jueves, 29 de enero de 2026

Hughes. Benfica, 4; Real Madrid, 2. Adiós al topocho


Como un niño


Hughes

Pura Golosina Deportiva


Un gran club, una gran afición, un gran palmarés. El Benfica hacía una exhibición antes del partido. El Estadio de la Luz se hacía un poco Metropolitano (menos luz, más tiniebla) y sólo faltaba el águila del club que bajara y se posara en el hombro de Vinicius.


El Benfica tenía auténtica skin in the game. El Madrid también, pero nos enteramos al final del partido. Su capitán era Otamendi, con la pinta conseguida de salir de un correccional de Bukele, y su entrenador Mourinho: la motivaçao estaba garantizada.


En el túnel de vestuarios, entre la gente, como un antiguo amor en medio de la avenida, aparecía Él. Mourinho, elegante y canoso bajo la lluvia, sosegado su espíritu de contradicción. Abrazó a Arbeloa, que parece un santo de Zurbarán.


El Madrid salió audaz, En los primeros minutos, casi dirigía Huijsen y Courtois era líbero. La construcción la completaba Güler. Ése era el triángulo de la lucidez, aunque lo que más pitaba era Asencio que, como llovía tantísimo, hacía tackling con aquaplaning: el aquatackling. Se le veía feliz como chiquillo.


Pero pronto vimos signos funestos: una ocasión del Benfica y pérdidas en los primeros intentos de Bellingham.


El Benfica jugaba en un 4-2-3-1 y los pivotes ya los hubiera querido Trump para su ICE.


La agresividad de unos y otros era distinta, y eso se vio en un balón aéreo entre Otamendi y Huijsen, dos masculinidades colisionaban y estaba claro quién se llevaba la peor parte.


Huijsen es holandés, holandés condenado a ser juzgado por ojos españoles.


Mourinho veía el partido con su estilo característico, como si bajara a pasear al perro y éste (el perro, el partido) parara a echar una meadita.


Lleva años Mou con equipos formados por jugadores desconocidos con nombres como Schjelderup, nombre de estornudo.


Al cuarto de hora, llegó un susto en forma de penalti. Hubo una polémica, en cuyo transcurso veíamos todo el rato a Otamendi sobre el árbitro. La consulta al VAR dio la razón al Madrid, pero ya había quedado claro el peligro de Sudakov y Prestianni, argentino pequeñito al que Courtois, poco después, le sacó con las yemas de los dedos un gol cantado.


El partido era serio, duro, intenso. Separaba a los hombres de los niños. Como esa categoría del sub23. Los de menos, apenas estaban, Mastantuono, por ejemplo, y sólo los mayores (Valverde, Bellingham, Asencio) se mantenían en pie. Guler luchaba con su calidad: un pase a Bellingham, un chut potente...


Al poco llegó el gol del Madrid. Se sintió que llegaba de la nada porque el pase lo daba Asencio, muy bueno, a la cabeza de Mbappé, que se lo había casi dictado. Fue un gran cabezazo. Antes del gol había tenido el Madrid unos segundos largos de toque, así que de la Nada absoluta no venía.


El 0-1 trajo su momento de euforia aprovechada para posesiones y combinaciones estériles y de ese optimismo precario se salió con un contragolpe enérgico del Benfica, muy mourinho. La jugada llegaba, como llegaría todo, por la izquierda madridista, la jurisdicción de Carreras, que saldrá en la foto como el culpable sin serlo del todo. Atacaba un benfiquista y Asencio, último hombre, decidió, sin sentido alguno, marcarse un aquatackling en el que quedó atrapado; no sólo eso: al querer incorporarse con su irritante brío, tropezó, de modo que le dio toda la ventaja al rival, que pasó al otro lado por donde llegaba Schjelderup, por supuesto solísimo. Su remate no lo hizo solo, pues Mourinho remataba con él en la banda.


Vinieron minutos de ahogo: Valverde, viendo el percal de Asencio, se hizo también líbero y cortó alguna jugada; Barreiro perdonó otro gol clarísimo en un córner (esos goles que lo son ópticos) y el Madrid entero ya daba señales de ahogo.


Mbappé lo intentaba con un individualismo de pingüino ante la montaña y se dolía, se tiraba al suelo. ¿Qué le habrá pasado? Se repetía la imagen intentado detectar el daño y el locutor Maldini repetía: ahí, ahí, como si supiera el frame exacto.


