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domingo, 14 de febrero de 2010

LA PURITITA ESPAÑA CAÑÍ


José Ramón Márquez

I

Un buen día, hace algo menos de un año, me encargué de hacer una reserva en un restaurante para almorzar un grupo de personas. Estaba pensando en un lugar más o menos equidistante de nuestros respectivos trabajos y de pronto me acordé de Támara en la madrileña Avenida de América. Había ido por allí dos o tres veces cuando lo abrieron y no guardaba mal recuerdo del sitio, especialmente de un suave escabeche que hacían. Llamé para hacer la reserva y la señora que me atendió me preguntó si querríamos tortilla. Respondí que si.

El día convenido nos presentamos puntualmente los comensales en el restaurante. Una señora, acaso la que me preguntó lo de la tortilla, nos tomó la comanda y nos sugirió las clásicas propuestas fuera de carta. Pedimos el alimento y el vino y nos solazamos con la conversación.
Cuando trajeron la cuenta el susto fue morrocotudo. Lamento no haber guardado la factura, como hago a menudo, para que quedase la prueba del palo de guante blanco que sufrimos en la cueva de Támara, como si fuese la Cueva de Luis Candelas. Habíamos pedido cosas normales: recuerdo unas habitas baby, de bote, con jamón, más platos de carne que de pescado, la inefable tortilla... Recuerdo que la tortilla, de esas que dejan el huevo crudo por dentro, tenía un precio más propio de haberla hecho cascando huevos de esturión que de gallina. Algunos no tomamos postre, después pedimos una copa. Recuerdo también nuestras miradas cuando echamos las cuentas. ¡Casi seiscientos euros!¡Tocamos a setenta y cinco! ¿Dónde nos has traído?, dijo alucinado el encargado de hacer la sacrosanta división. ¿¡Setenta y cinco!? exclamamos atónitos. ¿Pero qué hemos tomado? Llamamos a la señora de la comanda a verificar que no había error en la cuenta. Efectivamente, no había error. El sartenazo era concienzudo, y sin estrella Michelín de por medio, con un par. Los de Támara habían abandonado Palencia para establecerse en Madrid, en Eldorado, la tierra donde mana leche y miel de los bolsillos de los panolis. Juramos no volver allí jamás.

II

El otro día leí en Periodista Digital que la famélica legión también almorzaba en Támara. La cúpula de la UGT con su jefe al frente, dieciocho parias de la tierra hartos de la opresión, habían decidido pasarse a disfrutar de las delicias que el dinero procura y se habían estado regalando el hocico en el restaurante más caro de la zona en la que está su sede. Podían haber ido, justo al ladito de la sede, a Oro Graso, local proletario y con menú del día. Podían haber ido al chino que hace esquina con Cartagena, el Tai Wan, que lleva ahí más de treinta años. Podían haber ido a Casa Jorge, que prepara calçots y te da un babero para no mancharte; o enfrente, al Bar Jesús, cervecería, o al Patatín Company en la esquina. Podían haber ido a una decena de sitios alrededor de su sede o Casa del Pueblo Pero Sin el Pueblo, mas, burla burlando, decidieron irse no al mejor de la zona, sino al que mayores palos mete, que de soldado a soldado paga el Estado y que de alguna manera nos tenemos que resarcir de los sinsabores que pasamos para derrocar a Franco y para que no nos linchasen los de la PSV. En las pequeñas cosas se retratan los hombres. Aquí sale perfectamente dibujado el retrato de los tradicionales tragaldabas y logreros carpetovetónicos, puritita España cañí.