Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Lo mejor del sheriff del Nuevo Oeste es su imprevisibilidad, salvo cuando te pide que aguardes un poco donde estás porque te va a hacer una llamada, pues entonces hay que salir corriendo, por si los drones.
En el nuevo mundo hobbesiano, el Nuevo Oeste, América, quiere desplazar al antiguo Oeste, Europa, del antiguo centro del mundo, como explica Schmitt en “El Nomos de la Tierra”. La vieja Europa es colocada en el lado del pasado. Por las reclamaciones de Jefferson y Monroe, en vez de dos hemisferios, Norte y Sur, con su Polo Norte y su Polo Sur, tenemos cuatro, Este y Oeste, donde el Este es nada, y el Oeste, lo que le guste a Trump.
–La actual forma de existencia de Inglaterra se acerca a su fin. Si nuestra fuerza nos permite imponer la ley en nuestro hemisferio, ésta debe establecer que el meridiano que transcurre a través del Atlántico constituye la línea de demarcación entre guerra y paz, y el león y el cordero podrán reposar en paz uno al lado del otro.
Esto decía en 1812 Jefferson, y en 1820 añadía: “No está lejano el día en que exigiremos formalmente un meridiano de partición a través del océano que separe los dos hemisferios, a este lado del cual no deberá oírse jamás un disparo europeo, como tampoco un disparo americano al otro lado”. Aclara Schmitt que en los mensajes de Jefferson y Monroe el término “hemisferio occidental” es utilizado en el sentido de que los Estados Unidos se identifican con todo lo que en el aspecto moral, cultural o político forma parte de la sustancia de este hemisferio.
–Todo el mundo sabe que el llamado “hemisferio occidental” es, del mimo modo, y en algún aspecto quizá más exactamente, un hemisferio “oriental”. Desde tiempos remotos se ha apreciado la diferencia de que Norte y Sur significan, para el horizonte natural, la máxima de noche y luz, mientras que Este y Oeste se confunden y sólo son lo “entgegengesetzt Fliessende von einem Weniger an Nacht und Licht”.
Trump, de origen alemán, interpreta esto como un “todo lo que brille es mío”, como Groenlandia e Islandia. Es un personaje que viene de la telerrealidad y su belicismo se ajusta a las formas del “pressing catch”, con héroes y villanos en un espectáculo guionizado, como las performances del bombardeo a Irán o el secuestro del malandro de Venezuela. Sus donantes parecen obligarlo a volver a Irán, ahora de verdad, y él remolonea porque la realidad no tiene gracia. Prefiere levantar la mano y que el enemigo grite “Give Up!”, como ha sucedido con la Wehrmacht de Merz que defendía Groenlandia, que se ha batido en retirada ante la amenaza trumpiana, no de misiles, sino de aranceles, lo que le ha permitido dirigirse de nuevo a Store, primer ministro noruego, en demanda del Nobel de la Paz. Los liberalios de la “Reductio ad Hitlerum” tienen aquí una guasa guapa: a ver si por negarle a un genio de la WWE un Nobel se va a liar una como cuando le negaron al pintor austriaco la beca en Bellas Artes.
[Martes, 20 de Enero]