Mbappé se hizo el muerto un buen rato, como si diese lo mismo que estuviese o que no y a Vinicius no le importó porque, con el compañero yacente, siguió intentando su batalla contra el mundo. El Madrid era, pues, tan carajal arriba como abajo.


Por eso el 2-1, en el descuento de la primera parte, llegó de penalti injusto sobre Otamendi (que lleva la culpabilidad inscrita en la piel) pero no se sintió del todo inmerecido.


El Madrid se fue al descanso sin tener seguro su acceso al top 8 que sonaba topocho y así quedará: el topocho.


Del descanso el Benfica salió presionando muchísimo y en el Madrid todo lo planteaba Mbappé, cuya velocidad dejaba en evidencia al resto. A su pase cruzado como extremo derecho no llegó Vinicius.


El ritmo era similar y pronto llegó el 3-1, otro contragolpe, el del estornudo otra vez ante Asencio, que mucho ruido defensivo y pocas nueces. El pase había sido de Prestianni.


La defensa era criticable, pero el mediocampo ya había quedado reducido a nada.


Arbeloa dejó la penitencia zurbaraniana y movió el banquillo: Camavinga y Rodrygo, y el equipo quizás mejoró un poco, aunque el gol, el 3-2, tuvo algo de arranque sucesivo de genialidades: la evolución de Bellingham, Güler como siempre, y el remate perfecto de Mbappé, raso y ajustado, todo matemático.


Mientras Mou celebraba lo suyo poniendo los brazos como un Corcovado, el gol no se notó en el rostro de Arbeloa, cuyo trabajo consiste en parte en mantener los 90 minutos la misma cara, una forma de estoicismo facial. Da la impresión de que está concentrado en no mover un músculo, como cuando queremos no reírnos.


Dentro de lo que cabe entender como un proceso natural de maduración, Huijsen le arreó una hostia a Pavlidis (perdòn por el lenguaje, impropio de puragolosina, pero se hace por el bien del jugador).


El Madrid exhaló sus últimos hálitos pero en el infierno presionante lisboeta, se vio que Güler y Bellingham, ni nadie entre los demás, es capaz de adherencia a la pelota, de mantenerla, de tenerla, de quedársela un poquito, que es el primer fundamento futbolístico de la infancia. Cuando se empieza a jugar al fútbol, jugar bien es quedarse para uno la pelota. Luego ya llega el gol, pero es posterior.


Güler es pase, sin acarreo; y Bellingham es acarreo. Son un punto y una coma, una semipausa.


El Madrid iba otra vez, como tantos meses ya en Europa, detrás de la pelota, pero informe, sin forma, como una estela muriente tras la bola del cometa. Cómo será la cosa que en el 74 (lo apunté) Asencio intentó la jugada individual, movido por no sé qué extraordinario sentido de la autoestima o quizás como en ese estertor suicida del soldado que se ve solo en el campo de batalla.


Arbeloa salió de la contemplación ataráxica con una tanda de cambios rara: entraban Alaba, Cestero y Brahim, y el que se iba no era ninguno de los estelares sino Güler, que al irse lanzó su particular purqué: siempre yo.


De Arbeloa se podría decir lo que se dijo de Alonso: que no se atreve; aunque cuando Alonso se atrevió también se lo criticaron.


Estos cambios abrieron las puertas a un desastre distinto. Había cosas ya malas: Valverde de solucionador en todos los puestos, Courtois salvando goles, Mbappé con un individualismo como de afrancesado llegado a la España ajena de los Austrias. No era serio su personalismo, ni serio era el horror de Vinicius, del que ya vemos más su gesto enfadado de pez abisal que sus filigranas... Pero llegó un caos extrafutbolístico, una forma distinta de anarquía.


Primero Asencio fue expulsado por no medir, que es su gran dificultad. No mide. No es inmenso, sino inmensor.


Luego se autoexpulsó Rodrygo, de nuevo en el terreno de lo disciplinario.


Y al Madrid se le vieron de repente, tras unas semanas de felicidad pactada, los desperfectos, los de siempre y alguno más. Eran como humedades apareciendo después de la manita de pintura. Alguna humedad era Cara de Bélmez.


El Madrid de Arbeloa se queda, en pocos días, fuera de la Copa y fuera del Topocho. Parece que Zidane, lo que se dice Zidane, no es.


El Benfica, aunque ibérico, no jugaba por hacer la puñeta al Madrid. Lo hacía para clasificarse y en el descuento, contra nueve, en un córner, lo consiguió con un remate de su portero, que subió con más perplejidad que otra cosa. Eran las energías mourinhistas, vistas ahora desde el otro lado.