.

A partir de Bolsico la corrida toma una suave pendiente descendente y los cárdenos de la A y la corona presentan en mayor o menor medida otra cara más amable, los Victorinos del siglo XXI, diríamos. El tercero, Garrochista, número 80, es el que mejor se porta en varas. Juan Bernal agarra un buen puyazo en el primer encuentro y el toro se emplea. Acude al segundo encuentro con viveza, el lanzazo cae trasero y el toro empuja. El resto del encierro no dice gran cosa en varas, acaso el cuarto, que cumple sin estridencias.

A lo que va más orientado el encierro es a la cosa del toreo y ahí tenemos al tercero y al quinto, que han dejado sus embestidas por si a alguien le venía bien aprovecharlas. El tercero cayó en manos de El Cid, que tiene acreditada cum laude su suficiencia con esta ganadería. El de Salteras se saca el toro a los medios y allí arma su faena a base de oficio y de no obstinarse en que ésta crezca por el simple hecho de no irse al sitio donde se torea con la verdad por delante. Sucesión de pases sin alma y sin compromiso, muy en el estilo del neotoreo, es lo que constituye el trasteo de Manuel Cid y ni siquiera su prodigiosa mano izquierda es capaz de sacarnos del carril modernoso y mentiroso. Esto supongo que servirá para acrecentar lo del “bache”, porque a El Cid todo lo que haga se le vuelve bache, que es el precio que ha tenido que pagar por no entrar jamás en ningún grupo empresarial taurino, y por más que siga siendo a día de hoy el torero que mejor y con mayor pureza ha toreado más veces en Las Ventas en lo que llevamos de siglo XXI, la sombra del bache siempre se cierne sobre él.

Al contrario de El Cid, Abellán no ve claro el terreno con el toro y en vez de irse a los espacios abiertos, como el animal requería, prefiere quedarse en las covachuelas del tercio donde el toro se entrega menos, a cambio de que el torero pase menos fatiguitas. Compone Abellán su faena a base de lo de todos los días y no llega a llevar la emoción a los tendidos, faena sin construcción, muy contemporánea en su ausencia de concepto, y hecha de espaldas a las condiciones del toro, que el pobre de Alevín, número 54,  se va al Valle de Josafat sin haber conocido qué es eso del toreo.

Los tres Victorino que restan por reseñar,  el segundo, el cuarto y el sexto son de otra condición: el segundo es más complicado, se entera y demanda una lidia basada más en no dejarse ver, ir tapado en el primero y, desde ahí, tratar de sacarle los muletazos sin que el animal descubra el truco. Abellán lo intenta trastear de la manera contemporánea y el toro se orienta. No es que se dedique a tirarle hachazos al torero, pero una vez descubierta la martingala el bicho no está dispuesto a entrar en ese juego.  El cuarto es un toro con el que seguramente el Uceda de hace diez años hubiese estado dispuesto a presentar otras cartas, pero se le puso muy cuesta arriba empeñarse en el esfuerzo que suponía tratar de medirse con él, y encima la Plaza, rencorosa, no estaba dispuesta a darle ni media oportunidad. El sexto tenía que torear, se le cuela a El Cid en medio de un natural, desarmándole. La faena no llega a tomar vuelo.

El azulejo de la Puerta Grande marca, podíamos decir, el final de una era, la de Victorino Martín Andrés, uno de los mejores ganaderos de la tauromaquia. Ahora la vacada está en manos de Victorino Martín García, que tiene todo el tiempo por delante y toda la Historia por detrás: del camino que elija entre Belador, el indulto de su padre, o Cobradiezmos, el indulto de él mismo, es donde se juega el futuro y el prestigio de su vacada. Deseamos fervientemente que Dios le ilumine en la elección que tome.



 El Cid brinda a Victorino Martín

Banderas de nuestros padres

Programas que se bifurcan

Villatrolas de Arriba

Las piernonas del caballero y los pantalones de la señora

Sol de España

Éstas, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
telas de soledad, mustia franela,
fueron un tiempo la muleta más famosa

El callejón

Paseo

Minuto de silencio (padrenuestro de la nada) por Rodolfo Rodríguez El Pana,
 a quien nadie brindó un toro

El asesor artístico del tiro de mulas

Seña de dos reyes

Seña de dos ases

Seña de métete el pañuelo por donde te quepa

Seña de medias (con antiparras)

Seña de duples (morder la patilla de las antiparras)

Seña de treinta y una

Seña de treinta al punto

 Seña de ciego

Amorós y Tertsch

No hay billetes

El calvario de Carretero

Pirri enterándose

El botijo de Abellán

Las mulas calderonas

De El Cid a Victorino

Pura sangre

El hondero

Hasta el rabo todo es Victorino

El honor de su divisa

The End

Cuando se pone el sol

Lo último de Amorós y lo último de El Cid