Hughes
Pura Golosina Deportiva
El Madrid de Arbeloa es una vuelta total al 4-3-3 más claro e identificable (si es que alguna vez se salió de eso). Un 4-3-3 con truco, reforzado con el correr de Mastantuono, que tiene la doble flexión de pensar como un extremo y trabajar como un centrocampista.
El esquema se veía ordenado, nítido como en una mañana clara de invierno. Cada uno en su sitio, todo bien definido. Esto daba orden. El orden sereno ¿será una necesidad futbolística de la persona que se hace mayor?
Disfrutábamos ya del vértigo de tener a Huijsen como primer y último hombre, lo que da una emoción nueva a lo más intrascendente. En un lance se vio que Huijsen quiere instintivamente evitar ese pase fácil de central a central, se nota que siente un natural rechazo ante esa facilidad en la que Asencio se gusta con cierto efectismo.
Como en otros partidos, el Madrid se agarraba a la frescura de Mastantuno. Su pressing es la marcha adicional este año.
Por esa banda se formaba un triángulo muy serio con él, Valverde y Güler.
Pasados unos minutos, Gerard Moreno comenzó a hacer pupa con unas jugadas maravillosas que eran como punteos de guitarrista de grupo bueno de los 80. Era un Johnny Marr sin Morrissey.
Pasaban los minutos y yo contaba intercepciones, cortes o recuperaciones de Huijsen: una, dos, tres, cuatro, cinco... sería interesante ver la estadística.
Como escarnio y rechifla del benitecismo (valga la expresión para los entrenadores doctrinarios fracasados en el Madrid) todos lo intentaban con el exterior.
El Madrid se iba alargando poco a poco como si lo moldease un alfarero, cosa que tenía sentido en el Estadio de la Cerámica, que tanto merece el adjetivo de coqueto.
Es verdad que el Villarreal contestaba al fuego con fuego, al contragolpe con contragolpe y que había que correr de lo lindo.
Güler tuvo una primera buena ocasión entrando en el área por la derecha y a eso de la media hora hubo un despertar de varios: Mbappé apareció y chutó y Bellingham salió de la oscuridad o de lo indistinguible del mediocampo (donde se produce ese fútbol inasignable, inidentificable, casi anónimo) con buenos toques.
El partido era una discusión acalorada, como una obra de teatro con diálogos ingeniosos pero no se llegaba a lo verbenero. En el ir y venir había una seriedad, algo respetable.
Arbeloa pone a Bellingham y Güler de interiores, uno de Kroos y otro de Modric, y vimos alguna coordinación entre ellos; por ejemplo, Güler dirigía desde la base y Bellingham aprovechaba para irse corriendo al área como si le hubieran tirado un frisbi. Sorprendía la solidez defensiva de Güler, picado con Mastantuono en el correr.
Ya había aparecido Vini en una ocasión y al volver del descanso propició, siendo puro extremo, el gol de Mbappé, esta vez de simple oportunismo.
Huijsen seguía el hombre cazando balones con sus piernas largas y Asencio era Asenciabuer con un pase largo que Vinicius controló con el mismísimo escudo. A Huijsen lo que le mata un poco también es que en los planos que le hacen vemos a su madre (que tenía algo inolvidable).
El Villarreal, con el alfa de Parejo y el omega de Gerard, es uno de los lujos de la Liga. Estuvo siempre en el partido, pero Gerard Moreno, que todo lo hizo bien y además hermoso, perdonó miserablemente la ocasión más clara, nacida, eso sí, del balón parado. No vimos tanto a Courtois, no recordamos proezas suyas.
Güler quiere el sitio de ser Modric: correr corrió como un desorejado y en ataque lanzó unos balones largos y medidos al confín de la banda izquierda, diagonales de juego preclaro que recordaban un poco a las de Kroos desde el otro lado.
El Madrid se alargaba pero no llegaba a romperse porque todos corrían. Le “hundían” pero no le doblaban, y entró Brahim y antes Gonzalo, que reforzó con su trabajo lo que de chisgarabís pudiera haber en ese lado derecho.
Estuvimos a punto de la “asenciada”, pero se pasó el peligro y, muy al final, el Madrid se puso panza arriba. Imaginamos a algún padre señalando como a la Osa Mayor: “Mira, hijo, es el bloque bajo”.
En el descanso, y no sin justicia, Mbappé se fabricó el penalti y lo convirtió o lo transformó, palabra muy futbolera y curiosa para el penalti. Lleva 0’9 goles por partido en el Madrid. La media de Puskas.



