Vicente Llorca
Estos días, con las heladas, las conversaciones han vuelto a los trabajos de antes. En medio del bar los habituales guardaban una cierta memoria de las viejas tareas, que apenas se escuchaba entre el trasiego de los cafés y las mesas en movimiento.
Comenzó una tarde, quizás, en la que después de una comida la velada se fue prolongando, un tanto soñolienta, alrededor de la lumbre, mientras caía la niebla, se esperaba el hielo, y un aguardiente portugués prolongó la charla.
S. recordaba los primeros tiempos de un molino, allá en la sierra, del que aún conserva las naves. Eran mozos, comenta, y tenían que cargar los sacos entre los dos hermanos, costales de cincuenta kilos o más. Los primeros paquetes a máquina vinieron después, y las primeras cintas de transporte que, señaló, una mañana todo el pueblo acudió a ver. Ellos todavía siguen cruzando el puerto, sabemos, para llevar los bueyes a los pastos de invierno en Extremadura y alguno de los contertulios le había acompañado un año hasta cerca de Guadalupe. Era un camino sobre el puerto que, añadió, había conocido también de mozo y aún seguía repitiendo.
Otro día, charlando con A., el jardinero, éste se acordaba de sus primeros jornales en el monte, adonde iban los hermanos con su padre, el cortacinos. Escapaban de la escuela, dice, y de una madre que no quería que fueran tan temprano a las carboneras. Luego, me repite ese escenario de ramas partidas, nieblas en invierno y días que se prolongan entre encinas que es el habitual de los leñadores. Aún sigue subiendo al monte y las cuadrillas que quedan en la zona se juntan muchas mañanas en el bar de la carretera, antes de separarse.
A mí me gusta preguntarle por la antigua técnica de las cisqueras: esos montículos de leña que se cubren de arena, se abre una chimenea en lo alto y la lenta combustión produce el cisco, ese carbón que en tiempos ardía en los braseros. Siempre me había impresionado lo delicado del proceso, que se podía frustrar por un exceso o una falta de tiempo. Y la leyenda, que había oído de pequeño, del carbonero que había desaparecido engullido por la tierra humeante cuando subía a avivar el fuego. Los relatos de Asier nombran el retazo, el olivo, el entresacado y los destrales. Y, recordaba alguien, nombraban esos chozos de ramas y escoba, sin chimenea, que hasta hace poco aún se encontraban en las fincas.
Esta mañana ha vuelto a bajar el frío. De madrugada caía un aguanieve que únicamente ha cuajado en los tejados. A lo lejos oímos el zumbido de una motosierra. Han aprovechado que el suelo estaba helado, decían, y han entrado con el remolque dentro de las tierras. El bar estaba repleto de vecinos que acudían a calentarse, las botas con barro, antes de salir hacia otra parte. Chus, la camarera, comentaba con una pareja de civiles sobre la detención del dictador de Venezuela. La consecuencia inmediata, decía –ella viene de Ecuador– era la inminente detención de Zapatero. Un vecino taciturno desde la barra ha añadido entonces varios nombres. Luego, ha vuelto a callar.
En la televisión ofrecían la imagen de unos manifestantes airados, con gritos a favor del deportado, amenazas a no sabíamos quién. No le prestamos mucha atención. Ninguno había conocido el invierno, comentó el de la barra.

