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viernes, 3 de junio de 2016

Nunca llegaré a saber lo que es un toro bravo

Jean Palette-Cazajus

Jean Palette-Cazajus

Sólo esta mañana acierto a leer la crónica perpetrada por Zabala de la Serna sobre la Saltillada. Me entero de que fue una “Infumable y montaraz moruchada de talanqueras”.

Era mi intención atreverme a dar cuatro impresiones sobre lo de Moreno Silva, pero decidí, antes de hacerlo, esperar a ver lo que dieran de sí los exquisitos Victoriano del Río de la Beneficencia, calificables como “antípodas” de la supuesta “moruchada”.

Recomiendo absolutamente las reseñas escritas por dos grandes aficionados y amigos, más competentes que yo, la de J. R. Márquez, aquí, y la de Andrés de Miguel, aquí.

Ambas visiones son decididamente inteligentes y complementarias y comparto los dos puntos de vista, ajenos por completo a la visión del toro, llamémosla “productivista”, del Sr Zabala. A propósito de los Saltillo, Márquez evita hablar de toro bravo, habla de toro de lidia. Yo sigo sin saber muy bien qué es el Toro Bravo. Sobre el adjetivo “bravo” dice el DRAE: “Dicho de un animal: fiero o feroz”. ¿Interesante, no?

Una vez, en Roma, en un bareto cerca del Coliseo, oí a un paisano enunciar: “Italiano brava gente/ Mangia molto, non fa niente”. Para los paisanos de Dante ser “brava gente”, ser “bravo” vamos, se dice de quien es un pedazo de pan. O sea que en el sentido del libreto Rossiniano o Pucciniano, la corrida de Victoriano del Río salió ayer “bravíssima” y yo añadiría que “coloratura”.

Resumiendo. El día de los Saltillo no me aburrí un solo segundo. La “moruchada infumable y montaraz” suscitó en mí un tipo de emoción de la que pienso que no puede desaparecer de la tauromaquia sin condenarla a muerte. Sr Zabala, la corrida no fue “antológica”, desde luego, puesto que, más seriamente, fue una corrida literalmente “ontológica”, con una presencia absoluta. La diferencia entre las dos palabras consiste en lo que va de la diversión a lo esencial. La corrida fue también “catártica”, purgativa cual tragedia griega, no tanto por lo que fue, sino por lo que nos reveló sobre lo que sale cada día de chiqueros: degradación y degeneración industriales del toro de lidia e impostura moral.

El tipo de emoción suscitado por los Saltillo, en ningún momento apareció ayer. Y eso que presencié unas verónicas de parar el Big Ben, un remate de chicuelinas apoteósico, una faena de una plasticidad portentosa al servicio de un toreo dignamente curvo e interior, como fue digna la colocación. De “medio sitio” la calificó Javier, el imprescindible “fireman”.

Pero en ningún momento tuve la sensación de que el “bravíssimo” Dalia albergase la más mínima intención de emborronar la bellísima aria italiana interpretada por Manzanares. Disfruté, y mucho, de la belleza, pero en ningún momento me embargó el sentimiento que me levantó del asiento con el prodigioso par de David Adalid.

En los toros, para que brote la verdadera emoción, entre el “intérprete” y el aficionado debe interponerse el muro del riesgo. Un muro siempre presente. Un muro transparente como el aire pero más recio y compacto que la muralla de Ávila. Sin la invisible presencia del muro del riesgo, la mejor faena deja de ser obra y se convierte en ópera.