domingo, 18 de enero de 2026

Hughes. Real Madrid, 2; Levante, 0. En la crisis aparece El Respetable


El Respetable (con Florito al fondo)
Estampa madrileña


Hughes

Pura Golosina Deportiva


De la mole metálica del Bernabéu salía un humillo como si se estuvieran haciendo (quizás el chef José Andrés) unas lentejas gigantes. Entre las genialidades de Florentino está la de haber impuesto el fútbol indoor. Es como si de repente los Lakers, muy hartos ya de todo, decidieran jugar sus partidos al aire libre.


El Bernabéu bullía porque iba a manifestarse. Por fin. ¿Cuándo fue la última vez? Arbeloa, quizás para no condicionar (y porque no cabe otra cosa) sacó a todas las estrellas y el público se centró en Bellingham y Vinicius.



La firmita de entrenador Arbeloa la puso con Gonzalo en la banda derecha. El jugador tendía al centro, donde se formaba un buen colapso. Se perdía así parte del trabajo primero de Alonso, que fue ordenar el tráfico galáctico, los tres carriles.


El Madrid era torpe, lento, estático. Los balones de Camavinga y en general los ataques eran como insectos contra el parabrisas, No había peligro, ni ritmo, ni intención y el público, cabreado, siguió pitando.


El realizador mostró varias veces a un socio muy descontento agitando él solo un pañuelo. Te imaginabas al señor buscando el pañuelo blanco antes de salir de casa, dejándolo preparado incluso, y en esa imagen había mucho madridismo.


En un lance del (por llamarlo de alguna manera) juego, el público la tomó con Huijsen. El Bernabéu volvía a ese sadismo tan suyo de pitar al hombre en apuros.


En cierto modo, la tarde fue una revelación del propio público, años sepultado en la retóricas y mieles del más feliz y soviético florentinismo.


En el palco, Floren, nuestro Tito Floren, sin duda por casualidad, estaba rodeado de hombres viejísimos que realzaban su estado de forma.


El juego era denso y lento como un atasco, y generaba parecida frustración así que Arbeloa movió el banquillo en el descanso, y eso hay que elogiárselo, que no esperara al estipulado minuto 60.


En la banda, parecía el hombre del gabán; enjuto, de negro y taciturno como el cochero de Drácula. Puede ser nuestro Luis Enrique porque su delgadez es parecida. No hay triatleta que no sea obsesivo.


Mastantuono donde Gonzalo y Guler por Camavinga.


Mastantuono estuvo cohibido porque sobre él llevaba, como un nubarrón personal, una pitada preparada. Pese a ello, metió un balón picado en el área que fue clase total, lujo que revela. Su fútbol despierta en el aficionado experto y cansado (nosotros) lo que el último amor en el viejo amante que creía haberse despedido de las pasiones. En la juventud, en su ligereza, intuimos, conmovidos, algo que supimos, algo que conocimos. Es nuestra depravada desgana la que lo sabe. ¡Pero la gente no! ¡Ellos sólo quieren pitar!


(Mastantuono, Franco, ponte rubio platino. No te queremos morocho. A los demás sí. A ti no)


La entrada de Güler animó al Madrid. De sus pies, o mejor, de su pie izquierdo empezó a brotar una cosa llamada fútbol y de ese manantial bajito y ocular surgió, de nuevo, la fructífera conexión con Mbappé, que provocó el penalti y el gol.


Pero a eso ¿no había llegado ya Xabi Alonso? Ese fue su hallazgo de principio de temporada. Y el movimiento de Arbeloa fue lo que vimos y celebramos en Vitoria como forma ya mecanizable de atacar el bloque bajo: Tchouaméni detrás, y por delante, en el medio, Güler y Bellingham.


Bellingham, pitado todo el rato, quería salir del centro del campo (el mecanismo del Madrid le obliga siempre a volver). En pleno mediocampo él se pierde (”tardé 80 minutos en enterarme de que estaba jugando el Clásico”, dijo mi inteligente sobrino, niño no madridista a pesar de mis intentos). Bellingham es como una forma que quiere salir del mármol, una figura miguelangelesca que pugna por salir del bloque de lo sin forma.


En la condena popular a las estrellas hubo un triunfador insospechado: Asencio, que además, para más inri, jugó con una máscara negra, como de cuero.


Sus carreras sandokanescas fueron muy celebradas por un público que volvía a la soberanía, por un día emancipado del florentinismo. Tambíén marcó en un córner y salió entre ovaciones con gente incluso de pie. Esto sucedía durante la segunda parte, en la que yo luchaba por mantenerme despierto, dando en el sofá cabezazos que ni Santillana. Ahí se me mezcló realidad y sueño y Asencio, sin máscara, se me hacía un boy que se hubiera destangado ante un público de machuchonas excitadas que era el mismo Bernabéu. Lo vi claro. La máscara era tanga y el Bernabéu madura lasciva ante un contoneante y refregador Asencio.


El estadio, a la vez, pitaba y pitaba a Vinicius, y no era difícil ver ahí un triunfo del antimadridismo: por fin le castigaban en su propio estadio.


En la crisis del Madrid, Arbeloa logró lo que Alonso antes. Güler de manija está bien, pero llegará un partido en el que no sea suficiente y haya que volver a un mediocentro fuerte, lo que nos devolverá al ataque de mosquito contra parabrisas. De ese bucle no sale el equipo.


El mayor cambio personal quizás fue la rapidez en el toque de Ceballos. ¿Lo soñé o fue cierta su velocidad mental?


Si Arbeloa ha conseguido eso, igual hay metales...


Fue una tarde o más bien mediodía para que se manifestara el Bernabéu. Y a su modo lo hizo. A quien necesita confianza (Huijsen), le pita; y eleva a quien le sobra (Asencio). La ovación a Asencio y aceptar foquilmente como nuevo lo que ya hizo Alonso nos devuelven al Bernabéu de siempre, ese que dominaba Raúl y que se enamoró de Gravesen.


Es como si tras dos décadas de florentinismo, el madridismo siguiera igual. Acabado el partido, un cámara mostró a un aficionado con una pancarta de “Florentino dimisión”. Después de 25 años, el Madrid está mejor. El Madridismo igual o quizás peor.