Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Los del Madrid desean a un defensa central de nombre Carvalho, y los del Oporto, que son sus amos, han puesto el grito portugués, que es el de la exageración, en el cielo: “Los españoles –ha dicho el presidente Pinto– están habituados a ver a Portugal como un país de segunda y a comprar todo por el precio que quieren, y las cosas no son así: somos nosotros quienes fijamos el precio para hacer negocio con los españoles.” Ahí la tienen: la exageración lusitana. En este caso, a cargo del presidente Pinto, que se ha quedado en la época de la lucha de la peseta con el escudo. ¡Qué época, la de la lucha de la peseta con el escudo! Según Camba, al entrar en Portugal, uno se sentía ascendido en su categoría: de don Fulano pasaba a ser excelentísimo señor don Fulano; de tener cinco duros, pasaba a tener cinco mil reis. “Uno crece, se ensancha y se multiplica al llegar a Portugal. Así como en España todo tiende a reducirlo a uno, en Portugal todo tiende a ampliarlo.” Pero los portugueses consideran injustas todas las bromas que amistosamente suelen gastarles los españoles sobre su inclinación a aumentar la apariencia de las cosas, y la verdad, acababa por reconocer Camba, es que resulta muy difícil demostrarles que la aumentan. La aumenta el presidente Pinto, aunque todo indica que el presidente Pinto es uno de los últimos portugueses aficionados a aumentar la apariencia de las cosas. Desde lo de Figo, esta manía ha pasado a ser un distintivo de los catalanes, y no porque digan que lo de Figo fue un robo del Madrid: después de todo, es natural que a un catalán le parezca un robo pagar diez mil millones por un futbolista. Ahora, por ejemplo, les ha dado por decir que el mejor futbolista del mundo es Ronaldinho, y todo porque para ellos, en su exageración, el mundo son las Ramblas. No digo yo que Ronaldinho no sea “engraçadinho”, pero Camacho, que también parece bastante “engraçado”, si le dan a escoger, prefiere a Carvalho. “Ochoupal anda, coitado, / num triste desassocego, / porque morreu afogado / um rouxinol no Mondego...”

