Ignacio Ruiz Quintano
Abc
“Spondesne?” (¿prometes?). “Spondeo” (prometo). Es la fórmula de la estipulación romana expuesta por León Duguit acerca del contrato, “un acuerdo sobre un cierto objeto después del contacto de dos voluntades individuales”, que en España y en Año Nuevo son el españolejo y su espejo, depositario de todas las promesas, incluida la de pasar la visa para la guerra de Ucrania (doscientos nuevos “leures” por español, a devolver, le ha prometido Soros a Sánchez, cuando los rusos, que van ganando, paguen las reparaciones de los que van perdiendo, que somos nosotros).
En su “Genealogía de la moral”, Nietzsche define al hombre como el “animal que puede prometer”, y su verdadero problema sería comprender cómo tal animal ha llegado a existir. Para los liberalios Suárez fue un “animal político” porque un día, él, que daba la mano como los de pueblo (levantando el codo como para el meo levantan la pata los perros), se puso solemne para decir “puedo prometer y prometo” en un discurso que le escribió Ónega, que entonces era nietzscheano pardeño.
–Puedo prometer y prometo intentar elaborar una Constitución –dijo el prócer, cita que escaquean los liberalios que ven en la Santa Transición un período de libertad constituyente.
Para los nietzscheanos, la capacidad de prometer supone la pérdida del olvido del pasado natural en los animales, que es la condición para vivir sanamente el presente, como salta a la vista.
–En los términos de Nietzsche –aclara mi psicoanalista–, esa deuda con los antepasados que es la conciencia de culpabilidad y que impide al hombre liberarse del pasado y lo hace capaz de prometer, se forma en la infancia por la identificación de los padres y el deseo de ser padre de uno mismo.
Cuando Steiner sostenía que la irreversibilidad de la palabra una vez ha sido dicha obsesiona a muchas culturas y sensibilidades, ¿a qué culturas y sensibilidades se refería? A Europa, desde luego, no. Una de las Venus de Zugarramurdi (Bruselas), la que se ocupa de la diplomacia (¡Klemens von Metternich al aparato!), animaba bíblicamente al belga Bart De Wever a afanar las manzanas rusas bajo la promesa de que ningún tribunal europeo se pondría de parte del propietario del manzano, lo que deja a los tribunales europeos colgados de la brocha del famoso pleonasmo Estado de Derecho, que, puedo prometer y prometo, nada significa. ¿Broma? Las promesas descuidadas, insiste Steiner, no pueden retirarse, y apela a Rabelais, un hombre poseído por la palabra, que imaginó que todas las frases dichas o escritas desde la creación del hombre estaban “congeladas”, preservadas intactas en alguna esfera intermedia, (¡la nube de Google!), de donde el calor de la memoria, la necesidad o la angustia las derretía y las recordaba. Europa ha dado su palabra de hacer este año de Rusia una España de las Autonomías, cada una con su olenchero y su anguleru, y luego, por el estrecho de Bering, repetir el mapa en los Estados Unidos de América.
[Viernes, 2 de Enero]

