viernes, 19 de octubre de 2012

Sylvia Kristel


Oti Rodríguez Marchante ha señalado que además y para colmo era culé, cosa que ya sospechamos cuando el Barcelona fichó a Emmanuelle Amunike, que sonaba a Emmannuelle negra o a episodio interracial


Hughes

 Entonces no lo sabíamos, pero las películas de Sylvia Kristel, o mejor, la película, la inmortal y malísima Emmanuelle, con el tiempo no iba a ser erotismo sino simplemente amor. Como cuando vemos algunos de los bodrios de Tinto Brass, en el erotismo setentero, falsamente feminista, nos sorprende la dócil estilización de la mujer y la ordenada voluntad de reducir el donjuanismo masculino. No muchas, sino una mujer; no varias historias, sino un aprendizaje de la carne, de la canne. Sexo en biografía. Luego llegaría la atomización absoluta hasta el mosaico demencial del porno, cada tesela una parafilia. Pero eso… eso era tontería rijosa al servicio de la pareja de siempre y muchos señores, con aperturismo sensual y el peor esteticismo, se compraban un sillón de mimbre y en sus vacaciones en la playa le hacían a la mujer cortarse el pelo y marcarse un Emmanuelle.

En realidad, era una musa ideal y marañónica que se sobreponía con su raro talento y su belleza elegante, potencial y suave a todas los estilismos del director -esa música de tórrida boite que le ponían…-.

Con esa mezcla de exotismo, perversión de estilo y jugueteo de vestuario, de dama aburrida, de colonialismo putañero con mucha perla y mucho mimbre nuestros padres descubrieron el voyeurismo, que fue la nueva frustración en la sed insuperable del sexo.

Yo veía la película sacándola de un cajón propicio, secreto y así, a escondidas y de noche, como un nocturno romántico y trepidante, iba descubriendo en ella las posibilidades del cuerpo. Y la veía en silencio, para no despertar a nadie, de modo que conserva para mí la sagrada estampación del cine mudo.

Emmanuelle era joven, garçon, nada voluptuosa y con ella se jugaba a corromper su inocencia blanca, alabastro y rosa, con un surtido de peripecias que ella acababa dominando. La maravilla de Sylvia, lo que podemos recordar de ella, era la alternancia de la niña/mujer, señora/puta y, sobre todos esos tópicos, una cualidad acariciadora, tierna, a punto de hacerse, pletórica y turbadora, porque ¿dónde se encuentra esa turbación suya que parecía siempre la de la primera caricia?

Sylvia en ese film tenía mucho de rosa abriéndose, de lirio que querían romper y de naturaleza imponiéndose a toda posible civilización. Había algo de desagradable pigmalión en el director, pero ella, dejándose, sabía más e iba más lejos.

Ella era sobre todo el rubor. Rubor vencido.

Murió ayer tras años de cáncer y penurias mil, con una biografía de telefilme y la extraña condición de ser una estrella de cine holandesa.

Oti Rodríguez Marchante ha señalado que además y para colmo era culé, cosa que ya sospechamos cuando el Barcelona fichó a Emmanuelle Amunike, que sonaba a Emmannuelle negra o a episodio interracial.

Sylvia fumaba como un carretero Celtas sin boquilla. De hecho, su film también puede ser visto como un memorable homenaje al cigarrillo.

Sufrió, se estrelló en América y le dio a la coca. Fue un estrellón desfigurado y, al final, es la arqueología de nuestro erotismo.

En La Gaceta