viernes, 19 de octubre de 2012

Restaurador de almas

Jorge Bustos (Colección Look de Té)

Jorge Bustos

Nació en 1912 en Hungría y descubrió que tenía una mirada distinta a la de los demás con la que podía ganarse la vida. Pero para no ganarse la muerte tuvo que huir de unos señores que se instalaron en Centroeuropa con su fuerte acento y su extremada suspicacia hacia la raza de Abraham. En Londres le enchufó su amigo Korda –de quien pudo absorber la técnica del disparo iconizador que tan pingüe propaganda brindó al Che–, y empezó a triunfar a golpe fulminante de magnesio con su cañoncito pum de marca Nikon. Y como el propio Puskas, llegó a Madrid y allí se enamoró y se quedó para los restos, lo cual resulta difícil de compatibilizar con la historiografía gibsoniana sobre el páramo cultural que quiere a todo artista de la época escupiendo pedazos de suela bajo la granítica bota del franquismo. Pero en fin, uno no es Almu Grandes para dilucidar estos asuntos con competencia.

Se llamaba Juan Geynes y en la historia de la fotografía del siglo XX se sienta de pleno derecho a la derecha de los Cartier-Bresson y los Robert Capa, que también era húngaro. Ahora la Biblioteca Nacional recupera algunos de sus trabajos más asombrosos y delicados en una muestra que encierra el retrato de Dorian Gray de aquella España sólo que a la viceversa: si en las calles dominaba el fondo gris, en su estudio todo hombre y toda mujer cobraba quizá más vida de la que merecía. Que para eso se paga uno un buen fotógrafo: no para reflejar la cruda realidad sino para tergiversarla a mayor gloria de una acción o unas facciones.

Seguir leyendo: Click