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jueves, 9 de junio de 2016

Normandía, 6 de junio de 1944

Lo que quedaba de Caen, un letrero....

Jean Palette-Cazajus

Este pasado lunes, se conmemoraba el 72 aniversario del desembarco de Normandía. Yo opté por publicar unas consideraciones sobre el final de la Feria de San Isidro. Elección sin duda opinable. A toro muy pasado, que se dice, he decidido no obstante volver sobre la efeméride para recordar algunas facetas de tan importante evento más bien silenciadas en las superproducciones hollywoodianas.

El desembarco de Normandía supuso un auténtico martirio para dicha región francesa y su población. Miles de bombarderos descargaron, con pasmosa imprecisión, decenas de miles de toneladas de bombas sobre tan bucólica comarca. Importantes ciudades como Saint Malo, bretona pero próxima a Normandía, Le Havre, Cherburgo, Caen, Rouen, (3.500 muertos, pero ni un solo alemán), quedaron totalmente o en gran parte destruidas. No caben aquí todas las ciudades pequeñas asimismo arrasadas o gravemente mutiladas en un patrimonio monumental de excepcional valía. Para muestra espigaré Vire, Avranches, Falaise, Coutances, Villers-Bocage, Lisieux, Evreux, Saint Lô y sus bellas iglesias góticas, la llamada “capital de las ruinas”…

…14.000 fueron las víctimas civiles durante aquellos días de Junio. Hay razones para pensar que tantas destrucciones no eran estratégicamente necesarias. La de Caen, resultado de la clamorosa impericia de Montgomery, fue particularmente inútil y contraproducente, ya que las ruinas se convirtieron, para los alemanes, en un baluarte casi inexpugnable. Nadie me quitará de la cabeza que los anglosajones pusieron en práctica su conocido adagio según el cual “Francia es demasiado bonita para dejársela a los franceses”…

La imprecisión de los bombardeos era tal que a punto estuvo de hacer fracasar el desembarco. Afortunadamente la superioridad aérea aliada era total. El nuevo caza americano Mustang superaba en número, en velocidad, maniobrabilidad, potencia de fuego y radio de acción a la caza alemana. No era así en el campo de los blindados. Los carros ingleses y americanos eran inferiores a los carros alemanes, sobre todo al famoso Tigre. Al conocido “Sherman” las propias tripulaciones lo apodaban el “Ronson” por la facilidad con que ardía. En Villers-Bocage, el 13 de Junio de 1944, el famoso capitán alemán Michael Wittman destruyó, con su solo Tigre, entre 9 y 30 blindados británicos.

Llaman “bocage” en Normandía un ecosistema particularmente pintoresco, de campos pequeños, setos vivos y arbolados, “chemins creux” o caminos profundos. El bocage normando se convirtió en una trampa inextricable para la progresión aliada y un aliado inesperado para la resistencia germana. Dotados del excelente cañón anticarro de 88, los alemanes paralizaron la progresión aliada e hicieron tiro al plato con los blindados. La sangrienta “Bataille des haies”, batalla de los setos, duró del 13 de Junio al 24 de Julio de 1944, hasta la llamada “Percée”, algo como avance, brecha, de Avranches, que sorprendió a los alemanes por el sur y abrió por fin la ruta de Paris.

Conozco bien la zona. Pasé en Caen un año de mi larga -y voluntaria- estancia en el ejército. Volví en dos ocasiones, la última hace dos años, con amigos madrileños. Volviendo de la famosa Pointe du Hoc, que tuvieron que escalar los Rangers, con su relieve todavía triturado por los recuerdos de la batalla, tras emocionarnos frente a Omaha Beach, hicimos un alto en el cementerio americano de Colleville.

Miles de cruces blancas relucientes se despliegan sobre el verde intenso del césped normando hasta el plácido horizonte del mar. Pulcros memoriales limpios como una patena. Cientos de estudiantes americanos de turismo patriótico. Sensación de veraneo plácido antes que de conmemoración de tantos miles de sacrificados. Atardecía cuando salimos de Colleville y de repente me acordé que, muy cerca, en un pueblo llamado La Cambe, había otro cementerio militar, esta vez alemán.

Anochecía cuando llegamos y ya caía el típico “crachin”, la frecuente y fina lluvia normanda. Mis amigos, cansados y mojados, decidieron esperarme en el edificio de acceso al cementerio. Entré solo y caminé hasta llegar a la pequeña pirámide, más bien un cono tapizado de hierba, que preside el centro de la necrópolis, rematado por recias estatuas de granito wagneriano. Me subí a él mientras oscurecía y caía la lluvia. Solo había silencio. Grandes árboles tutelares goteaban y esparcían sus ramas. En el suelo placas nominativas y cruces prusianas de recio granito rosado. Todo el ambiente rezumaba sombrío romanticismo alemán, atmósfera nibelunga y me pareció sentir, por un momento, el maléfico aleteo de lo que había sido el ave negra del Nazismo.

(Os interesará saber que el citado capitán SS Michael Wittman estaba enterrado en La Cambe. Hace pocos meses, tal vez un coleccionista, tal vez un fetichista neonazi, robó la placa nominativa que marcaba su tumba. La historia es un eterno presente….)

 Cementerio americano de Colleville- sur- Mer

 Cementerio alemán de La Cambe

 Un carro "Cromwell" destruido por Wittman en Villers-Bocage

 Caen, Junio de 1944

Saint Lô, Julio de 1944