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jueves, 18 de febrero de 2010

LAS CINCO FALACIAS DE NUESTRO PERIODISMO

Julio Camba

Jorge Bustos
revistadelibros

Celebramos en 2009 el año de Larra, en memoria del bicentenario de su nacimiento. Probablemente usted no se haya enterado de la efeméride porque Larra no era un cineasta, sino un periodista, y sólo a los cineastas y a otros elementos de su industria asiste en este país una propaganda fácil y nutrida, salida directamente de las instituciones del Estado. Larra, además, no es un producto cultural que convenga promocionar porque, en una sociedad donde la cultura está dirigida, sobran los mejores exponentes de la independencia crítica, cuyo desdichado talante los conduce a denunciar el poder bajo cualquiera de sus formas, y los lleva, por tanto, a la ruina.
Se nos ocurre otro motivo para explicar la cotización a la baja de Larra en nuestro calendario cultural: su difícil ubicación en las estanterías del saber humano. En un momento en que la formación académica ha sido sustituida por la erudición mecánica del taxonomista, leemos a Larra y no sabemos decir si sus artículos son periodismo o son literatura. La distinción es fundamental. He conocido a numerosos periodistas –perfectamente titulados y con cargo en una redacción– que, para rechazar definitivamente el borrador de un artículo que le presenta un voluntarioso plumilla, esgrimen esta constatación con un timbre de triunfo mezclado de desprecio:

-Esto no se publica. ¡Esto es literatura!

Ninguno de los artículos de Larra, por lo tanto, que están indefectiblemente contaminados por los virus de la personalidad y el sentido estético, encontraría quién lo publicase en las redacciones de nuestros periódicos, como no fuera bajo un claro marbete distintivamente maquetado proclamando: «Opinión». Nuestro tiempo reubicaría a Larra como tertuliano, en cumplimiento de la escrupulosa preceptiva de las «ciencias de la información» [sic] hoy vigente, que pretexta para sus fanáticas taxonomías el mantener siempre avisado al lector de que cierto recuadro de palabras contiene subjetividad (y otros no, al parecer).
Por supuesto, una redacción compuesta por cultivados intelectuales y escritores orgullosos sería ingobernable. Un auténtico desastre. No es éste el ideal, ni mucho menos. Pero el peso de la generalidad se inclina hoy sobre el extremo opuesto, sin ninguna duda. La causa, evidentemente, es la degeneración educativa, que se advierte con mudo estupor cuando se descubre el brutal contraste con las grandes plumas del periodismo español del siglo pasado: Julio Camba, Josep Pla, Wenceslao Fernández Flórez, César González-Ruano, Manuel Chaves Nogales.

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Josep Plà


Wenceslao Fernández Flórez


Manuel Chaves Nogales